Homilía en su visita a la I Vicaría “Santa María de Guadalupe”

“El Señor le tocó el corazón para que aceptara el mensaje de Pablo” (Hch. 16,14).

Esta Primera Lectura, de los Hechos de los Apóstoles, narra esta escena de la vida de Pablo. El Apóstol andaba de una ciudad a otra, de Tróade hacia Samotracia; después hacia Neápolis y luego a Filipos. Y estando en Filipos, anunciando que Cristo era el Mesías y que había padecido, muerto, sepultado y resucitado, el Señor le tocó el corazón a una mujer.

¿Cuántas veces nosotros intentamos tocar el corazón cuando nuestra responsabilidad es simplemente anunciar a Jesús? Tocar el corazón es cosa del Espíritu Santo. Nosotros solamente somos portadores del anuncio, del kerigma salvador.


Darlo a conocer, anunciarlo, es importante, pero también es importante darnos cuenta que, efectivamente, el Espíritu del Señor actúa, como sucede en el caso de Pablo, cuando esta mujer de nombre Lidia les dice que pasen a su casa: “Vengan a hospedarse si es que están ustedes convencidos de que mi fe en el Señor es sincera” (Hch. 16,15).

 

Estos signos de respuesta a Dios son los que nos deben motivar y alentar siempre. Por eso lo que hace Dios en nuestro interior no puede quedar guardado como si estuviese en un cofre cerrado con llave. Lo que hace Dios en nuestro corazón es para que lo compartamos, para que demos testimonio de que el Espíritu de Dios está actuando.

 

Este Espíritu –nos dice hoy la página del Evangelio– es la promesa de Jesús: “Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré a ustedes, de parte del Padre, el Espíritu de la Verdad que dará testimonio de mí, y ustedes también darán testimonio” (Jn. 15,26).

Nuestro testimonio es de lo que vemos y conocemos que hace el Señor en el corazón del hombre. Particularmente, quienes ejercemos el ministerio sacerdotal, tenemos tantas formas de darnos cuenta, de lo que el Señor hace en nuestros fieles. Pero también los de la Vida Consagrada y los fieles en general, nos damos cuenta de tantas cosas que hace el Espíritu del Señor en nosotros, pero muchas veces no las compartimos.

Al final, cuando Jesús les advierte a sus discípulos que habrá quien esté en contra de ellos y que los van a perseguir, les dice: “Es porque no me conocen, porque no me han conocido, por eso los van a perseguir” (Jn. 15,20-21). De ahí la urgencia del mandato de evangelizar. Debemos dar a conocer a Jesús, ésa es nuestra responsabilidad: ofrecer lo que es el Evangelio y lo que es el Reino de Dios que Él quiere establecer entre nosotros.

La Iglesia está llamada a ser expresión en su vida interna de este proyecto de Dios, de este Reino de Dios. Por eso nace la Vida Consagrada, para dar testimonio radical de lo que es el amor de Dios en la vida interna de una comunidad.

Por eso pide a nosotros, sus ministros sacerdotes, trabajar por la espiritualidad de la comunión; entrar en comunión como familia sacerdotal, conociendo nuestras fragilidades y limitaciones, y aprovechando también nuestras distintas capacidades. Que no cunda nunca ni la envidia, ni el celo, ni la competencia, sino la complementariedad del trabajo en equipo y la comunión eclesial.

Nuestros fieles, al ver los testimonios de comunión, crecerán también en sus vidas de familia y en sus ambientes laborales para poder dar a conocer a Jesucristo en el mundo de hoy.

Pidámosle al Señor Jesús que nos dé claridad en nuestro caminar eclesial, que nos ayude a fortalecer nuestro corazón cuando lleguen esas terribles tentaciones de ambición, de codicia, de tratar de acaparar a todos los fieles para mí o de servirme a partir de las responsabilidades que ejerzo, y que superemos siempre con la actitud clave del discípulo de Cristo: ser un servidor, fiel a la Palabra de Dios. ¡Que así sea!

 

+ Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México