Cielo y Tierra: ¡Feliz Pascua!

Alejandra María Sosa Elízaga

 

En algún momento de aquella madrugada, sucedió lo más extraordinario que ha ocurrido jamás en todo el planeta, y ocurrió silenciosamente, discretamente, ¡sin que nadie se diera cuenta!


El cuerpo muerto de Jesús, envuelto en una sábana y encerrado en un oscuro sepulcro cavado en la roca, desapareció, dejando la sábana que lo cubría, intacta pero ¡vacía!

Estudios realizados en la que ahora es conocida como Sábana Santa, han descubierto que presenta, por una parte, manchas de sangre que coinciden con lo que los Evangelios narran que le sucedió a Jesús en las últimas horas de Su vida: que fue flagelado, coronado de espinas, cargado con el madero de la cruz, que caminó descalzo, fue crucificado y una lanza penetró Su costado. Y, por otra parte, presenta una imagen en negativo, que quedó impresa debido a una intensa radiación de milésimas de segundo, que el propio cuerpo emanó antes de desaparecer, dejando la Sábana acomodada como había estado cuando lo cubría, pero plana, desinflada. ¡Impresionante testigo de la Resurrección de Cristo!

Me pregunto qué estaría sucediendo en el resto del mundo en el instante en que Jesús resucitó, si acaso hubo una como oleada de emoción que toda las gentes sintieron sin explicárselo, si hubo en el interior de su alma una nueva luz, un no sé qué que las llenó de contento; pero lo más probable es que no percibieron que hubiera ocurrido algo fuera de lo normal, y siguieron, como si nada, haciendo lo que estaba haciendo.

No lo supieron, pero ¡todo había cambiado por completo!!

Jesús le abrió una puerta al sepulcro, ¡una salida!

La muerte, que hasta ese instante había sido devastador final, se volvió umbral.

Calladamente, discretamente, sin que se dieran cuenta ni los vecinos de esa región, ni siquiera el grupo de los elegidos amigos de Jesús, Él realizó el milagro más grande de toda la historia, lo que nunca había ocurrido y que ningún ser humano hubiera podido lograr por sí mismo. Dice una hermosa y antigua homilía, que Jesús, que es la Vida, se dejó tragar por la muerte, y, una vez dentro de ella, la destruyó para siempre.

Qué curioso que algo tan asombroso a tantas personas les ‘pasó de noche’ (literalmente), no lo supieron, y cuando más tarde lo averiguaron, no todas lo creyeron.

Así sucede con las intervenciones de Dios. Suelen ser tan sutiles que si no nos fijamos, no las captamos.

Por eso la Iglesia celebra en grande la Pascua, y nos invita a poner atención, a volver la mirada hacia ese acontecimiento, el más impactante de todos los tiempos, para que no nos pase desapercibido el fundamento de nuestro cristianismo: que Jesús no fue simplemente un hombre como tantos, que habló bonito y un día murió, sino que es el Hijo de Dios, que se hizo Hombre para rescatarnos del pecado y de la muerte, anunció que daría Su vida por nuestra salvación, prometió que resucitaría, y ¡lo cumplió! Y por eso creemos en Él y sabemos que todo lo que nos ha prometido es verdad, y que así como resucitó, nos resucitará a nosotros; que no todo se termina en esta vida, sino tenemos la inmerecida posibilidad de ¡disfrutar con Él la eternidad!