A los 50 años de san Buenaventura

Alejandra María Sosa Elízaga

Tal vez la damos por hecho, nos hemos acostumbrado a verla, nos parece que siempre ha estado allí, y no la tenemos presente más que cuando acudimos a ella, pero si hacemos memoria, recordaremos muchas cosas buenas y bellas que nos ha tocado vivir en la capilla o parroquia a la que solemos asistir.

Este domingo 15 de julio la Iglesia celebra a san Buenaventura, un santazo que desgraciadamente no es muy conocido y del que no hay ni medallitas -y créanme que las he buscado- pero al que vale la pena conocer porque fue notable por su caridad y sabiduría, fue amigo de santo Tomás de Aquino, participó en el Concilio de Trento, y sus obras son tan importantes que le valieron el título de Doctor de la Iglesia. Y quisiera destinar este espacio a una capilla, que le está dedicada (su nombre oficial es rectoría, pero de cariño le decimos capilla), que es una iglesia que tuve la rara oportunidad de ver nacer, y que está ahora celebrando el Jubileo de sus cincuenta años.


Recuerdo que iba a Misa, con mi papá, q.e.p.d, al terreno donde se edificaba la capilla, y me gustaba cómo crujía bajo mis zapatitos el piso de tierra y arenita gris. Había sillas plegables, en lugar de techo, una lona, por su llovía, y en los asistentes se palpaba mucha esperanza y alegría.

Recuerdo que una vez terminada la capilla, cuando estaba de vacaciones de la escuela, como en aquellos tiempos no se usaban los cursos de verano ni cosa parecida, mi mamá, qepd, me llevaba a todos lados con ella, incluida Misa diaria de 9 am, y confieso que me la pasaba contemplando cómo la luz del sol iluminaba los hermosos vitrales, y dibujaba en el suelo reflejos amarillos, rojos, dorados, anaranjados.

Recuerdo que muchos años después, cuando terminaba de celebrar la Misa de entre semana, el padre José Luis Guerrero, qepd, jalaba un banquito y se sentaba frente a nosotros a comentar con más calma las Lecturas y a responder nuestras preguntas, sabrosa charla que a veces se alargaba hasta una hora. Siendo tan sabio y estando siempre tan ocupado, era una maravilla que nos dedicara tanto tiempo.

Recuerdo que en la Misa dominical, a mi sobrino le gustaba acolitar, cuando era tan chiquito que al sentarse sus piecitos no tocaban el piso, y me ha conmovido verlo ahora, convertido ya en un hombre de familia, llevando a su esposa y sus niños.

Y nunca olvidaré, ni dejaré de agradecer, que a partir de una homilía del padre Guerrero inició mi camino para regresar a la Iglesia luego de haberme alejado cuando estaba en la universidad.

En esta capilla mi familia ha celebrado aniversarios, una boda, un Bautismo, pocas Misas de difuntos e incontables Misas de acción de gracias. Asiste una comunidad formada por esa gente querida de la que uno puede decir: ‘la conozco de toda la vida’; allí comparto con estupendos compañeros MESAC, este bello servicio y su amistad.

También hay ausencias sin duda dolorosas, de aquellos a quienes Dios llamó ya a Su presencia, pero consuela saber que ahora forman parte de esa nube de testigos de la que habla san Pablo, siempre presentes, acompañándonos e intercediendo por nosotros.

Son tantos los recuerdos que no cabría mencionarlos, pero basten estos pocos para invitarte a hacer memoria, valorar y compartir, tus bellos recuerdos de esa iglesia a la que tienes la grandísima bendición de asistir.

En estos tiempos en que hay católicos que no tienen a dónde ir, porque su iglesia está cuarteada, o derrumbada, o viven en lugares en los que el cristianismo es perseguido, o ya no pueden salir, debido a su avanzada edad o a una enfermedad, celebrar los pocos o muchos años de nuestras capillas y parroquias es celebrar los dos mil años de la Iglesia fundada por Jesús, y darle gracias por concedernos la bendición, el privilegio, de tener a dónde acudir a recibir, todos los días de nuestra vida, el milagro de Su abrazo de perdón, Su Palabra y a Él mismo, realmente presente en cada Eucaristía.