¿Ciencia y fe se oponen? La vida de un físico mexicano dice lo contrario

Las experiencias del científico Adolfo Orozco le han demostrado que en el terreno de la fe no existen las coincidencias, sino las “diosidencias”.
El físico Orozco, un hombre de ciencia y fe inquebrantable.
El físico Orozco, un hombre de ciencia y fe inquebrantable.

Físico especialista en Geomagnetismo por la UNAM, un hombre de ciencia y fe inquebrantable, don Adolfo Orozco es el mexicano que más ha estudiado la Sábana Santa de Turín, considerada la reliquia más importante del cristianismo: la tela en la que -según la tradición de la Iglesia-, fue envuelto Jesús para ser sepultado tras haber sido bajado de la cruz.

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Pero, ¿fue la ciencia lo que llevó al físico Adolfo Orozco a abrazar totalmente la fe católica? ¿O bien, fue la fe lo que lo llevó a descubrir que la ciencia podía arrojar verdades trascendentales como las que se desprenden del estudio de la Sábana Santa?


Él mismo nos cuenta cómo ocurrió este cruce entre su vocación científica y la práctica de la religión, mismo que al tiempo lo llevó a convertirse en el presidente del Centro Mexicano de Sindonología, en el que por décadas se ha venido estudiando esta reliquia del cristianismo desde muy distintas disciplinas.

No hay mal que por bien no venga

Si bien nació en el seno de una familia católica, y acompañaba a sus padres a Misa los domingos, de niño no era muy entendido de los asuntos religiosos. Su mayor interés se enfocaba las cuestiones científicas, tanto así que desde los 13 años tenía decidido que estudiaría la carrera de Física.

Adolfo Orozco con su abuelita. Desde pequeño mostraba curiosidad por cosas relacionadas con la ciencia.

Don Adolfo Orozco platica que, sin embargo, en la preparatoria le ocurrió algo acaso providencial: no pudo egresar en tiempo regular, ya que el maestro de Historia de México lo reprobó porque lo veía muy chico para ir a la universidad. “Y no era que estuviera yo muy chico, sino que era ‘come años’ -refiere-. ¡De cualquier manera me lo cumplió!”.

En ese año que se quedó sin estudiar, como tenía mucho tiempo libre, lo ocupaba en ir a visitar la Facultad de Ciencias de la UNAM, tomarse un café, entrar a la biblioteca y ver cómo estaba el ambiente para irse “encanchando”. Fue entonces que se percató de que en la Facultad había un ataque muy fuerte contra la religión.

“Una vez vi que hicieron un periódico mural en el que pusieron que el juramento de los Caballeros de Colón era: ‘Perseguir a los herejes, estrellarles la cabeza; abrirles los vientres a las mujeres embarazadas; sacarles los niños y azotarles la cabeza contra las paredes’”.

Señala que poco después entre la comunidad se supo que eso era falso; además, le tocó ver la forma en que un grupo de ateos regañaba a una compañera por haber dicho que ese era el juramento de los Caballeros de Colón, pues habían quedado ridiculizados cuando se supo que no.

“Yo los miraba de cerca en el momento en que la regañaban; pero como mi apariencia era la de un niño, pues no les importaba hablar abiertamente de lo que pensaban”.

Era entonces la década de los 60, y de lo primero que él se pudo dar cuenta durante sus paseos por la Facultad, era que ahí no sólo se iba a estudiar ciencias, “sino que, como tal, había que tomar una postura contra la religión y defenderla por todos lados a capa y espada”. 

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El pensamiento hegemónico de entonces

Cierto día que iba de camino a la Facultad, pensó que debía demostrarse la existencia o la no existencia de Dios, a fin de poder tomar una postura al respecto, como exigía el ser alumno universitario.

Sin embargo, como la demostración de una u otra cosa era prácticamente imposible, mejor se hizo un planteamiento muy simple: ¿Qué pasa si decido no creer en Dios y resulta sí existe? Y por el contrario, ¿qué pasa si decido creer en Él y en realidad no existe?

“Bueno -me dije-, pues si decido no creer en Dios, en primer lugar voy a ser libre de actuar como se me antoje, y al final, cuando me muera, en caso de que Él exista no me va a recibir en el cielo. Y si decido creer en Dios, aunque al final no haya nada, pues me voy a portar bien, me van a enterrar y la gente se va a acordar gratamente de mí. Así que en realidad fue por conveniencia que decidí creer”.

Lo siguiente -señala-, fue decidir qué religión profesar, ya que, aunque era católico por tradición, no estaba seguro de que esa “fuera la buena”. Sin embargo, decidió empezar por probar qué tan bien le sentaba la religión Católica.

“Comencé a ir a Misa, pero ya sin estar papando moscas como antes, a escuchar las lecturas del domingo, el Evangelio, las homilías, y a tratar de aplicar las enseñanzas de la Iglesia en mi vida diaria”.

Por otra parte, ya como estudiante universitario, don Adolfo se percataba de que las campañas anticatólicas se habían agudizado, que se acrecentaban los grupos de marxistas, trotskistas, estalinistas, leninistas y otros que parecían estar especialmente empeñados en atacar la religión.

En la década de los 60, la comunidad estudiantil llevaba a cabo numerosas asambleas para tratar temas políticos, en las cuales con frecuencia él opinaba en contra de la opinión mayoritaria; pero aunque lo veían raro, jamás estuvo dispuesto a callar sus puntos de vista.

“Aquella situación -señala-, terminó con la lamentable matanza de 1968 en Tlatelolco, hacia donde todo parecía dirigirse”.

El precio de opinar distinto

Como estudiante, tuvo que enfrentar problemas con la comunidad por su religión, “frecuentemente era yo increpado o cuestionado”, recuerda

Como parte de la comunidad universitaria, el físico Orozco se ganó la animadversión de muchos por opinar distinto.

E incluso los problemas continuaron una vez que fue empleado de la UNAM, pues durante aquellas asambleas estudiantiles se había hecho fama por opinar en contra.

“Tenía ahora un cubículo en la torre de Ciencias, y en mi archivero personal una foto del Papa Pablo VI. Un día llegué y la encontré hecha pedazos en la basura. La pegué y la volví a colocar en su sitio. Fui al cubículo de los comunistas y les exigí que, así como yo respetaba sus fotos de Marx y sus banderas de la URSS, respetaran también mis cosas”.

“Ellos eran quienes querían hablar todo el tiempo de religión. Para mí una cosa era el trabajo científico y otra cosa mi fe, la cual que yo quería mantener en el plano personal, pero tampoco eso les parecía bien”.

De la fe por elección, a la fe por convicción

Año 1978. Era el inicio del pontificado del Papa Juan Pablo II, y su primera Misa como pontífice sería transmitida en México por televisión. “En nuestro país se iba a transmitir en vivo a las 5 de la mañana, por lo que previamente programaron otros contenidos que mi esposa y yo quisimos ver para no quedarnos dormidos y que la Misa se nos fuera a pasar”.

Lo que Adolfo vio en ese espacio televisivo fue algo que lo dejó atónito: “Guillermo Ochoa hacía una entrevista al doctor Enrique Rivero-Borrell sobre la Sábana Santa, en la que éste explicaba a detalle lo que se apreciaba en ella, como documento científico que daba cuenta de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús”.

Adolfo estaba realmente sorprendido de que eso existiera, de que sus dos grandes pasiones, fe y ciencia, pudieran tener cabida en un objeto como el que describía el entrevistado: el manto en el que había sido envuelto Jesús tras su crucifixión, mismo que, a la luz de la medicina forense, daba detalle de sus heridas durante la flagelación, de su coronación con espinas, de su crucifixión y otras señas reveladoras.

Desde ese día él comenzó a buscar en las librerías material que hablara sobre la Sábana Santa, y todo lo que conseguía lo iba estudiando y analizando concienzudamente.

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¿Coincidencia o “diosidencia”?

En 1982 fue enviado por parte de la UNAM a tomar un curso de dos meses a Trieste, Italia, y como tenía los fines de semana libres, un día pensó que era bueno ir a Turín, donde se encuentra la Sábana Santa. Un viernes por la noche se subió al tren, y por la mañana del sábado ya estaba en su destino.

“Había leído que cerca de la Catedral de Turín había un tal Museo de la Sábana Santa. Con las nociones del italiano que tenía, pregunté por él y me dieron la dirección: Vía San Domenico, número 27. Llegué y vi un edificio común y corriente, con su patio central como muchos de por allá. Pero ningún museo”.

Ahí permaneció un rato, y justo cuando iba de salida, llegó un viejecito que, previo a ingresar a su departamento, quiso detenerse a revisar su buzón. Como se detuvo, él pudo alcanzarlo y preguntarle por dicho museo.

Durante su viaje a Italia (1983) en que encontró de forma providencial el Museo de la Sábana Santa.

“Él me preguntó por qué lo buscaba. Así que me presenté y le dije que era un científico mexicano muy interesado en el tema de la Sábana Santa. Resultó que ese viejecito era mismísimo Piero Coero-Borga, el curador de la Sábana Santa. Me llevó a otro departamento en ese mismo patio, y ahí estaba el Museo; no tenía ninguna organización, pero sí cosas sumamente interesantes, que yo pude estar apreciando durante tres horas”.

Para el físico Adolfo Orozco, eso fue una auténtica “diosidencia”, porque si se hubiera retirado de ese patio segundos antes, no habría podido encontrarse con el curador.

Más “diosidencias”

De vuelta a México, el físico Orozco quiso hacer una escala en Roma, y ya estando en la Ciudad Eterna se enteró de que ese día el Papa Juan Pablo II iba a dar su primera Audiencia General tras el atentado con arma de fuego que había sufrido en 1981.

“No podía entrar porque no tenía boleto, por más que explicaba a los de la guardia que tenía un gran deseo de estar en la Audiencia. Un policía y otro me negaban el paso. Hasta que me pasaron con el jefe; le dije que yo era científico mexicano y que tenía un gran deseo de ver al Papa. Dio la indicación de que me esculcarán y por fin entré. Sólo que como no tenía boleto, pues tampoco tenía asiento”.

Don Adolfo estaba feliz de poder haber entrado, aunque le hubiera tocado en un sitio alejado y detrás de una barrera, junto a otros que tampoco tenían asiento, tal vez porque tampoco tenían boleto.

“Yo llevaba un libro, y dentro de él había puesto una bolsita blanca con postales que había comprado; por algo se me ocurrió agarrar la bolsita y escribir en ella: ‘México siempre fiel’. Por fin llegó el Papa bien custodiado; pero en vez de seguir su trayecto normal, extrañamente dobló hacia donde estábamos nosotros los de a pie”.

Con emoción, don Adolfo Orozco cuenta que vio venir al Papa, y aunque suponía que se dirigía a saludarlos, él había quedado alejado de la barrera, así que habría muchas manos antes que la suya esperando el saludo del Papa. “Saqué mi bolsita y empecé a agitarla. Él vio que alguien le agitaba algo, se detuvo y leyó lo escrito: “México siempre fiel”. Empezó a ver quien la tenía, buscó mi mano y me saludó”.

Por si faltaban señales de Dios

Una semana después de que volvió a México, recibió una llamada de un primo político de su esposa. Éste no sabía que él había estado en Italia ni que le interesaba la Sábana Santa; pero esa llamada era para comentarle que él y un grupo de personas, a petición del Cardenal Corripio Ahumada, querían formar un centro para estudiar desde ámbito científico la Sábana Santa, y, como él era un hombre de ciencia, deseaba invitarlo a colaborar con este grupo de expertos, quienes llevaban tiempo dando conferencias sobre el tema.

Además de estudioso de la Sábana Santa, el físico Orozco es un gran devoto de la Virgen de Guadalupe.

“¡Más claro ni el agua! -pensé-. Desde luego que acepté. Me pidió que pensara en un proyecto. Yo lo pensé y lo puse por escrito. Cuando nos reunimos, yo era el único que llevaba un plan de inicio: que el centro tuviera sección de física, de biología, de teología, de historia y otras propuestas que había anotado”.

De manera que, ya estando en otra de las sesiones, alguien propuso que el doctor Enrique Rivero-Borrell -aquel que había entrevistado años antes Guillermo Ochoa-, fuera el presidente del Centro, y que él, don Adolfo Orozco, fungiera como secretario.

“No, no, no, les dije, yo aquí soy un advenedizo, mejor vayan diciéndome donde barro. Total que me negué, pero no les importó y quedé como secretario del Centro Mexicano de Síndonología, fundado el 25 de mayo de 1983”.

En 1999, tras la muerte del docto Enrique Rivero-Borrell, se realizó una nueva asamblea, donde eligieron al físico Adolfo Orozco para sustituirlo como Presidente del Centro, cargo que desde entonces ha venido desempeñando con el gusto de saber que ciencia y fe pueden servir a un mismo objetivo, y que en el terreno de lo espiritual no existen las coincidencias, sino las “diosidencias”.

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