El Acontecimiento Guadalupano y la misión de los laicos

El Acontecimiento Guadalupano, leído desde el rol de san Juan Diego, alude de manera particular al laicado, más que al mundo de los consagrados.
Peregrinos rumbo a la Basílica de Guadalupe. Foto: Miguel Ávila
Peregrinos rumbo a la Basílica de Guadalupe. Foto: Miguel Ávila

En el mundo católico el Acontecimiento Guadalupano repercute en el ámbito espiritual y social y, leído desde el rol de Juan Diego, alude de manera particular al laicado, más que al mundo de los consagrados, al de esta otra porción del pueblo de Dios que cada vez se ve más involucrada en la misión de la Iglesia.

Juan Manuel Hurtado en su texto Seis ventanas para mirar el acontecimiento guadalupano, señala que no es Zumárraga la autoridad oficial para llevar el mensaje de Guadalupe, sino Juan Diego, quien escucha el mensaje en su propia lengua –el náhuatl- y aunque frustrado al inicio, llevó adelante su cometido.

Además, un nuevo lugar se abre para la evangelización al moverse del centro a la periferia, es decir, de Tlatelolco como centro oficial de México, al Tepeyac donde ya se veneraba a Tonantzín, antes de la llegada de los españoles.

Como el propio Vaticano lo ha documentado, el laicado comprometido en la iglesia crece y, desde el Instituto Intercontinental de Misionología (IIM) de laUniversidad Intercontinental (UIC) constatamos el creciente interés de mujeres y hombres con espíritu misionero quienes, desde los voluntariados, las parroquias, las instituciones de asistencia o a través de su trabajo social con reclusos, migrantes, comunidades que protegen su entorno, grupos de mujeres en situación de vulnerabilidad o de personas con discapacidad, realizan una invaluable labor misionera.

El acontecimiento guadalupano ilumina la tarea misionera de las y los laicos que en congruencia con su fe, muestran su interés por el otro al llevar el mensaje espiritual a realidades concretas dando esperanza y sentido a los desafíos sociales mediante un diálogo multicultural, transcultural, y a través de la vivencia de los valores cristianos.

Como sacerdote misionero de Guadalupe, estuve en Kenia y Angola cerca de 28 años en donde fui testigo de la labor de misioneras y misioneros inspirados por el acontecimiento guadalupano. Cinco de esos 28 años, estuve en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Nairobi, Kenia desde donde presencié el reconocimiento y devoción a María de Guadalupe.

Recuerdo una señora que empleó su dinero en hacer una campaña que podría parecer normal en contextos nuestros, pero no en aquellas latitudes; se trataba de que cada familia tuviera una imagen de la S. V. de Guadalupe en grueso cartón y a color. Y consiguió mucho con su propósito.

María de Guadalupe también da material para la academia y para formar en la misión a personas laicas y consagradas. Desde el IIM de la UIC, ella nos inspira a colaborar en la formación de misioneros para el mundo, aprendiendo a realizar la labor ad gentes al estilo guadalupano y a través del Colegio de Estudios Guadalupanos profundizamos y divulgamos científicamente este acontecimiento histórico con sus manifestaciones religiosas, antropológicas, históricas, culturales en América y el resto del mundo.

En el contexto complejo e incierto que ahora enfrentamos como humanidad, el acontecimiento guadalupano nos llama a tomar muy en serio la compasión de Dios por un pueblo al que envía a María como mensajera. Quisiera entenderlo así a partir de Evangelii Gaudium n.24, donde el Papa Francisco nos invita a ver la misión que Él mismo nos comparte, en cinco momentos: primerear o tomar la iniciativa, involucrarse, acompañar, fructificar, celebrar.

María de Guadalupe trae la compasión de Dios por iniciativa de Él (“primerear”). Dios entra en la historia de nuestros pueblos, enviando a María quien singularmente trae su consuelo y compasión (“involucrarse”). La compasión de Dios no puede ser momentánea, Él nos envía una compañera de camino (“acompañar”). María es el primer buen “logro” de Dios (“fructificar” en la misión). Gracias a la mensajera de la compasión del Padre, su pueblo se expresa, alegrándose genuinamente (“festejar”) en la alegría de verse asociado a la misión de Cristo.

Y así como María de Guadalupe, las y los laicos y consagrados podemos hacer vida estos cinco momentos en nuestra tierra de misión y ser mensajeros de buenas noticias, tal como ella hace 490 años.

Javier González Martínez, MG es Director del Instituto Intercontinental de Misionología de la Universidad Intercontinental (UIC)

 

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