El Papa Francisco ora por los fieles difuntos. Foto: L'Osservatore Romano
La conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, al día siguiente de la solemnidad de Todos los Santos, fue instituida por san Odilón en Cluny el año 998. Por influjo de los monjes cluniacenses se difundió ampliamente durante el siglo XI; en Roma, sin embargo, se celebra solamente desde el siglo XIV. (Calendario Romano, 1969)
Orar por los fieles difuntos es una tradición permanente en la Iglesia, lo mismo que celebrar la santa Misa por ellos. Considerando que la muerte de un cristiano es en realidad su nacimiento al cielo, los primeros cristianos acostumbraron reunirse ante la tumba de sus hermanos difuntos en el día del aniversario de su muerte y celebraban la Misa por ellos, sobre todo si habían dado testimonio de Cristo con su martirio. Gracias a esa tradición sabemos la fecha del martirio de muchos de nuestros santos.
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Pero no sólo se oraba ante el sepulcro de los mártires, sino que también se oraba por los familiares que habían muerto. Santa Mónica, mamá de san Agustín, le pide a su hijo obispo que, al morir, se acuerde de ella junto al altar, dondequiera que estuviera. Ella murió en el 387.
Cuando en México celebramos a los fieles difuntos con una ofrenda de comida en honor a ellos, nos parecemos a los romanos paganos del tiempo de los primeros cristianos que en el último mes del año celebraban a los difuntos preparando una comida y poniendo ante la mesa una silla vacía, pues suponían que el difunto venía a comer con ellos. A esta comida la llamaban “refrigerium”, refrigerio. También los cristianos participaban de este tipo de costumbres, y muy pronto las cristianizaron celebrando por nueve días las “parentalia”, fiesta de los familiares difuntos.
Como vemos, orar por los difuntos es una costumbre profundamente enraizada en nuestra tradición.
Al celebrar a los fieles difuntos al día siguiente de la celebración de Todos los Santos la Iglesia nos quiere enseñar que tanto los que ya están en el cielo, santos todos ellos aunque no estén canonizados, como los que están en el purgatorio, siguen siendo miembros de la Iglesia. Entre nosotros hay una comunicación de dones que se llama “Comunión de los santos”. Seguimos unidos a Cristo por el Espíritu Santo, seguimos siendo hermanos, hijos de un mismo Padre.
Creemos los católicos en el purgatorio. El purgatorio es ya el cielo… pero todavía no. A la presencia de Dios sólo llega lo santo, lo limpio. Ante Él no debe haber ni la más mínima sombra del pecado. Por los méritos de Jesús se nos perdonan nuestros pecados. Los sacramentos del Bautismo, de la Reconciliación y de la Unción de los Enfermos son el signo ordinario del perdón generoso de Dios. De una forma extraordinaria, un acto de contrición bien hecho nos obtiene el perdón. Perdonados nuestros pecados, de nuestra parte
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