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Esto piensan los jóvenes sobre la Iglesia

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  • Con motivo del Sínodo de los Obispos que inicia este 3 de octubre, dos jóvenes escriben para Desde la fe sobre las experiencias que les han hecho alejarse o acercarse a la Iglesia católica.

Testimonio 1

La razón que me apartó de la Iglesia

Mariana Julieta Fuentes Sánchez

Crecí en un núcleo familiar católico xochimilca. En la tierra de las posadas del Niño Pa, de las peregrinaciones a Chalma, de las mayordomías a la Virgen de los Dolores, de las fiestas al Patrón del barrio. Donde la frase: “Primero Dios”, es tan común que sin darte cuenta forma parte de tu breviario cultural. Recibir los primeros tres sacramentos es motivo de orgullo familiar y celebración descomunal.

Se me enseñó a rezar al despertar y antes de ir a dormir; a pedir y dar gracias en la Misa de los domingos; a amar a Dios y respetar a mi prójimo; asistir a clases de catecismo, y por último, formar mi escolaridad en instituciones con carisma religioso.

Sin embargo, conforme fui creciendo, observando y cuestionando ciertas prácticas familiares, pude percibir que no tenían lógica con la doctrina de Dios, que ser católicos limitaba el criterio y cegaba la razón. Muchas veces en casa se realizaban actos que denigraban la dignidad humana, pero no era posible hacer nada para remediarlo, ya que “es la cruz que te tocó cargar”.

Mis parientes suelen asistir con regularidad a Misa, y verlos incurrir diariamente en infinidad de faltas a ciertos Mandamientos de la Ley de Dios, me causaba incomodidad e impotencia. Aunque las ofensas eran más que evidentes, la misma condición de “polvo eres y en polvo te convertirás” permite coexistir al agresor y al agredido en el mismo espacio, sin que ninguno de los dos verdaderamente reflexione sobre su estado.

Tantas irregularidades y contradicciones me llevaron a un punto de quiebre tal que decidí rechazar “la culpa” que el catolicismo nos impone desde el nacimiento con el Pecado Original y nos recuerda en cada Misa con el acto penitencial. El saberte o creerte “culpable” frena el crecimiento personal, pues no permite llegar a un estado de plenitud. Tal limitante, nubla el sentido común, te vuelve pasivo a expensas de “la voluntad de Dios”.

La toma de decisión de apartar la religión de mi identidad me generó una inmensa tristeza, misma que posteriormente pasó a ser repudio, para después convertirse en paz. Así que decidí vivir con coherencia entre lo que creo y como actúo, aunque esto me llevara a alejarme de mi progenie.

Por ello, he notado que la Iglesia tiene fieles sin fe, peregrinos por tradición, devotos por costumbre y fanáticos con miedo. Muchos ignorantes y ajenos de la misma religión que dicen profesar; simplemente están ahí porque así tiene que ser. Porque así “lo manda Dios”.

Me atrevo a expresar que incluso ahora, que no soy practicante, he logrado entender la Palabra de Dios. Comprendo que dentro de la Biblia hay leyes, metáforas e historias que si se les prestara la debida atención, el ser humano sería capaz, en primer lugar, de diferenciarlas; segundo, de “Amar al prójimo como a uno mismo”, y finalmente, llevar a la práctica real y sapiente el verdadero mensaje del Señor.

Leer: #Synod2018: “La Iglesia universal se pone en escucha de los jóvenes”

Testimonio 2

El día que Dios marcó mi vida

Francisco Posada Mena

Tengo 18 años y estudio en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM. Soy alegre y perseverante. Provengo de una familia unida, practicante de la fe católica, por lo que tuve contacto con la religión desde muy pequeño: al asistir a Misa los domingos, al ser educado bajo los principios cristianos. Recibí los sacramentos de iniciación, que hoy considero claves en mi vida, como un primer paso hacia la conversión.

Mi relación con Dios, si bien era constante, también era distante. Sabía que Él estaba ahí, pero no lo sentía por completo. Así transcurrieron mis primeros quince años de vida, hasta que ocurrió lo que considero mi primer encuentro con Él: una experiencia tan relevante que dividió mi vida en dos, que marcó en mí un antes y un después. Eso representó para mí el haber asistido a la peregrinación al Cerro del Cubilete, ubicado en Guanajuato, a finales de enero del 2016.

Acompañado por numerosos jóvenes, pude disfrutar ese pequeño viaje; quedé impresionado por la cantidad de personas que asisten, aprendí cosas nuevas y tuve la capacidad de vivir en mi calidad de joven y seguidor de Jesús: divertirme, convivir, abandonar mi zona de confort, salir y hacer lío.

A partir de entonces, comencé a disfrutar la Misa en su totalidad, cuando antes me causaba cierta aversión. Muchas de mis dudas empezaron a desvanecerse, y comencé a tomarle sentido a la celebración Eucarística, a tal punto de esperar ansiosamente los domingos. De igual forma decidí incorporarme a la Pastoral Juvenil de la parroquia a la que mi familia y yo asistimos desde 2007. Con ellos recuerdo que no estoy solo, que no soy el único joven que ha decidido seguir al Señor.

Mi fe ha podido consolidarse a través de las misiones de Semana Santa, experiencia que dichosamente he podido vivir a lo largo de tres años consecutivos, dos veces en Oaxaca y una vez en Veracruz.

Es en las misiones donde he hallado a los más grandes anfitriones, personas humildes que te reciben con los brazos abiertos y te brindan sus más sinceras atenciones. Como misionero, he podido entender el verdadero significado del amor, la felicidad y el servicio; he podido conocer a mis mejores amigos; he recibido el amor de Dios por medio de infinitas sonrisas, y he logrado encontrarme con Santa María.

En los momentos de incertidumbre y flaqueza, recuerdo que Dios siempre ha estado conmigo. Así me lo ha demostrado al librarme de múltiples adversidades, a tal grado que he podido descubrir en ello la misión que me ha sido encomendada: Él cuida mis pasos para que yo pueda corresponderle con ayuda y servicio a los demás.

Las herramientas que utilizo para mantenerme firme son la Adoración Eucarística, el Santo Rosario y la oración, misma que suele ir acompañada de música.

El principal reto que tenemos como Iglesia es recordar que somos la luz del mundo, que emana de los dones que Dios nos ha dado y no debe permanecer oculta. Estamos llamados a la fraternidad, a la consolidación de una verdadera comunidad, tanto local como global.