La criatura de Frankenstein abre los ojos buscando un rostro y un gesto que le confirme que pertenece a este mundo. Pero lo que recibe de su creador es rechazo y miedo. No aprende a vivir, aprende a temer Su registro emocional es una sentencia silenciosa «soy un peligro».
Hay muchas maneras de interpretar Frankenstein. Con el estreno de la obra del gran cineasta mexicano Guillermo del Toro, proponemos una lectura cercana a sus intuiciones sobre la novela de Mary Shelley (1818): una parábola del abandono. La criatura no solo carece de cariño; carece de origen. Nace sin madre y sin paternidad afectiva; sin vientre, sin voz, sin historia. Y muchas heridas humanas comienzan precisamente ahí, en la falta de un primer vínculo seguro que otorgue pertenencia.
La criatura observa el amor desde lejos. Aprende lo que es ser familia mirándolo desde la ventana. Cuando se acerca, buscando un lugar en ese calor humano, es rechazada. Y concluye: si no puedo ser amado, seré temido.
Así viven muchos jóvenes hoy. Desean amor, pero temen mostrarse; buscan conexión, pero llevan dentro heridas que nadie sostuvo. En esa fragilidad afectiva terminan buscando alivio en lugares equivocados; en redes sociales que ofrecen atención efímera, en vínculos digitales que solo entregan pequeñas recompensas de dopamina, en pantallas que distraen pero no abrazan.
Otros lo buscan en la violencia, las drogas o el alcohol. Y algunos en su vulnerabilidad, caen en manos de adultos que se aprovechan de su soledad, personas que interpretan su necesidad de afecto como una oportunidad para manipular, controlar o abusar. Cuando un joven no encuentra un rostro seguro, se vuelve vulnerable a cualquier mirada que prometa interés. Por eso es urgente sostenerlos a tiempo, porque donde falta un vínculo seguro, aparecerá un sustituto peligroso.
Donde no hay abrazo, habrá pantalla. Donde no hay guía, habrá algoritmo. Donde no hay un adulto presente, habrá alguien dispuesto a capturar su vulnerabilidad.
La neurociencia confirma que un niño sin una presencia estable que regule su mundo interior aprende a vivir en alerta. La amígdala se hiperactiva, el corazón desconfía, el mundo se siente hostil. Pero también sabemos que las heridas tempranas no son destino. La neuroplasticidad permite sanar cuando alguien ofrece presencia, límites sanos y amor real. Esto toca de lleno la prevención del abuso.
Los agresores por lo general no «nacen así»; con frecuencia provienen de historias de abandono afectivo, silencios profundos, sombras no integradas. Esto no excusa nada —la responsabilidad moral permanece—, pero revela la urgencia de acompañar antes de que la herida se vuelva daño para otros.
Dios no es Víctor Frankenstein
Víctor Frankenstein crea y huye. Dios crea y se acerca: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Dios no teme nuestras sombras ni nuestra fragilidad. Dice lo que toda criatura necesita escuchar: «Tú eres mi Hijo amado» (Mt 3,17). Eso que la criatura nunca recibió —una presencia que acompaña— es lo que Dios ofrece. Y es lo que nosotros estamos llamados a ofrecer, sobre todo en la reparación a las víctimas: no minimizar, no justificar, sino mirar la herida, reconocer el daño y acompañar con verdad.
¿Qué podemos hacer?
Frankenstein nos recuerda que los monstruos no aparecen de la nada, a veces se forman cuando nadie sostiene. La criatura interna que tememos no es peligrosa; es la memoria viva de lo que necesitó amor y no lo recibió. La verdadera prevención —y la verdadera reparación— comienza cuando un niño puede escuchar de un adulto: «Te veo. Te sostengo. Existes, y eso es bueno». Ahí probablemente no nace un monstruo. Ahí empieza la vida.
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