Así llegaron el trigo y la uva para la Eucaristía en la Nueva España

Con la llegada del trigo y la uva a la entonces Nueva España, las Misas dejaron de ser sin la consagración eucarística.
Consagración Eucarística. Foto: Cathopic
Consagración Eucarística. Foto: Cathopic

Al conmemorarse los 500 años de la caída de Tenochtitlán, se recuerda el inicio del intercambio de productos entre México y España, que favoreció a los habitantes de ambas naciones.

Aunque no se conoce la fecha exacta, en México se empezó a sembrar trigo a partir de que en unos costales aparecieron unos granos que fueron sembrados en estas tierras, y cuya primera producción se multiplicó y estos se volvieron a sembrar. 

Andrés de Tapia platicó que “al marqués, acabado de ganar México, estando en Coyoacán, le llevaron del puerto un poco de arroz; iban entre ellos tres granos de trigo; mandó a un negro horro (liberto) que lo sembrase; salió el uno, y como los otros dos no salían, buscáronlos y estaban podridos. El que salió llevó 47 espigas de trigo. De esto hay tanta abundancia que el año 39 yo merque buen trigo, digo exagerado, a menos de real la hanega; y aunque después al marqués le llevaron trigo iba mareado y no nació. De este grano es todo, y hace diferenciado y las tierras se ha sembrado, y uno parece lo de cada provincia, siendo todo de este grano”. [1] Humboldt, años después, lo reportaría.


Se sabe que la persona que descubrió y sembró aquellos granos era un esclavo de origen africano que acompañaba a Hernán Cortés y cuyo nombre era Juan Garrido; posiblemente él este dibujado en el Códice Durán, pues allí aparece una persona de esta raza, empuñando una lanza, lo que significa que participó en las batallas de conquista.

Cuando la producción ya lo permitía, se empezaron a fabricar hostias en México con lo que las misas dejaron de ser “Secas”, es decir, sin la consagración eucarística. En cuanto a la uva, el vino llegaba de Europa en navíos, ya avinagrado, y por eso, una de las prioridades del gobierno de Nueva España fue sembrar vides que se dieron con éxito.

Pedro Mártir de Anglería, en sus Décadas del Nuevo Mundo, menciona que, a parir del segundo viaje de Colón al Caribe, se trajo trigo y cepas de vid, indispensables para la Eucaristía, aunque también habla de una variedad nativa de uva: “hacia mediados del mes de marzo, halló uvas maduras en los bosques, de excelente sabor. Los isleños no cuidan de ellas.” [2]

En la bula Altitudo divini consilii, de 1537, de Paulo III, se mandó que no se les negara la Eucaristía a los indios, sino que fueran administrada como a los otros cristianos.

Gerónimo Mendieta escribió que hubo criterios opuestos en la impartición del sacramento a los indios, y cita [3]: “cerca de esta duda fue consultado nuestro muy Santo Padre Paulo Tercio, haciendo relación de la capacidad y calidad de los indios, y cómo pedían este sacramento y deseo. Y remitiendo a ciertos cardenales y doctores, se determinó que no se les negase. Y lo mismo se mandó en una junta que hizo para este efecto el visitador Tello de Sandoval, año de 1546, de cinco obispos y los prelados de las órdenes y clérigos.” 

El 25 de noviembre de 1578, Felipe II despachó en Madrid una cédula al Arzobispo de México en la que decía: “se ha hecho relación que en esas provincias hay algunos indios buenos cristianos y que tienen capacidad para recibir y que se les administre el Santísimo Sacramento de la comunión, a los cuales no se les administra.” [4]

El historiador dominico Fray Agustín Dávila Padilla recomendaba precauciones para dar la comunión a los nuevos cristianos: “examinar primero con grande cuidado a los que han de tener licencia para comulgar, y se tienen entre ellos por grado de suficiencia, estar ya aprobados al Santísimo Sacramento: y se llaman graduados, Comuniotlacatl, que quiere decir, la gente que comulga.” [5]

Fray Jacobo Daciano, originario de Dinamarca y de sangre real, fue el primero en dar la comunión a los tarascos en Michoacán cuya lengua hablaba, pero fue hasta el 15 de febrero de 1679 cuando Inocencio XI instó por escrito a la comunión frecuente.

Hubo casos curiosos de fe eucarística: “siendo guardián de Tzintzuntan Fr. Pedro de Reyna, y estando administrando el Santísimo Sacramento del altar a muchos indios, vio Fray Miguel de Estevaliz que se había levantado una forma consagrada de entre las demás, y que volando por el aire se fue a la boca de una india de las que esperaban la comunión y ella la recibió devotamente.” [7]

Motolinia, decía: “Algunos de estos naturales han visto a el tiempo de alzar la hostia consagrada, unos un niño muy resplandeciente; otros a Nuestro Redentor crucificado, con gran resplandor, y esto muchas veces; y cuando lo ven no pueden estar sin caer sobre su faz, y quedan muy consolados; asimismo han visto sobre un fraile que les predicaba una corona muy hermosa, que una vez aparece de oro y otra vez parece de fuego; otras personas han visto en la misa, sobre el Santísimo Sacramento un globo o llamarada de fuego.” [8]

También es cierto que algunos indígenas tenían miedo de acercarse al sacramento por lo sagrado que era, y porque esto implicaba un compromiso de cambio de conducta que no siempre estaban dispuestos a hacer.

En algunos códices, la Eucaristía aparece en forma circular, como en el Lienzo de Tlaxcala de 1552; en la lámina VII del Códice de Tlatelolco de 1557, o en el Códice de Cholula. 

 

[1] Relación hecha por el Sr. Andrés de Tapia sobre la conquista de México.
[2] Pedro Mártir de Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, Tomo I, Libro III, p. 132
[3]
Fray Gerónimo Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, Cap. XLV, P. 295, Ed. Porrúa, 1993.
[4] Archivo de Indias 103-3-1. Citado por Mariano Cuevas en Historia de la Iglesia en México. T. II, C. VIII.
[5]
 Fr. Agustín Dávila Padilla. Crónica de la Provincia de Santiago, Citado por Mariano Cuevas, T. II, C. VIII.P. 83.
[6]
Robert Ricard, La conquista espiritual de México, p. 347, FCE, 2002.
[7]
Fray Agustín Dávila Padilla, citado por Mariano Cuevas, en Historia de la Iglesia…, T. II, C. VIII.
[8]
Fray Toribio de Benavente, Motolinia. Historia de los Indios de la Nueva España. Tratado II, cap. 8

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