Templo Expiatorio de Cristo Rey: la antigua casa de la Virgen que sigue en pie tras siglos
La antigua Basílica de Guadalupe, hoy Templo Expiatorio de Cristo Rey, conserva más de tres siglos de historia, arte y devoción guadalupana.
Arrodillada, en silencio y con un gesto de profunda humildad, Jacqueline Kennedy colocó un ramo de rosas rojas a los pies de la Virgen de Guadalupe. La escena ocurrió la tarde del 1 de julio de 1962, cuando la entonces primera dama de Estados Unidos visitó la Antigua Basílica de Guadalupe, hoy Templo Expiatorio de Cristo Rey, junto a su esposo, el presidente John F. Kennedy, durante su visita oficial a la Ciudad de México.
En medio de un mundo marcado por la tensión de la Guerra Fría y durante el sexenio del presidente Adolfo López Mateos, la popular pareja presidencial decidió cerrar su viaje con un acto de fe. Eligieron acudir al santuario del Tepeyac para encomendarse a la Morenita antes de regresar a su país, un gesto que llamó particularmente la atención, ya que John F. Kennedy era el primer presidente católico de Estados Unidos, nación donde la mayoría de los mandatarios habían sido protestantes.
Durante más de dos siglos, el Templo Expiatorio fue la casa de Santa María de Guadalupe. Popularmente llamado la Antigua Basílica de Guadalupe, este recinto del Tepeyac no solo resguarda una profunda devoción mariana, sino que es uno de los espacios religiosos más relevantes en la historia religiosa de México.
De acuerdo con el Mtro. Pedro Pablo Pérez García, encargado de la Biblioteca Lorenzo Boturini de la Basílica de Guadalupe, antes del templo actual existió en el mismo sitio una construcción más modesta, conocida como la iglesia artesonada, llamada así por su techo de madera.
“De esa iglesia no quedó absolutamente nada”, explica el especialista. Su fragilidad frente a las lluvias, inundaciones y al paso del tiempo llevó a la decisión de edificar un templo más sólido, digno de albergar la imagen de la Virgen.
De la iglesia artesonada a una casa sólida para la Virgen
La primera piedra del nuevo templo fue colocada el 25 de marzo de 1695, marcando el inicio de una obra de gran envergadura. El proyecto estuvo a cargo del arquitecto Pedro de Arrieta, uno de los más destacados del periodo virreinal.
La construcción concluyó en abril de 1709, y el templo fue dedicado el 27 de abril de ese año. Días después, el 1 de mayo de 1709, la imagen original de la Virgen de Guadalupe fue trasladada a su nueva casa, donde permanecería hasta 1976. “Fue la casa de la Virgen durante 267 años”, subraya el encargado de la Biblioteca Lorenzo Boturini.
Arquitectura y jerarquía eclesiástica
El nuevo santuario se concibió como una obra monumental de la arquitectura colonial. Contaba con cuatro torres octagonales, quince bóvedas y una cúpula octagonal con linternilla, recubierta con talavera amarilla y azul, elementos que reforzaban su carácter simbólico y litúrgico.
En 1749, el templo recibió el título de Colegiata, lo que significaba que era administrado pastoral y administrativamente por un Cabildo de sacerdotes, reflejo de su creciente importancia dentro de la Iglesia en la Nueva España.
Cambios y transformaciones en el siglo XIX
A principios del siglo XIX, con motivo de la construcción del convento de Capuchinas en el costado oriente, el templo sufrió daños estructurales importantes. Esto obligó a una profunda intervención que transformó por completo su interior.
“Desapareció el barroco y se sustituyó por el neoclásico”, señala el maestro Pérez. Durante este proceso se colocó un nuevo altar diseñado por José Agustín Paz y Manuel Tolsá, marcando un cambio definitivo en la estética del recinto.
Con motivo de la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe, otorgada por el papa León XIII, el templo volvió a ser intervenido debido a los constantes hundimientos del suelo. Las obras iniciaron en 1887 y concluyeron el 12 de octubre de 1895.
En esta etapa se sustituyó el retablo por un altar de mármol blanco de Carrara, diseñado por Juan Agea Salomé Piña y labrado por Carlo Nicoli, cubierto por un baldaquino sostenido por columnas de granito escocés de cuatro toneladas cada una y una bóveda de bronce. Además, se redecoró todo el interior y se colocaron cinco pinturas monumentales con pasajes de la historia guadalupana.
Basílica, atentado y persecución religiosa
Durante la época virreinal, el templo se convirtió en un punto obligado para virreyes, obispos, personajes notables y multitud de peregrinos. Ahí acudieron figuras como Maximiliano y Carlota, Porfirio Díaz, Lorenzo Boturini y, ya en tiempos recientes, San Juan Pablo II.
En 1904, la colegiata fue elevada al rango de Basílica, consolidando su centralidad en la vida religiosa del país. Años después, el 14 de noviembre de 1921, el templo fue escenario de un atentado: una bomba fue colocada frente a la imagen de la Virgen.
“La explosión no dañó a la Virgen”, recuerda Pérez García, y dejó como testimonio un Cristo de bronce deformado, que se conserva hasta hoy. Durante la persecución religiosa, en 1926, la Basílica cerró sus puertas al culto, como ocurrió con muchos templos del país, y reabrió en 1929, tras la reapertura general de las iglesias.
El traslado de la Virgen y el rescate del templo
Desde finales de la década de 1960, explica el Mtro. Pedro Pablo Pérez García, comenzó a plantearse formalmente la necesidad de construir una nueva basílica en el Tepeyac. El motivo no era únicamente el crecimiento exponencial de peregrinos, sino los severos hundimientos diferenciales que afectaban a la antigua Basílica, consecuencia del frágil subsuelo del Valle de México.
Tras varios estudios técnicos y proyectos arquitectónicos, el 12 de octubre de 1976 fue inaugurada la Nueva Basílica de Guadalupe, y ese mismo año la imagen original de la Virgen fue trasladada definitivamente a su nuevo santuario. Con ello, la antigua Basílica cerró sus puertas al culto.
El edificio permaneció cerrado durante 24 años, de 1976 al año 2000, tiempo en el que su futuro fue incierto. “Se pensó incluso que podía perderse”, señala el entrevistado, debido al avanzado deterioro estructural que presentaba.

Templo Expiatorio de Cristo Rey, un testigo vivo de la historia
Estuvo cerrado durante 24 años. Se pensaba incluso en demolerlo, hasta que un innovador proyecto de ingeniería permitió pilotear la estructura, elevarla dos metros y estabilizarla. Hoy cuenta con un péndulo interno que monitorea cualquier movimiento o inclinación, garantizando su preservación.
Restaurado y reabierto, el recinto fue destinado como Templo Expiatorio de Cristo Rey, advocación profundamente ligada a la historia religiosa de México, especialmente al periodo de la persecución religiosa y la afirmación de la fe.
Aunque hoy recibe menos visitantes que la Nueva Basílica, el templo sigue siendo un espacio vivo de oración, arte e historia. Su arquitectura, su pasado como casa de la Virgen y los múltiples acontecimientos de los que fue testigo lo convierten en una joya del patrimonio religioso y cultural de México.
Como resume el Mtro. Pedro Pablo Pérez García, encargado de la Biblioteca Lorenzo Boturini de la Basílica de Guadalupe: “Es un templo histórico totalmente. Fue la casa de la Virgen y solo por eso es digno de conservarse lo más que se pueda”.
Arquitectura, arte y tesoros preservados
El interior de este templo sorprende por:
- Columnas corintias monumentales.
- Pinturas gigantescas, de hasta 6 o 7 metros de altura, que narran pasajes guadalupanos y funcionan como una auténtica catequesis visual.
- Una estatua de Antonio Plancarte y La Bastida, quien promovió la coronación pontificia de la Virgen en 1895, cuyo acto solemne se celebró aquí mismo.
- El altar mayor, realizado en el siglo XIX por Manuel Tolsá, con mármol traído de Zacatecas y Nuevo León.
- Un órgano monumental que aún se utiliza en celebraciones especiales, como la solemnidad de Cristo Rey.
- La histórica sillería del coro, originalmente majestuosa y tallada en madera, hoy parcialmente exhibida en el museo y parcialmente resguardada.
Dentro del recinto se encuentra también la capilla del Santísimo, una joya del barroco novohispano, con detalles, dorados y elementos ornamentales que requieren más de una visita para apreciarse por completo.
Quienes ingresan al templo suelen hacerlo por el costado derecho, un recorrido que permite apreciar de cerca las pinturas monumentales y la escultura de Plancarte, para continuar después hacia la capilla del Santísimo. Sin duda, este recinto resguarda una memoria histórica de más de tres siglos.
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