Arquidiócesis

Homilía en el X Domingo del Tiempo Ordinario

“Nuestro cuerpo se va desgastando, nuestro espíritu se renueva de día en día” (Cor. 1,16).

Esta es la experiencia que describe San Pablo, no solamente para cada uno en particular; en la medida en que avanzamos en años, siempre nuestro cuerpo se desgasta, se va desmoronando, la salud ya no es la misma de la juventud. Pero el espíritu lleva un ritmo distinto, y el espíritu es el que da vida, el que da sentido. El espíritu crece en la medida en que se desarrolla nuestra experiencia con Jesús, de nuestra comunión con la Iglesia, de la vivencia de nuestra fe; nuestro espíritu se hace cada día más fuerte, más cercano, más preparado para la vida eterna, para la comunión con Dios. Esto, que es experiencia personal, se aplica a la humanidad, desde los primeros Santos Padres de la Iglesia: lo que el alma es para el cuerpo, la Iglesia lo es para la sociedad.

De manera que cuando nos encontramos con situaciones de confrontación, de reino dividido en bandos, contrapuestos y en conflicto, en posicionamientos como los que estamos viviendo en nuestro país: quienes buscan la cultura de la muerte y la provocan, y quienes promueven la cultura de la vida, de la familia, conforme al proyecto de Dios y de la dignidad de toda persona humana, ahí es cuando, en medio de estas sombras, de estas dificultades, debe crecer el espíritu de la sociedad. ¿Cómo hacemos para que esto se dé? ¿Cómo podemos esforzarnos para que el proyecto que Dios tiene para la humanidad, siga cada vez desarrollándose conforme a los valores del Reino de Dios?

Hoy, en la Palabra de Dios encontramos algunas claves muy importantes. En la primera lectura del Libro del Génesis hay dos elementos fundamentales: cuando Dios busca Adán. “¿Dónde estás?”(Gn. 3:1,8). “Él respondió: Oí tus pasos en el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo y me escondí” (Gn. 3:1,10). La desnudez en este pasaje significa la necesidad de transparencia. Cuando el ser humano se descubre libre, consciente y autónomo, en esa transparencia puede surgir, con mucha frecuencia, el miedo a Dios, el miedo a lo que voy a hacer; por tanto, éste es el primer elemento. No tengan miedo a la transparencia, a decir lo que pienso y lo que siento, y compartirlo con los demás, que son mis familiares, amigos, o quienes comparten algún apostolado conjunto, o simplemente quienes están a nuestro alrededor por motivos de vecindad o de trabajo.

¿Pero, qué hacer con esta transparencia? Dice el texto que Adán y Eva le respondieron equivocadamente a Dios, porque no tuvieron corresponsabilidad, porque cada quien quiso descargar en el otro la culpa, que llevaba en sí mismo. “¿Por qué comiste de este árbol, del fruto que te había dicho que no lo hicieras?” (Gn. 3:1,11). “Porque esta mujer que tu me diste me lo ofreció” (Gn. 3:1,12). “Y tú, mujer, ¿por qué le ofreciste esto a Adán? -Porque la serpiente me lo indicó” (Gn. 3:1,13). Siempre la tendencia humana es esta: echarle la culpa al otro, para yo quedar justificado. Por eso la transparencia tiene que ir unida a la corresponsabilidad; somos frágiles, limitados, somos creaturas que nos entra el miedo, y por eso hay que compartir con plena honestidad y sinceridad con los otros; en lugar de descargar en ellos nuestras propias culpabilidades, compartirlas con ellos para superar nuestras equivocaciones.

¿Cómo lo podemos orientar, con qué luz podemos realizar este camino de sinceridad y transparencia siendo corresponsables? Jesús lo dice en el Evangelio de hoy: “Mi hermano, mi hermana y mi madre son aquéllos que cumplen la voluntad de Dios” (Mc. 3:35). Éste es el camino: descubrir qué es lo que Dios quiere para mí, qué es lo que Dios quiere para nosotros. Y entonces, en ese discernimiento, debemos aprender a descubrir, de manera conjunta, la acción del Espíritu Santo en nosotros.

Debemos descubrir esa fortaleza que el Espíritu Santo nos da cuando las inquietudes sanas y bien discernidas las ponemos en práctica; entonces la fortaleza de nuestro espíritu se manifiesta. Ese crecimiento y desarrollo que podemos observar en nuestra propia persona, cumpliendo la voluntad de Dios, también lo vamos a experimentar en nuestra sociedad si nos dejamos conducir por la acción del Espíritu Santo. Entonces seremos el Cuerpo de Cristo presente en la sociedad de nuestro tiempo. Esta es la misión de la Iglesia.

Por eso, me alegra que estén ustedes aquí presentes, los que han venido en peregrinación desde Oaxaca, los que han venido con la “Marcha de la Ternura” para procurar caminos de protección y ayuda a nuestra niñez, los que han venido con esa voluntad de pedirle a nuestra Madre de Guadalupe que nos ayude a orientar a nuestro pueblo, en este momento tan coyuntural que es la campaña electoral; que sepamos discernir lo que nos conviene; que sepamos distinguir las mejores propuestas que nos presentan los candidatos; ver el beneficio y participar responsablemente votando; que no nos quedemos, particularmente los católicos, sin ir a las urnas; es nuestra responsabilidad social.

Por ello los invito a que lean, para que motiven a otros, la editorial, que presenta hoy nuestro periódico de la Arquidiócesis, Desde la fe, para que venzamos ese flagelo de nuestra democracia que es el abstencionismo, dejando que otros decidan por nosotros. 40 por ciento, según las estadísticas de las elecciones anteriores, no participan, no van a votar. Que no sean los católicos los que se abstengan, que seamos conscientes de nuestra corresponsabilidad para que nuestra democracia se fortalezca, y nuestras instituciones también sean fortalecidas para el servicio de nuestro pueblo.

Pidámoselo así, con ferviente ánimo y devoción, a María de Guadalupe, nuestra Madre, que seamos los hermanos y las hermanas que quiere Jesús de cada uno de nosotros. ¡Que así sea!

 

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México