El Cristo más antiguo de México fue restaurado: la historia del Señor de Santa Teresa
El Señor de Santa Teresa, considerado el Cristo más antiguo de México, fue restaurado tras casi 500 años. Conoce su milagrosa renovación y su historia.
En el silencio del Monasterio de San José de las Carmelitas Descalzas en Tlacopac, una imagen que ha acompañado la fe de varias generaciones vuelve a mostrar su rostro con renovada dignidad. Se trata del Señor de Santa Teresa, considerado el Cristo más antiguo elaborado en México, cuya creación se remonta aproximadamente entre 1545 y 1550.
Tras dos meses de trabajo especializado, la restauradora Claudia Alejandra Garza Villegas, encargada de Bienes Muebles de la Dimensión de Bienes Culturales de la Arquidiócesis Primada de México, concluyó el proceso de restauración de esta histórica escultura, una obra clave del arte sacro novohispano y testimonio vivo de la devoción cristiana en el país.
Pero la historia de esta imagen no solo pertenece al arte: también está marcada por relatos de fe y devoción que han acompañado su presencia durante más de cuatro siglos y medio.
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El primer Cristo hecho en México
El Señor de Santa Teresa no solo es una imagen profundamente venerada; también es una pieza única en la historia del arte religioso. Según los estudios y la documentación existente, es el primer Cristo realizado en México con la técnica de caña de maíz, un método que surgió en los primeros años de la evangelización.
Esta técnica combina materiales ligeros y naturales:
- Caña de maíz triturada para formar una pasta
- Papel amate aplicado en capas
- Una preparación para la policromía que da vida a los detalles de la escultura.
El resultado es una imagen hueca y ligera de Cristo crucificado, ideal para su traslado durante las procesiones religiosas que comenzaron a multiplicarse en el México virreinal debido a la influencia de los misioneros españoles.
“La creación de esta imagen se remonta aproximadamente entre 1545 y 1550 y, a partir de ella, comenzaron a elaborarse muchos otros Cristos con esta misma técnica”, explica la restauradora Alejandra Garza.
Con el tiempo, añadió la especialista, esta forma de escultura se difundió ampliamente, al grado de que hoy se tiene registro de más de 300 Cristos elaborados con caña de maíz, algunos conservados en México y otros que incluso fueron enviados a Europa durante el periodo virreinal, en especial a España, e incluso se tiene conocimiento de que uno se encuentra en Croacia.
“Justo son imágenes que fueron hechas con estos materiales muy ligeros porque tienen como principal función la de ser procesionales. Si pensamos en imágenes de mucha devoción en nuestro país, pensamos en el Señor de Chalma o en el Señor de la de la Conquista en San Miguel de Allende u otras devociones más puntuales, casi todas son imágenes hechas con caña de maíz que se hicieron entre 1545 hasta 1620 más o menos. Es una técnica que, digamos por los materiales y por ser endémicos, es de nuestro país”, explica Garza Villegas.
La misteriosa “renovación” del Cristo
Uno de los episodios más extraordinarios de la historia de esta imagen de Señor de Santa Teresa ocurrió en 1621, cuando se encontraba en la parroquia de Ixmiquilpan, ubicada en el estado de Hidalgo.
Según narran las hermanas Carmelitas Descalzas, Pilar de la Cruz y María de la Paz del Niño Jesús, el Cristo estaba entonces muy deteriorado. Su rostro estaba prácticamente deshecho y su cuerpo ennegrecido por el paso del tiempo, además de que en su interior anidaban los roedores. Por esta razón, el párroco decidió retirarlo de la vista de los fieles, ya que no causaba devoción entre los fieles.
Incluso el sacerdote consultó al arzobispo de México sobre qué hacer con la imagen y su respuesta fue que cuando falleciera la primera persona adulta del pueblo, el Cristo fuera sepultado junto con ella. Sin embargo, relataron la monjas, pasaron cinco años y en el pueblo “no morían más que puros niños. Entonces no se pudo cumplir esta acción”.
Pero algo inesperado ocurrió.
El 19 de mayo de 1621, mientras el sacerdote oraba en la iglesia, comenzaron a sonar misteriosamente las campanas. El pueblo acudió al templo pensando que algo había sucedido.
Después de revisar la parroquia sin encontrar nada, uno de los pobladores pasó debajo del Cristo y sintió que le caían gotas de agua. Al mirar hacia arriba, donde se encontraba colocada la escultura, descubrieron algo sorprendente: la imagen estaba completamente renovada y cubierta de humedad, como si sudara.
El sacerdote pidió a una persona que subiera para verificar lo que se había dicho y se comprobó que el Cristo había recuperado su rostro y su apariencia. Al día siguiente, el Cristo siguió sudando. Lo bajaron y lo colocaron en una mesa para celebrar la misa, y seguía sudando. En una ocasión, los brazos de la cruz golpearon la mesa y a la imagen se le abrió el costado derecho, del cual brotó sangre y agua.
Este episodio quedó recogido posteriormente en la obra La milagrosa renovación del Cristo de Santa Teresa, escrita por el Dr. Alfonso Alberto de Velasco, en la que se narra detalladamente lo ocurrido.
El traslado a la Ciudad de México
Tras estos acontecimientos, el arzobispo decidió que la imagen del Cristo crucificado debía trasladarse a la capital para resguardarla y prepararle un templo digno. Sin embargo, el traslado no fue sencillo.
Cuando los fieles de Ixmiquilpan supieron que el Cristo sería llevado a la Ciudad de México, salieron a impedirlo. Según recuerdan las religiosas, el pueblo se resistió incluso con palos y herramientas para evitar que la imagen saliera de su comunidad.
Finalmente se acordó una solución temporal: el Cristo fue llevado primero a un monasterio agustino cercano, donde permaneció alrededor de un mes mientras se calmaban los ánimos.
Cuando intentaron continuar el traslado ocurrió otro hecho inesperado. El cofre donde iba la imagen se volvió extremadamente pesado, de modo que nadie podía levantarlo.
Entonces uno de los sacerdotes hizo una promesa: si el Cristo no era tratado dignamente en la Ciudad de México, sería devuelto a Ixmiquilpan. Después de esa promesa, el cofre pudo levantarse sin dificultad.
Así comenzó el viaje definitivo hacia la capital.
Cómo llegó al monasterio carmelita
Al llegar a la Ciudad de México, en 1621, el arzobispo Juan Pérez de la Serna organizó una gran recepción para la imagen y la resguardó temporalmente en su oratorio. Sin embargo, poco después, en 1626, fue llamado a regresar a España. Antes de partir, enfrentaba una preocupación: ¿dónde dejar el Cristo que tanto veneraba?
El propio arzobispo había fundado años antes, en 1616, el Monasterio de San José de la Orden de las Carmelitas Descalzas. Inspirado por un pasaje bíblico que habla del “monte de la mirra y el collado del incienso”, interpretó que ese lugar representaba la vida de oración y sacrificio de las carmelitas.
Así decidió confiar la imagen al resguardo de la comunidad y, desde entonces, el Señor de Santa Teresa permanece en el monasterio, donde ha sido custodiado por las religiosas durante 400 años.
Una imagen marcada por la historia
A lo largo de casi cinco siglos, el Señor de Santa Teresa ha atravesado múltiples acontecimientos que dejaron huella en su estructura.
Uno de los episodios más dramáticos ocurrió en 1845, cuando debido a un sismo de gran magnitud que se presentó en la Ciudad de México la cúpula del Templo de Santa Teresa la Antigua (actualmente funciona como el museo Ex Teresa Arte Actual) se desplomó sobre la imagen, provocando daños severos en la escultura del Cristo.
“Como es un Cristo hueco, la caída del material lo aplastó prácticamente”, relata la restauradora Alejandra Garza. Aun así, la imagen sobrevivió y fue restaurada en ese entonces por artistas vinculados a la Academia de San Carlos, quienes estudiaron la técnica con la que estaba hecha, ya casi desconocida en aquella época.
Un Cristo que acompaña la vida de las Carmelitas
Para las religiosas de la Orden de las Carmelitas Descalzas, la imagen del Señor de Santa Teresa no es solo una obra de arte ni un objeto histórico: es parte central de su vida espiritual.
“Para nosotras significa todo”, afirma la hermana Pilar de la Cruz. “Cuando entramos a la capilla recordamos que así como Él se renovó, nosotros también debemos renovarnos cada día en nuestra vida”.
La presencia permanente del Cristo en su Monasterio inspira su vida de oración y contemplación. Según cuentan, las religiosas experimentan en la oración interior lo que Cristo les pide y tratan de responder a ello en su vida diaria.
Incluso relatan una anécdota que para ellas refleja la cercanía de la imagen.
Cuando construyeron una nueva capilla en el Monasterio, varios albañiles intentaron trasladar el Cristo desde el lugar donde se encontraba, pero no pudieron moverlo. Parecía demasiado pesado.
“El maestro le dijo a los albañiles que ya llevaran a la imagen, entonces mandó a dos jóvenes y no pudieron, fueron dos albañiles más y no pudieron, entonces llegaron otros y no podían, porque Él se hace pesado cuando no quiere que lo lleven a otra parte“, indican los hermanas.
Finalmente llamaron a dos hermanas de la comunidad. Ellas lo tomaron y lo trasladaron sin dificultad, luego de que le dijeron que lo iban a regresar a su capilla.
El reto de restaurar una obra de casi 500 años
El proceso de restauración realizado en este 2026, indica Garza Villegas, tuvo un objetivo claro: estabilizar la imagen y mejorar su apreciación estética, respetando siempre su historia material.
En este sentido, señala que el mayor desafío que enfrentaron fue que en la última intervención, realizada en el año 2000, se utilizaron materiales poco compatibles con los que se utilizaron originalmente en la escultura del Cristo.
“Nos encontramos con materiales de diversa naturaleza que no correspondían a los originales. Ese fue el mayor reto de la restauración”, explica la especialista.
Así, el trabajo realizado por la restauradora y su equipo incluyó:
- Eliminación de materiales añadidos en intervenciones recientes
- Limpieza de la superficie
- Afinamiento de resanes anteriores
- Consolidación estructural de zonas con movimiento
- Reintegración cromática para recuperar la lectura estética de la obra
Para distinguir claramente lo original de lo restaurado, precisa la especialista de la Dimensión de Bienes Culturales, se utilizó una técnica profesional conocida como rigattino o tratteggio, que consiste en aplicar finísimas líneas de color que permiten reconocer las zonas intervenidas.
Además, añade, en algunos puntos fue necesario reintegrar pequeñas áreas con pasta de caña, siguiendo la misma técnica tradicional con la que fue elaborada la escultura en el siglo XVI.
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Los colores de la Pasión
Uno de los aspectos más impactantes del Cristo es su policromía, ya que contiene tonos azulados, violáceos y marcas que evocan los golpes y heridas de la Pasión que vivió Jesús.
Lejos de ser un deterioro, afirma Alejandra Garza, estos colores forman parte del diseño original de la escultura, destinado a representar los sufrimientos de Cristo antes de la Crucifixión.
“Los moretones y marcas responden al momento de la Pasión: las heridas del flagelo, los clavos y la herida del costado, así como en la zona de su rostro, en sus labios, que también se muestran como muy amoratados”, explica la restauradora.
Un mito sobre los Cristos de caña
Respecto al origen de la elaboración de los Cristo de caña, indica la especialista en arte sacro, durante siglos se ha repetido una idea equivocada: que muchas de estas imágenes fueron traídas desde España o regaladas por reyes europeos.
Sin embargo, los estudios actuales muestran lo contrario.
“Se ha llegado a decir que estos Cristos fueron traídos de España o regalados por el emperador Carlos V, pero eso no es posible. Los materiales y la técnica son propios de México”, señala Garza.
En realidad, subraya, estas esculturas nacieron del talento de los artistas novohispanos, quienes adaptaron materiales indígenas a la iconografía cristiana impulsada por los frailes evangelizadores.
Es decir, los Cristos de caña son una expresión profundamente mexicana de la fe católica.
Cómo restaurar una imagen religiosa correctamente
La restauradora también subraya la importancia de no intervenir las imágenes religiosas de forma improvisada, algo que aún ocurre en algunas parroquias.
Para restaurar una obra de arte sacro recomienda que seguir los siguientes pasos claros:
- Dar aviso a la dimensión o comisión de bienes culturales de la diócesis.
- Buscar un restaurador profesional con cédula profesional.
- El restaurador debe realizar un dictamen técnico.
- Presentar ante el Instituto Nacional de Antropología e Historia el trámite correspondiente (por medio de la forma 6001).
- Contar con la firma del párroco como custodio de la imagen.
- Realizar la restauración con supervisión del INAH.
Sólo así, asegura Alejandra Garza, se garantiza que las imágenes devocionales puedan conservarse durante siglos sin perder su valor histórico y, sobre todo, espiritual.
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Un Cristo que sigue atrayendo a los fieles
A pesar de su antigüedad, la devoción al Señor de Santa Teresa continúa viva. Muestra de ello es que cada año, especialmente el primer domingo de octubre, peregrinos provenientes de Ixmiquilpan visitan el Monasterio de las Carmelitas Descalzas para venerarlo, manteniendo viva una tradición que se ha transmitido por generaciones.
Para las Carmelitas, la presencia del Cristo es también un mensaje para nuestro tiempo.
“Cristo está aquí esperando a todos los que quieran venir”, dice la hermana María de la Paz. “En momentos en que la fe está tan probada, Él nos recuerda que es el camino, la verdad y la vida”.
Así, tras casi 500 años de historia, 400 de ellos bajo la custodia de las religiosas, el Señor de Santa Teresa continúa siendo un testimonio de fe, arte y cultura.
Su restauración no solo devuelve estabilidad a una escultura antigua: protege uno de los primeros rostros de Cristo creados en México, una imagen que ha acompañado la devoción de generaciones y que, gracias a este trabajo profesional y especializado, podrá seguir haciéndolo por muchos años más.
Entregan Cristo a Carmelitas Descalzas, lo bendicen y colocan en la capilla
Una vez concluidos los trabajos de restauración realizados por la especialista Alejandra Garza, el 26 de marzo de 2026, en una ceremonia religiosa realizada en el Monasterio, la imagen del Señor de Santa Teresa le fue entregada a las hermanas de la Orden de Carmelitas Descalzas para que fuera colocada nuevamente en lo alto del muro de la capilla.
Monseñor Carlos Enrique Samaniego López, obispo de la Diócesis de Texcoco, fue en encargado de bendecir la imagen restaurada del Cristo más antiguo de México y de presidir la solemne ceremonia que se realizó para colocarlo en su lugar, ante la emoción y alegría de las integrantes de la Orden religiosa.
¿Dónde se encuentra el Cristo más antiguo de México?
Las hermana Pilar de la Cruz y María de la Paz del Niño Jesús nos indican que todos los fieles que así lo decidan pueden visitar al Señor de Santa Teresa en el Monasterio de San José de la Orden de las Carmelitas Descalzas ubicado en la Ciudad de México.





