Editorial
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Unidos en la esperanza, afrontemos el dolor

La pandemia ha trastocado lo que tradicionalmente hacemos en torno a un duelo: hoy no hay cercanía, ni abrazos e incluso a veces ni velorio.
En tiempos de COVID-19, unidos en la esperanza de la Asunción de María al Cielo.
En tiempos de COVID-19, unidos en la esperanza de la Asunción de María al Cielo.

Al celebrar apenas la Asunción de la Virgen María, queremos llamar la atención sobre la conclusión de la vida humana, constatando que así como ocurre en las bodas, los velorios y novenarios por los difuntos son los eventos que suelen tener más amplia convocatoria en una familia.

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Pero la pandemia también ha trastocado lo que tradicionalmente hacemos en torno a un duelo: por medidas sanitarias ha impedido la cercanía con el enfermo, con el agonizante y con quienes viven la muerte de un familiar. No hay abrazos, no hay presencia física, a veces ni velorio, y el consuelo debe caminar hasta por medios virtuales.

Cuando afirmamos desde la fe que María no conoció la corrupción del sepulcro, sino que fue llevada hasta Dios en cuerpo y alma, estamos afirmando que vivió la conclusión de su vida con la esperanza que llegaba a su cumplimiento: el encuentro definitivo y total con Jesús, su Hijo, el Salvador del mundo.

Son ya miles de familias las que han vivido el trance de la muerte en los últimos cinco meses y todas ellas necesitan tanto de la fuerza de la fe, de la profundidad de la esperanza, como de nuestro abrazo, de nuestro amor y cercanía.

En ámbitos civiles se han hecho homenajes y memoriales para recordar a los que han fallecido a causa de la pandemia: es una manera pública de sobrellevar el duelo. En la Iglesia también han florecido múltiples estrategias creativas para acompañar espiritualmente a los deudos, y todo con un claro objetivo: proclamar que la última palabra no la tiene ni el dolor ni la muerte, sino la esperanza y la vida. Porque Cristo resucitó, sabemos que resucitaremos con él, y -como se proclama en la Misa por los difuntos- “aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la esperanza de la futura inmortalidad; porque para quienes creemos en ti, Señor, la vida no termina, sólo se transforma”.

No hay duda que la muerte siempre será difícil de asimilar, más cuando se suman variables como el encierro, la inseguridad, el aumento de desempleo, la crisis económica o la incertidumbre ante el futuro. Por eso resulta necesario acompañar a los dolientes con nuevos modos y ambientes sociales más humanos.

Parece una ironía, pero gracias a las plataformas tecnológicas se ha facilitado también el acompañamiento en tan duro trance: reunir amigos y familias para un novenario, para compartir fotos y anécdotas, para renovar el contacto y hacer que la cercanía se extienda hasta llegar al consuelo y la esperanza.

Si al término de su vida en este mundo la Virgen María fue llevada a lo más alto de los cielos por los ángeles, veamos de qué modo aprovechamos lo que tenemos al alcance de la mano para dar gracias a Dios por la vida y el cariño de quienes ya murieron y que podamos llevarlos siempre en lo más cálido del corazón.

 

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