Homilía en la INBG con motivo de la ordenación de 14 presbíteros

“Ya es nuestra la salvación, pero su plenitud es

todavía objeto de esperanza” (Rom. 8,24)

 


Así afirma san Pablo al explicar el proceso redentor para el cual Jesucristo fue enviado por su Padre al mundo. Ya es una primicia experimentar en cada uno de nosotros, en lo individual y en lo comunitario, esta salvación cuando nos acercamos a Cristo. Pero todavía hay un proceso a desarrollar, hay un crecimiento que realizar para llevarlo a la plenitud. Y ese proceso, nos dice Pablo: “Sabemos que gemimos hasta el presente, y sufrimos dolores de parto” (Rom. 8,22).

No sólo la creación, sino también nosotros, vemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice de manera plena nuestra condición de hijos de Dios. Esta realización de la redención en el cuerpo de la Iglesia. Este es el proceso general para todos los discípulos de Cristo. Pero este proceso, en particular, se desarrolla de distintas maneras dependiendo de nuestras vocaciones, de lo que concretamente les pide Jesús a estos 14 jóvenes, que le obedecen en espíritu y en disposición. Este mismo proceso de percibir la salvación en ellos, pero ya no sólo para ellos, sino que los ha llamado a ejercer el ministerio sacerdotal en favor de su pueblo.

A partir de hoy, estos 14 jóvenes son ofrenda de Jesucristo para la Iglesia. Vamos a tratar de entender en qué consiste esta ofrenda, este ministerio. Dice san Pablo que el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; todos somos frágiles, todos tenemos limitaciones y somos constantemente tentados por situaciones en las que podemos caer en pecado. Esa debilidad se transforma en fortaleza en la medida en que hayamos desarrollado en nosotros la comunión con el Espíritu de Dios.

Por eso, el Papa Francisco ha clarificado, en sus últimas alocuciones a los presbíteros, que si una característica los tiene que definir, es ser hombres del discernimiento, porque sólo a través del discernimiento se puede ser hombre del Espíritu y se puede servir a la Iglesia.

Ustedes han vivido, desde su inquietud vocacional, y en su proceso en el Seminario, así como en su última experiencia pastoral como diáconos, un proceso de discernimiento que los ha llevado hoy aquí para ser ordenados presbíteros. Lo han hecho en favor de ustedes, pensando en la Iglesia. Esa misma experiencia ahora la tienen que proponer, impulsar, acompañar y ser testigos –que es lo más hermoso del sacerdocio– de cómo el Espíritu transforma a los discípulos de Cristo para –como dice san Pablo– vivir esas situaciones de tribulación, de adversidad, de dificultad o de fragilidad, con la alegría de quien se sabe amado, acompañado y fortalecido, porque vive en comunión con el Espíritu.

A eso están llamados hoy ustedes, a acompañar a nuestras comunidades para que vivan el discernimiento, no sólo en lo individual, sino también en lo comunitario, porque eso le dará la experiencia al pastor de su comunidad eclesial, de su cariño y de su amor, como un buen pastor. Pero además, en el Evangelio de hoy hemos escuchado algo precioso: dice Jesús: “Del corazón del que cree en mí, brotarán ríos de agua viva” (Jn. 7,38).

 

Estoy seguro de que ustedes creen en Cristo. Estén ustedes también seguros de que brotarán ríos de agua viva, aguas que den vida, dinamismos que nos saque de la cultura de la muerte. Hoy, en este siglo veintiuno, necesitamos presbíteros que no se dejen llevar simplemente por el cumplimiento de las obligaciones establecidas dentro del ministerio sacerdotal, porque no daremos en plenitud lo que Dios está esperando.

Hoy necesitamos ser pastores con olor a oveja, que descubramos las necesidades de nuestro pueblo para responder a ellas con una gran apertura a la creatividad, porque el Espíritu les ayudará a descubrir cómo ayudar a su comunidad eclesial a la que van a servir. Y fundamentalmente, si esto lo hacemos en comunión, como lo hemos comentado de manera personal, todos tendremos la alegría, el gozo, de sentirnos en el mismo camino, y fortalecidos como los grandes pastores que sirven al Pastor de los pastores: Jesucristo.

Ustedes, por el Bautismo, recibieron la condición de hijos de Dios, como todos los que aquí los acompañan, como todos nosotros. Después de la Confirmación, el Señor les dio el Espíritu Santo para la vocación de la Misión de transmitir con su vida la presencia de Dios en el mundo. Pero hoy les da el Espíritu Santo, a través de la imposición de mis manos, como sucesor de los apóstoles, para el pastoreo, para la conducción, para esa donación de su vida, de no pensar en ustedes, sino pensar en su comunidad eclesial, en su Iglesia, en esta gran Arquidiócesis de México.

Esto es lo que los tiene que mover a una gran esperanza, convertirse –como dice Jesús– en ríos de agua viva (Jn. 7,38). ¡Que así sea!

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México