16 de febrero: la Iglesia celebra a los Profetas Mayores del Antiguo Testamento
La Iglesia católica celebra este 16 de febrero a los Profetas Mayores de la Biblia: Elías, Jeremías, Isaías, Samuel y Daniel.
Este 16 de febrero, la Iglesia católica recuerda a importantes Profetas Mayores cuyas acciones y palabras quedaron testimoniadas en la Biblia: Elías, Jeremías, Isaías, Samuel y Daniel.
A través de su misión, orientaron al pueblo de Israel hacia la obediencia a Dios y la fidelidad a la alianza. Sus figuras no solo ocupan un lugar central en la Sagrada Escritura, sino que también han sido representadas a lo largo de la historia del arte cristiano, incluso en la Capilla Sixtina, en el Vaticano.
¿Quiénes son los Profetas Mayores de la Biblia?
Elías, defensor del verdadero Dios
El profeta Elías vivió en el siglo IX a.C. y nació en la región de Galaad, al oriente del río Jordán. Su vida está narrada principalmente en el Primer y Segundo Libro de los Reyes.
Ejerció su misión durante el reinado de Ajab, cuando el pueblo de Israel fue inducido a rendir culto a Baal por influencia de la reina Jezabel.
Ante esta situación, Elías anunció una prolongada sequía como señal del juicio divino. Durante ese tiempo fue alimentado milagrosamente por cuervos. Más tarde desafió a los sacerdotes de Baal en el monte Carmelo: ambos levantaron altares, pero solo el dedicado a Yahvé recibió fuego del cielo, demostrando quién era el verdadero Dios.
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Jeremías, el profeta del arrepentimiento
Jeremías nació hacia el siglo VII a.C., aproximadamente entre los años 650 y 585 a.C. Era hijo del sacerdote Hilcías y ejerció su ministerio en un momento crítico para el reino de Judá.
A él se le atribuye el libro que lleva su nombre y, según la tradición, también habría tenido relación con la redacción de los Libros de los Reyes y las Lamentaciones.
Su principal misión fue llamar al arrepentimiento al pueblo de Judá durante los reinados de Josías, Joacim y Sedecías. Jeremías anunció que, si no se convertían, serían conquistados por los caldeos como castigo de Yahvé. Su mensaje estuvo marcado por la advertencia, pero también por la esperanza de una nueva alianza escrita en el corazón.
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Isaías, el profeta de la esperanza mesiánica
Isaías vivió en el siglo VIII a.C. y desarrolló su ministerio en el reino de Judá durante varias monarquías, en un periodo marcado por la expansión del imperio asirio.
Reconocido como gran escritor y poeta, Isaías anunció tanto advertencias de juicio como promesas de salvación. Sus profecías mesiánicas —como el anuncio del Emmanuel y del Siervo sufriente— han sido fundamentales para la interpretación cristiana del Antiguo Testamento.
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¿Quién escribió la Biblia?
Samuel, el profeta que escuchó la voz del Señor
Samuel nació alrededor del siglo XI a.C. Desde niño sirvió en el templo, donde escuchó la voz del Señor que lo llamaba por su nombre. Su respuesta se convirtió en una de las frases más emblemáticas de la Biblia:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha”.
Fue juez y profeta de Israel, y desempeñó un papel fundamental en la transición hacia la monarquía. Advirtió al pueblo sobre los riesgos de apartarse de Dios y señaló que los reyes debían rendir cuentas ante el Señor.
Samuel ungió a Saúl como primer rey de Israel y posteriormente a David, marcando un momento decisivo en la historia bíblica.
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Daniel, testigo de la fidelidad en el exilio
El profeta Daniel es el protagonista del libro bíblico que lleva su nombre. Vivió entre los siglos VII y VI a.C., y la tradición señala que murió en Babilonia. El historiador romano Flavio Josefo lo menciona, afirmando que pertenecía a una familia noble del reino de Judá.
Siendo joven, fue llevado a Babilonia, donde el rey Nabucodonosor II lo seleccionó junto a otros jóvenes israelitas para recibir formación en la cultura mesopotámica y servir en la corte.
Daniel interpretó los sueños del monarca, lo que le valió ser nombrado gobernador de Babilonia. El libro bíblico también relata cómo fue arrojado al horno ardiente junto a sus compañeros sin sufrir daño alguno, y más tarde, durante el gobierno de Darío, fue lanzado al foso de los leones, del cual salió ileso gracias a la protección divina.
Sus visiones y revelaciones, cargadas de símbolos, anunciaban la instauración del Reino de Dios y la victoria definitiva del Señor sobre los imperios humanos.





