Conociendo al Arzobispo de México: Una Iglesia en misión

Marilú Esponda Sada

 

Electo por el Papa Benedicto XVI como Arzobispo de Tlalnepantla, Mons. Carlos Aguiar tomó posesión de la Arquidiócesis el 31 de marzo de 2009. En su mensaje de bienvenida, expuso su visión de Iglesia y la razón de su optimismo: “La presencia de Cristo en el mundo a través de la Iglesia permite el encuentro; es decir, el momento preciso en el que nuestra humanidad queda rebasada al sorprenderse delante de una Presencia que cumple y supera las expectativas más profundas del corazón.


“Así es como en Cristo se descubren los fundamentos del hombre nuevo, se descubre en el fondo el verdadero rostro de cada hombre y su verdadera vida en plenitud. No es en el monólogo individualista en donde cada uno de nosotros encuentra su verdad. No es tampoco en los programas de superación o introspección puramente humana donde se halla la paz y se descubren fuerzas reales para seguir adelante. Es Cristo el único que conoce perfectamente nuestra humanidad, nuestra historia personal, y por ello, los caminos para que vivamos con dignidad y alegría auténticas”.

Durante tres años, monseñor Carlos Aguiar preparó a la Arquidiócesis de Tlalnepantla para ser una “Iglesia en salida”, como ha propuesto también ahora el Papa Francisco. En estas misiones ha conseguido que más de mil 500 comunidades estudien los Evangelios con la metodología de la Lectio divina.

Para entenderlo, hay que tomarse en serio el lugar desde donde habla y la creencia que lo inspira. En el número 10 del documento de Aparecida se encuentra la explicación de esta misión: “La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales (…) Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu”.

Aparecida destaca de manera radical que la Iglesia no es un grupo de choque, ni un grupo político, sino meramente pastoral: su misión es hacer que el hombre tenga vida abundante.

Tomado del libro: Una Iglesia para soñar