Historias de Fe
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El COVID-19 se llevó a su rector, pero fortaleció la fe de este seminario

La pandemia golpeó gravemente a la comunidad de los Misioneros de la Palabra, en Michoacán. El rector falleció y nueve seminaristas y sacerdotes se contagiaron de COVID-19.
Santa Misa en el Seminario de los Misioneros Servidores de la Palabra, en Michoaccán.
Santa Misa en el Seminario de los Misioneros Servidores de la Palabra, en Michoaccán.

El Seminario de Filosofía del Instituto de los Misioneros Servidores de la Palabra, en Michoacán, ha vivido días difíciles, pues la pandemia del coronavirus COVID-19 llegó a su puerta, infectó a 10 de sus miembros y provocó la muerte de su Rector, el padre Víctor Ramírez Aguilar, MSP.

Desde entonces, los 50 integrantes de la comunidad -seminaristas y sacerdotes- viven en estricto confinamiento, cada uno en su cuarto. Contrario a lo que podríamos pensar, pese al aislamiento, la vida comunitaria se ha fortalecido.


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En entrevista con Desde la fe, el Padre Ángel Castro, MSP, administrador temporal del Seminario, nos narra los momentos de dolor y esperanza que han vivido los Servidores de la Palabra.

Una muerte imprevista

Una de las particularidades del carisma de los Servidores es el valor del trabajo. El seminario de Michoacán tiene una milpa y animales de establo, y todos en la comunidad colaboran con un oficio.

Gracias a esto, durante tres meses desde que inició la pandemia, vivieron en completo aislamiento, hasta que la necesidad económica los obligó a procurar su sustento.

Seminario de los Misioneros Servidores de la Palabra. Foto. Cortesía

Seminario de los Misioneros Servidores de la Palabra. Foto. Cortesía

“Se creó una pequeña iniciativa de una cocina de comida para llevar. La gente nos comenzó a pedir comida en casa y quien hacía este servicio era precisamente el padre Víctor”.

Aunque no están seguros, los Servidores creen que el Rector se contagió en uno de esos viajes, pese a que siempre fue cuidadoso.

El padre Victor era un hombre joven -estaba por cumplir 39 años- y de complexión atlética. Los primeros síntomas no correspondían a un cuadro de COVID-19 y aun cuando resultó positivo la enfermedad no parecía ser grave.

“Nunca externó dolor ni pidió que lo llevaran al doctor. Él siempre nos dijo ‘estoy tranquilo, no se preocupen’”, recuerda el padre Ángel.

Por ello, su muerte resultó tan sorpresiva.

Del dolor a la esperanza

El Rector del Seminario de Filosofía era muy querido por su comunidad. El padre Ángel lo describe como un hombre de Dios, conciliador, sabio, generoso, dispuesto y de una amabilidad extraordinaria.

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“La primera experiencia fue de dolor, un dolor muy grande, porque nuestro estilo de vida no solamente es institucional, es de familia, y por nuestra vida de inspiración religiosa pasamos juntos incluso las vacaciones”.

“Sin embargo, por la misma fe, ese dolor se ha ido tornando en oblación, un dolor que se ofrece, que cuesta trabajo vivirlo pero que se acepta en la fe, y al ofrecer este dolor, los muchachos crecen”.

Oración y alegría

De los 50 miembros de la comunidad, nueve han resultado positivos en la prueba COVID -entre ellos el Padre Ángel- y otros más están a la espera de los resultados. Un grupo considerable resultó negativo y es al que se ha encargado de las labores esenciales y de la atención a los enfermos.

En un edificio alterno al Seminario de Filosofía viven los aspirantes, jóvenes de preparatoria en proceso de ingreso, quienes se han hecho cargo de las labores del campo y el establo.

“La caridad se ha desbordado”, relata el padre Ángel, tanto de parte de la comunidad como de los bienhechores que se han preocupado por ellos.

Con este escenario tan complicado, es fácil pensar que la vida en comunidad ha menguado, pero en realidad ocurrió lo contrario.

Varias veces al día, sacerdotes y seminaristas abren la puerta de sus cuartos para mirar al jardín para participar de la Santa Misa y la Hora Santa, del rezo del rosario, del Ángelus y de las oraciones de Laudes, Vísperas y Completas. La comunidad se ha fortalecido y ha profundizado en la oración.

“Los muchachos siempre, siempre, siempre, han estado orantes. La fuerza del misionero es la oración, la fuerza del hijo de Dios siempre es la oración, y cuando se hace con generosidad y con fe, también sana el corazón”.

Dolor, oblación, caridad y oración. Estas cuatro palabras resumen el proceso que ha vivido la comunidad del Seminario de Filosofía de los Misioneros Servidores de la Palabra. Al final de la entrevista, el padre Ángel agrega una más: alegría.

La comunidad nunca ha perdido esa alegría, y esa es una gran paradoja de la vida cristiana. En medio de tanto dolor, todavía hay capacidad de conservar la alegría”.

 

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