Arquidiócesis

Homilía pronunciada por el Card. Rivera en la Misa de las Rosas

  • Este 12 de diciembre de 2017, Solemnidad de Santa María de Guadalupe, el Card. Norberto Rivera presidió la tradicional Misa de las Rosas en la Basílica de Guadalupe. Les compartimos la homilía completa.

 

Hermanas, hermanos, estamos celebrando a nuestra Madre Santísima, la Virgen de Guadalupe, en este día de fiesta en la cual conmemoramos los 486 años de sus apariciones en el cerro del Tepeyac. Una celebración que es nuestra identidad, Ella fue la que forjó esta patria y sigue caminando con nosotros en este peregrinar de la vida hasta su Amado Hijo, Jesucristo.

Ella realiza una perfecta inculturación, no un sincretismo. Cuando se habla de sincretismo se entiende tratar de unir cosas distintas, no importando si entre esto hay cosas erróneas, idolátricas o falsas, como con frecuencia lo hacen algunos pseudo-artistas, en otras palabras, es tratar de agradar a todo mundo sin necesidad de la honestidad ni de la verdad; El Acontecimiento Guadalupano no es nada de esto. Ella no es ninguna continuidad de la idolatría, ni del antiguo culto indígena, sino que Ella sólo toma las cosas buenas y verdaderas de la cultura humana desarrollándolas en la plenitud de su Hijo Jesucristo.

De esta manera, confirmamos que el Acontecimiento Guadalupano no es un sincretismo, sino que es una perfecta inculturación, precisamente nos libra de todo engaño, traición, mentira o falsedad, quita toda idolatría y error. Toda Ella es verdad, armonía y nueva vida; lo que llama el Concilio Vaticano II: “Las semillas del Verbo” y Ella las lleva a la plenitud en Jesucristo nuestro Señor, Ella toma sólo lo que Dios ya sembró en el corazón de todo ser humano y lo lleva a su amado Hijo, quien sana y salva. Viendo esto, desde otro ángulo: Ella pone a Jesús dentro del corazón humano, más allá de fronteras, culturas, lenguas, tradiciones; manifestando la participación de todos como la nueva civilización del Amor. Civilización que une, que armoniza, que integra a todos y que nos confirma en nuestra dignidad de ser hijos de Dios y ser parte de su única familia.

Además, como lo dijo el Papa San Juan Pablo II, esto nos lleva a la trascendencia, ya que esta inculturación es el modelo perfecto de evangelización para todos los pueblos. Si bien, Ella se aparece en el cerro del Tepeyac, al norte de la Ciudad de México, y también Ella habla el idioma indígena, toma características y conceptos indígenas; pero Ella es madre de todos los pueblos, de todas las naciones, de todas las estirpes; su mensaje y su imagen es tan profundo y actual, cuyo centro y esencia es su amado Hijo, el Emmanuel, Dios con nosotros.

Todos estamos invitados a formar parte de esta familia de Dios, por medio de su Madre Santísima, María de Guadalupe, quien elige a un laico, su mensajero e intercesor, san Juan Diego, y se somete a la autoridad y aprobación del obispo de México, fray Juan de Zumárraga. Esto es un gran signo eclesial del misericordioso amor de Dios. Es el amor verdadero que significa entregar la vida en y por el otro, cuya fuente es el mismo amor de Dios, por medio de aquella que es la fuente de nuestra alegría. Ella, la llena de gracia y de ternura, que nos da al verdaderísimo Dios por quien se vive, aquél que es nuestra seguridad plena, aquél que le da sentido a nuestra existencia, con todos sus retos y sus desafíos. Y todo esto nos da hoy una maravillosa oportunidad para fortalecer nuestra fe, redobla nuestra esperanza y nos enseña a vivir en el amor comprometido por el otro.

Hoy más que nunca debemos ser conscientes de que hay que seguir construyendo esa casita sagrada que tanto quiere la Virgen de Guadalupe, no sólo reconstruir nuestras casas materiales, que sin duda es muy importante, sino que debemos ir más a fondo, tenemos que construir esta “casa sagrada” desde lo profundo del corazón, quitar toda idolatría, todo error, toda falsedad y traición, toda oscuridad y temor, toda mentira y egoísmo, que también esto se manifiesta en la corrupción, en la violencia y en la delincuencia, estos son los desastres que aniquilan la esperanza, como el tráfico nacional e internacional de la droga que envenena y mata, el dinero mal habido, asesinatos, violencias, secuestros, y demás desastres que son un verdadero terremoto continuo que destruye la casa sagrada de nuestra dignidad, de nuestros valores, de nuestra existencia, de nuestras familias, de nuestra juventud, de nuestra vida.

Por ello, cuando Jesús se aparece a sus discípulos, después del momento de su muerte en cruz, se aparece entre ellos resucitado diciendo “no tengan miedo”; por ello, la Virgen de Guadalupe cuando ataja a Juan Diego para manifestar que la enfermedad de su tío no vencerá, le da su venerable aliento, su venerable palabra, diciéndole: “No tengas miedo”; efectivamente, no debemos tener miedo. La Virgen de Guadalupe es nuestra Madre y Ella dice tener el honor y la dicha de serlo, pues Ella es nuestra protección y resguardo, Ella es la fuente de nuestra alegría, Ella nos coloca en su mismo amor, en el hueco de su manto en el cruce de sus brazos. No necesitamos nada más. La Madre de Dios nos coloca exactamente en Jesucristo, nuestro Señor, quien ha vencido al pecado y a la muerte.

Te amo Madre mía, te amo tanto, tú has sido mi inspiración, mi fortaleza, mi consuelo, mi auxilio, desde el seno de mi madre Soledad, en el amor de mi padre Ramón; tú has estado siempre presente conmigo, te fui conociendo desde ellos, mis padres, quienes me hablaron por primera vez de ti, ellos fueron los que me enseñaron tu rostro bellísimo y lleno de la luz de Dios, a quien traías en tu inmaculado vientre. Gracias Madre mía por estar siempre presente en mi niñez, en mi adolescencia, en mi juventud y en mi adultez; con mis padres, mis hermanos, mis familiares y mis amigos y compañeros. Gracias por ser parte en el llamado que Dios me dio para ser su sacerdote, un llamado que me superaba del todo, pero que llegó a mí con tu venerable aliento, tu maternal ternura, tu auxilio misericordioso. Gracias Madre mía por estar siempre cerca de mí, en todo momento, por alimentar mi fe, confirmarme en mi esperanza y enseñarme el camino del amor verdadero. Gracias por poner a Jesús en mi corazón, en mi vida, en mi sacerdocio. Tú me has inspirado para que seas parte importante en el escudo que me identifica en el servicio en esta Arquidiócesis de México, que se ha visto siempre bendecida por tu bondad en esta historia de Salvación que Dios ha diseñado por medio de ti. Gracias por cada uno de mis hermanos sacerdotes, religiosos, religiosas, la familia que me has regalado, que no estaría completa si no fuera por la presencia y la vida de todos los feligreses, los laicos, los movimientos, las comunidades y las fraternidades que dan su ser y su quehacer en esta amada Arquidiócesis. Gracias, muchas gracias, por todas las personas que aunque no comulgamos en las mismas ideas, ni en la misma fe, estamos unidos como seres humanos en la buena voluntad a favor de la vida humana, en cualquier momento desde su concepción hasta el fin de su existencia, siempre confirmando su dignidad. Gracias por todos y cada uno de los momentos que en esta Arquidiócesis de México pudimos hacer frente, como al Segundo Sínodo y a la Misión Continental, al apostolado de todo nivel y a las visitas pastorales que el Santo Padre, el Papa, nos regaló; así mismo, hicimos frente a las situaciones difíciles tanto aquello creadas por el mismo ser humano, como las que manifestó la naturaleza con toda su fuerza; en esos momentos en donde todos subían su brazo con puño cerrado para guardar silencio y así poder escuchar la vida. Ayúdanos a seguir con el puño en alto para ayudar a todo ser humano a guardar silencio para escuchar la vida de nuestro corazón y la vida de los demás; hacer silencio y detener toda estridencia del pecado y escuchar el murmullo del amor de Dios que nos pide dignificar la vida de todo hermano que nos necesita.

Gracias por todos estos años, por cada uno de los momentos vividos en este servicio. Gracias Madre mía, pues tu amor permanece y siempre permanecerá en mi corazón. Gracias Dios mío, Gracias misericordioso Señor del amor.

Foto: Paola Torres /INBG