Un salto a la vida del ilustre Card. Corripio Ahumada

  • El P. Enrique González, quien convivió con él durante 10 años, y lo cuidó en sus últimos días, ofrece detalles de su esencia como pastor al frente de la Arquidiócesis Primada de México.

 

Vladimir Alcántara

El pasado 25 de abril, a las 13:00 horas, el Arzobispo de México, Card. Carlos Aguiar Retes –en compañía del Arzobispo Emérito, Card. Norberto Rivera Carrera– celebró en la Catedral Metropolitana de México una Santa Eucaristía con motivo de los diez años del fallecimiento del Card. Ernesto Corripio Ahumada, trigésimo tercer sucesor de Fray Juan de Zumárraga, y uno de los guías espirituales contemporáneos más sobresalientes, profundo apasionado de las causas sociales: la solidaridad activa con los pobres, la defensa de los derechos humanos y el llamado a la tolerancia y la concordia. A esta Misa asistieron personas muy cercanas a él, quienes lo conocieron en la convivencia diaria, como el P. Enrique González Torres, quien cuidó de él durante los días de la enfermedad que el 10 de abril de 2008 acabó con su vida terrena.


El P. Enrique González ahora habla para Desde la fe sobre la ilustre figura del Card. Ernesto Corripio Ahumada al frente de la Arquidiócesis de México, y su experiencia al lado de él durante sus diez años de convivencia. Refiere que empezó a trabajar con él en 1985, con motivo del terremoto de aquel fatídico 19 de septiembre; “durante la emergencia, constituimos una asociación bajo su liderazgo, denominada “Fundación para el Apoyo a la Comunidad”, que recibía recursos para entregarlos a distintos proyectos sociales. Creamos un programa con el que se pudieron otorgar unas 3 mil viviendas en zonas damnificadas, así como un proyecto en el que se dio apoyo y capacitación a pequeños empresarios, iniciando por los que sufrieron estragos del sismo”

El Card. Corripio –señala el P. Enrique González– estuvo muy presente acompañando todos los trabajos que se realizaron tras el sismo; él iba a visitar a las comunidades, a inaugurar viviendas; asimismo, recibía a los altos jerarcas de la Iglesia y les exponía los problemas que vivía la Arquidiócesis, lo cual dio como fruto un interés especial por nuestra Iglesia. Yo creo que en aquella época el Card. Corripio imprimió a la Iglesia un sello de compromiso social”.

Por otra parte, el P. Enrique González refiere que, si bien el Card. Corripio era una personalidad importante en el contexto social de la nación, jamás tuvo aspiración política alguna, de manera que se negaba a jugar un papel protagónico en la relación que la Iglesia tenía con el Estado y sus instituciones, y enviaba a sus encargados para cualquier negociación. “Era un hombre muy sensato. Cuando le acercábamos crisis, chismes y problemas, él siempre nos decía: ‘Acuérdense que estamos en una institución de fe, así que tenemos que vivir y predicar la fe. ¡Hay que creer!’.

Recuerda que en la época en que se dio en Chiapas el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, algunas personas del Gobierno culpaban a la Iglesia de haberlo incitado. “Él recibió entonces en la Arquidiócesis la visita de don Samuel Ruiz, y tuvieron una reunión de obispos, tras la cual dejaron en claro que no era la Iglesia la que se estaba levantando; si acaso, la Iglesia era testigo de la situación, y lo que pedía era que hubiera justicia y prudencia en al manejo del problema. Entonces el Presidente de la República lo mandó llamar, y le dijo: ‘No vamos a permitir que a usted y a mí nos hagan enemigos’. Todo lo que él pedía era que se alcanzara la paz”.

Señala que el Card. Corripio Ahumada fue un hombre sumamente sencillo y humilde, a quien jamás le interesó tener dinero. “De hecho, murió prácticamente sin dinero, en algo lo apoyaba la Arquidiócesis y algunos familiares; mi familia y yo también le acercábamos algunas ayudas. Sin embargo, él nunca tuvo necesidad. Durante su enfermedad fue atendido por unas religiosas que lo querían mucho. Yo fui testigo de que nunca se quejó; tomaba su enfermedad no con resignación, sino que aceptaba las limitaciones que la diabetes le iba dejando; en algún momento tuvieron que cortarle la pierna, pero eran cosas que él tomaba con mucho juicio”.

Con tal juicio y serenidad tomaba el Cardenal las cosas –relata el P. Enrique González–, que una vez, cuando vivía en Tlalpan, se metieron unos muchachos a su casa para asaltarlo; encerraron a las religiosas, y a él lo llevaron a su cuarto para que les dijera donde estaba el dinero, y hasta le dieron de golpes, cosa que nunca se supo, porque él prefería guardar ese tipo de cuestiones. ‘¿Dónde está el dinero?’, le preguntaban. Y él solo les respondía: “Yo no lo tengo, está en la Curia”. Y, como si no hubiera pasado nada, cuando los asaltantes se iban a ir, lo que les dijo fue: ‘Muchachos, cuando se vayan cierren la puerta, no se vayan a meter otros’”.

Ya en sus días de enfermedad –señala–, le encantaba que lo visitaran seminaristas y religiosas, y que le cantaran. “Él cantaba también con ellos. Yo creo que muchos incrementamos nuestra fe por inspiración de él; fue un hombre que supo que su misión no era competir con nadie, sino vivir y transmitir humildemente la fe en Cristo”.

Pese a que se trataba de un hombre muy discreto –refiere el P. Enrique González–, el Cardenal poseía una gran capacidad de liderazgo, debido a la comprensión y a la atención personal que tenía hacia los sacerdotes y hacia la gente en general. “El de él era un tipo de liderazgo que no se basaba en el autoritarismo, sino en su humildad y cercanía. Recuerdo que una vez se presentó un conflicto en una parroquia al sur de la ciudad; él entonces le pidió al padre que tuviera una actitud más positiva, y posteriormente, dado que los conflictos en la comunidad seguían, pensó transferirlo a otro lugar, lo cual le propuso con toda caridad, hasta que llegó el momento en que el Cardenal se le hincó, y le dijo: ‘Padre, compréndame’. Era por ese tipo de cosas que todos los padres lo querían y lo seguían”.