Adviento es más que preparar la Navidad: es abrir el corazón a la esperanza, la paz y la presencia de Dios. Aprende a vivirlo con profundidad.
Este domingo inicia el Adviento y se abre paso en nuestra vida como una lámpara encendida en medio de la prisa, las preocupaciones y en algunos casos, la falta de esperanza o el exceso de malas noticias.
Es un período breve en el calendario, pero intenso en significado para la Iglesia y para el mundo, porque anuncia que Dios está en medio de nosotros, que la historia tiene dirección y que la esperanza está fundada en la certeza de la promesa hecha por Cristo.
Este tiempo no puede vivirse como un simple tránsito hacia la Navidad, sino como un espacio de vigilancia interior, donde cada uno de nosotros tenemos la oportunidad de disponernos a escuchar a Dios que viene de manera silenciosa, pero siempre transformadora. Adviento es espera, conversión y alegría.
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A veces, este tiempo de Adviento queda reducido a una agenda saturada, a compras, reuniones, intercambios y luces multicolores que ya comienzan a brillar. Corremos el riesgo de preparar muchas cosas, menos el corazón.
Causa mucha ilusión adornar la casa, pero la invitación que queremos hacer es darnos tiempo para también adornar el alma. No basta con encender luces en las calles, pues hace falta dejar que Cristo encienda la luz que apagaron esos momentos que a veces nos han oscurecido.
No basta con montar el nacimiento, si no permitimos que Él vuelva a nacer en nuestra vida, en nuestros espacios heridos, en nuestras relaciones rotas, en nuestras realidades cotidianas.
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La Iglesia nos invita a mirar este tiempo con una actitud profundamente humana y cristiana. Adviento es una escuela de esperanza, como enseñó Benedicto XVI. Es una promesa de paz, como recordaba San Juan Pablo II. Es “un tiempo de gracia para quitarnos las máscaras – que cada uno tiene- y ponernos en fila con los humildes”, como señaló el Papa Francisco.
Nuestra sociedad necesita esa esperanza activa. En un tiempo donde tantos viven con miedo, incertidumbre o dolor; donde la violencia, la soledad y la indiferencia parecen oscurecer el horizonte, donde a veces los problemas nos rebasan, donde nuestros jóvenes a veces luchan por encontrar el propósito de vida, el Adviento nos recuerda que la luz viene para todos. Viene para sanar. Viene para renovar.
Que este Adviento nos prepare para renovar lo que necesita ser renovado en nuestra vida, que estemos disponibles y con el corazón abierto para recibir al Dios que viene a transformar nuestra oscuridad en luz y nuestra espera en alegría.
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