¿Qué nos enseña María en el mes de mayo?
María no se define por el poder, el reconocimiento social o la autonomía entendida de manera aislada, sino por su capacidad de amar, de acoger y de darse.
El Diácono Adolfo Prieto es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Iberoamericana; tiene una segunda licenciatura en Ciencias Religiosas por la Universidad Pontificia de México y la Universidad La Salle; una maestría por en Ciencias de la Familia por el Instituto Juan Pablo II de la Universidad Anáhuac y otra en Teología por la Universidad Lumen Gentium. Actualmente cursa un doctorado en Teología Espiritual.
Hablemos de María en este mes de mayo… Mayo florece no solo en la naturaleza, sino también en el corazón de la Iglesia. Desde hace siglos, el pueblo cristiano ha consagrado este mes a la Virgen María, reconociendo en ella no solo a la Madre de Dios, sino también a la discípula perfecta, modelo de fe vivida en lo cotidiano. Esta devoción, profundamente arraigada en la tradición católica, no es un simple adorno espiritual, sino una invitación a contemplar y a imitar a una mujer concreta, histórica, cercana: María de Nazaret, quien puede ser reconocida con toda propiedad como la primera mujer santa laica.
Hablar de María como mujer laica es destacar un aspecto esencial de su identidad. Ella no perteneció a una élite religiosa institucional ni desempeñó un ministerio cultual en el sentido formal. Su vida se desarrolló en el ámbito ordinario del hogar, en el silencio de un pequeño pueblo, entre las tareas propias de su tiempo. Y, sin embargo, en esa aparente sencillez, Dios realizó la obra más grande de la historia: la Encarnación de su Hijo. Esto nos revela una verdad fundamental: la santidad no depende de funciones extraordinarias, sino de la apertura radical a la voluntad de Dios.
El inicio del camino de María está marcado por su “sí” en la Anunciación. Este acto no fue solo un momento puntual, sino la expresión de una actitud permanente de disponibilidad. María acoge la Palabra no solo en su mente, sino en su vida entera. Su fe no es teórica, sino encarnada; no es cómoda, sino comprometida. Aceptar ser la Madre del Salvador implicaba riesgos, incomprensiones y sufrimientos. Sin embargo, ella no se repliega, sino que confía. Así, su vida se convierte en una peregrinación de fe, en la que cada circunstancia es ocasión para renovar su entrega.
En el contexto actual, donde los laicos están llamados a ser protagonistas en la transformación del mundo, María se presenta como un modelo luminoso. Ella vivió su vocación en lo cotidiano, santificando cada gesto, cada palabra, cada silencio. Su ejemplo rompe la falsa idea de que la santidad está reservada a quienes se apartan del mundo. Por el contrario, María muestra que es precisamente en medio de la vida ordinaria donde Dios actúa con mayor profundidad.
Además, María ofrece un testimonio particularmente significativo para la mujer de hoy. En una cultura que a menudo oscila entre la sobreexigencia y la desvalorización, la figura de María ilumina el verdadero sentido de la dignidad femenina. Ella no se define por el poder, el reconocimiento social o la autonomía entendida de manera aislada, sino por su capacidad de amar, de acoger y de darse. Lejos de ser un modelo pasivo, María es una mujer fuerte, valiente, capaz de sostener la esperanza incluso en los momentos más oscuros, como al pie de la cruz.
El mes de mayo, por tanto, no debería limitarse a prácticas devocionales externas, aunque estas tengan un valor importante en la vida de fe. El rezo del rosario, las ofrendas florales y las peregrinaciones son expresiones valiosas de amor a María, pero están llamadas a conducir a una transformación interior. Honrar a María implica imitarla: aprender a escuchar la voz de Dios, a discernir su voluntad y a responder con generosidad.
María también es maestra de interioridad. En un mundo marcado por la prisa y la dispersión, ella enseña el valor del silencio y de la contemplación. El Evangelio la presenta como aquella que “guardaba todas las cosas y las meditaba en su corazón”. Esta actitud es profundamente actual: solo quien sabe detenerse y reflexionar puede descubrir el paso de Dios en su vida. María nos invita a cultivar un corazón atento, capaz de reconocer la presencia divina en lo pequeño y en lo cotidiano.
Otro aspecto central de su vida es el servicio. Después de la Anunciación, María se pone en camino para ayudar a su prima Isabel. Este gesto revela que la auténtica experiencia de Dios siempre conduce al encuentro con el otro. La fe no encierra, sino que abre; no aísla, sino que impulsa a la caridad. En este sentido, María es también modelo de una Iglesia en salida, que no se queda en sí misma, sino que se acerca a las necesidades concretas de las personas.
Al contemplar a María como la primera mujer santa laica, se abre también una reflexión sobre la vocación universal a la santidad. Todos los bautizados, sin excepción, están llamados a la plenitud del amor. Esta llamada no se vive de manera abstracta, sino en las circunstancias concretas de cada uno: en la familia, en el trabajo, en la vida social. María demuestra que es posible vivir esta vocación con autenticidad, incluso en medio de las limitaciones y desafíos propios de la existencia humana.
Finalmente, mayo se presenta como un tiempo privilegiado para renovar nuestra relación con María. No se trata solo de acudir a ella en busca de consuelo o ayuda, aunque ciertamente ella es madre que escucha, sino de permitir que su ejemplo transforme nuestra vida. Mirar a María es redescubrir el camino del Evangelio en su forma más pura y accesible.
Que este mes de mayo sea, entonces, una oportunidad para redescubrir a María en toda su profundidad: como Madre de Jesús, sí, pero también como mujer creyente, como discípula fiel y como la primera entre los laicos que alcanzó la santidad. En ella encontramos no solo una intercesora poderosa, sino un modelo cercano y posible. Siguiendo sus pasos, también nosotros podemos aprender a decir cada día, con confianza y amor: “Hágase en mí según tu palabra”.
El mes de mayo, tradicionalmente dedicado a la Virgen María, es también una oportunidad para recordar a numerosos santos y beatos laicos que vivieron su fe en medio del mundo. Aquí tienes algunos ejemplos significativos:
1. San José Obrero (1 de mayo): Modelo de trabajador humilde y fiel, patrono de los laicos y del trabajo digno.
2. San Isidro Labrador (15 de mayo): Campesino madrileño que santificó su labor diaria con oración y caridad.
3. Santa Juana de Arco (30 de mayo): Joven laica que, guiada por su fe, defendió a su pueblo con valentía.
4. Beata Itala Mela (17 de mayo): Vivió una profunda espiritualidad trinitaria siendo laica consagrada.
Estos santos muestran que la santidad no está reservada al clero o a la vida religiosa, sino que es una llamada universal. En el trabajo, en la familia y en la sociedad, los laicos están llamados a ser testigos vivos del Evangelio.

