Homilía con motivo al XXV Aniversario Sacerdotal de la generación “San Maximiliano María Kolbe”

“Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn. 14,9)

Este pasaje del Evangelio es fundamental para descubrir por qué venimos aquí hoy a dar gracias a Dios por el XXV Aniversario Sacerdotal de la generación “San Maximiliano María Kolbe”.

Vemos rostros humanos, como los Apóstoles veían el rostro humano de Jesús de Nazareth. Pero en su conducta, en su forma de relacionarse, en su actitud hacia los demás, especialmente hacia los ancianos y enfermos –como nos dicen los Evangelios que se comportó Jesús de Nazareth–, en esa actitud de abrazar al prójimo como a un hermano y de reflejar el amor misericordioso, ahí se manifiesta que Dios es nuestro Padre.


En el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal, particularmente conduciendo a una comunidad, el sacerdote refleja en sus actitudes al Padre. Por eso venimos hoy a dar gracias, porque muchas veces realizamos nuestro ministerio, sin percibir lo que el ejercicio de nuestra condición sacerdotal genera en cada uno de los fieles.

Cada quien se lleva su experiencia y la comunica a otros de su familia, o amigos, o a miembros de alguna asociación o movimiento apostólico. A veces, hasta después de mucho tiempo, comentamos cosas que vivimos gracias a que alguien nos ayudó, a que alguien nos dio la mano, y entonces descubrimos que la mano de Dios ha estado en nuestro ministerio sacerdotal.

Por eso es hermoso que hoy a estos sacerdotes que vienen aquí a dar gracias los acompañen muchas personas, no sólo sus compañeros o contemporáneos, sino muchos más, junto con los Obispos Auxiliares que los acompañan en su quehacer cotidiano.

Es hermosa para mí esta celebración porque, detrás de cada uno de ellos, sin lugar a dudas ha estado la mano de Dios para conducir a los fieles. Y esto es lo que le venimos a agradecer a Dios, que a pesar de nuestras limitaciones humanas, de nuestra fragilidad, el Señor se haga presente a través de nosotros.

Eso es lo que también les pido a todos ustedes los fieles, que seguramente muchos han venido aquí para estar cerca de sus sacerdotes, que descubramos este mismo camino que propicia el ejercicio sacerdotal de manera más amplia, pues también estamos llamados nosotros, todos los bautizados, como discípulos de Cristo, a manifestar al Padre.

Y manifestándolo, es como damos testimonio de que Dios no nos abandona; aunque pasemos las situaciones más trágicas y dramáticas en nuestra vida, Dios nos acompaña. Siempre que levantamos la vista, siempre que alzamos nuestra mirada, y busquemos a Dios.

Y eso es, lo que tenemos que propiciar como Iglesia, eso es lo que debemos descubrir como nuestra misión para seguir entusiasmados en nuestro ministerio sacerdotal.

Les propongo a todos ustedes que han venido a dar gracias a Dios por estos 25 años de sacerdocio, que procuren en estos días darse un momento de oración y de reflexión, en silencio personal, para recorrer estos 25 años, y descubran cómo se ha reflejado el amor del Padre en ustedes, en aquellos fieles que les han ayudado, en aquellos agentes de pastoral que han hecho que sea fecundo su ministerio. Denle gracias a Dios de haber sido tan bondadoso con ustedes.

Pidamos a Dios, Nuestro Padre, que este testimonio tan importante de la comunión eclesial, nos mantenga siempre –como decía San Pablo en la Primera Lectura (1Cor. 15,14)– conscientes de la importancia de predicar el Evangelio en la centralidad de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Que María de Guadalupe, a quien hoy también vienen a dar gracias por manifestarse como Madre tierna, nos acompañe siempre. ¡Que así sea!

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México

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