Editorial

A nuestros sacerdotes

Tarea de cada sacerdote es favorecer el encuentro del corazón humano y del Corazón Divino.
Foto: Cathopic
Foto: Cathopic

La fiesta del santo Cura de Ars llega puntualmente cada 4 de agosto. Murió hace 160 años, y su legado sigue vigente a pesar de cambios y transformaciones de toda índole.

Y la razón de que siga vigente la persona de aquel sencillo e iletrado sacerdote, que además fue nombrado patrono de los presbíteros en general –y de los párrocos más concretamente– radica en su entrega constante y generosa a los feligreses, tanto de los propios parroquianos como de aquellos que, a carretilladas, llegaban de todos los rumbos de Francia hasta su confesionario. Ahí encontró el camino para cumplir la voluntad de Dios, y ahí respondió a la vocación que Jesús le hiciera para ser “pescador de hombres”.

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Mucho se ha hablado sobre la supuesta necesidad de que la Iglesia y sus ministros se modernicen, de que se ajusten a los cambios, de que se utilicen los medios modernos y acepten nuevas tendencias. Y sí: las novedades son atractivas, sin duda. Pero no todas son útiles.

Poco se ha dicho sobre la urgencia permanente de que los ministros de la Iglesia sigan encontrándose con el hombre de carne y hueso, con el pecador común y corriente, con quien día a día sigue construyendo una familia, con quien hace grande una patria desde su trabajo cotidiano, con quien sufre y anhela, con el hombre de siempre… y con lo sagrado y profundo de su conciencia.

Que no sobre subrayar que los cambios que favorecen el auténtico crecimiento humano y dejan huella, no son los que se dictan desde las ideologías y las dictaduras escondidas o disfrazadas, ni los que impone el mercado y la eficacia tecnológica. El hombre crece cuando se encuentra con otro corazón humano. Y el crecimiento se hace mayúsculo cuando se encuentra con el Corazón de Dios.

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Tarea de cada presbítero y de toda la Iglesia –a pesar de limitaciones y defectos- es provocar y favorecer el encuentro del corazón humano y del Corazón Divino. A eso se entregó san Juan María Vianney, concretamente con tantas y tantas horas de confesionario y con una predicación muy cercana al pueblo; de ahí que su experiencia y su ejemplo no dejarán de ser actuales, a pesar de cambios y transformaciones.

Con ocasión de esta fiesta, Desde la fe se congratula con tantas comunidades que cuentan con la presencia y servicio de un sacerdote, ya sea joven o anciano, poco leído o muy estudiado, con cualidades especiales o sin un perfil sobresaliente, porque todos cumplen con la misma fuerza de Dios la misión portentosa de hacerlo presente en el mundo para que los hombres se acerquen a Él.

Leyendo la Carta a los Hebreos (5, 1-2) agradezcamos de corazón a cada presbítero cercano, pues tiene como misión llevarnos hasta “las cosas que se refieren a Dios, para presentar ofrendas y sacrificios por los pecados; y puede obrar con benignidad para con los ignorantes y extraviados, puesto que él mismo está sujeto a flaquezas”.