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9 de marzo: la Iglesia celebra a santa Francisca Romana, patrona de las viudas y los oblatos benedictinos

Esposa, madre, mística y fundadora: la vida de Santa Francisca Romana demuestra que la santidad también puede vivirse en medio del hogar y del servicio a los necesitados.

9 marzo, 2026
9 de marzo: la Iglesia celebra a santa Francisca Romana, patrona de las viudas y los oblatos benedictinos
Santa Francisca Romana, celebrada el 9 de marzo, fue esposa, madre, viuda y fundadora religiosa.

Cada 9 de marzo, la Iglesia celebra a Santa Francisca Romana, una mujer que demostró que la santidad también puede vivirse en medio de la vida cotidiana. Fue esposa, madre, viuda y fundadora religiosa, y en medio de guerras, pérdidas familiares y grandes sufrimientos personales convirtió su hogar y su ciudad en un espacio de servicio a Dios. Su vida estuvo marcada por la atención a los pobres y enfermos, así como por una profunda vida de oración.

Su testimonio recuerda que la santidad no pertenece solo a los conventos, sino también a los hogares, las calles y los hospitales donde el amor cristiano se convierte en servicio.

¿Quién fue santa Francisca Romana?

Francisca nació en Roma en el año 1384, en el seno de una familia acomodada y profundamente cristiana. Creció rodeada de comodidades, pero también recibió una sólida formación en la fe.

Desde pequeña manifestó un fuerte deseo de consagrarse a Dios en la vida religiosa. Sin embargo, sus padres no aceptaron su vocación y decidieron comprometerla en matrimonio con un joven perteneciente a una familia noble.

Con espíritu de obediencia, Francisca aceptó la decisión de sus padres y aprendió a amar profundamente a su esposo. Aun así, en su interior permanecía el deseo de dedicar su vida a la oración y a Dios.

Un matrimonio vivido como camino de santidad

Un día, su cuñada la encontró llorando y le preguntó qué le ocurría. Francisca le confió que sentía una profunda inclinación por la vida religiosa, pero que había renunciado a ella por obedecer a sus padres.

Para su sorpresa, su cuñada le confesó que sentía algo similar. Entonces le propuso algo extraordinario: vivir ambas su vocación de esposas y madres, pero dedicar también su tiempo libre a servir a los pobres y a los enfermos, como si fueran religiosas en medio del mundo.

Con el consentimiento de sus esposos, Francisca y su cuñada Vanossa comenzaron a visitar hospitales, ayudar a los más necesitados e instruir en la fe a quienes no la conocían.

Aunque su suegra se oponía a estas actividades, sus maridos, al ver que no descuidaban el hogar y que seguían siendo esposas amorosas y responsables, les permitieron continuar con sus obras de caridad.

Con el tiempo, Francisca comenzó a ganarse el cariño de la gente de Roma gracias a su cercanía con los pobres y a su espíritu de servicio.

Durante más de treinta años, Francisca vivió con su esposo llevando una vida familiar ejemplar. Tuvieron tres hijos, a quienes educó en la fe. Dos de ellos murieron jóvenes, mientras que el tercero creció guiado por los valores cristianos que su madre le inculcó.

Aunque amaba profundamente la oración, Francisca sabía que su primera responsabilidad era su familia. Por eso repetía con sabiduría:

“Muy buena es la oración, pero la mujer casada tiene que conceder enorme importancia a sus deberes caseros”.

Su amor por Dios también fue probado por diversas tentaciones y dificultades, que enfrentaba con oración, mortificación, buenas lecturas y procurando mantenerse siempre ocupada en el bien.

La pobreza y el sufrimiento

La vida de Francisca cambió drásticamente tras una guerra civil en Roma. Su esposo era partidario del Sumo Pontífice y, al triunfar los enemigos del Papa, la familia fue despojada de sus bienes, fincas y palacios.

De vivir en abundancia, pasaron a habitar una vieja casona. Francisca incluso llegó a pedir limosna de puerta en puerta, aunque el dinero que recibía lo destinaba principalmente a ayudar a los enfermos.

A este sufrimiento se sumaron enfermedades dolorosas que padeció durante años. Sin embargo, ella ofrecía todo con paciencia, convencida de que su sufrimiento tenía valor ante Dios.

Paciencia heroica en la familia

Con el tiempo, su hijo se casó con una joven hermosa pero de carácter difícil. La nuera solía burlarse de Francisca y tratarla con dureza.

La santa respondió siempre con silencio y paciencia.

Cuando la joven enfermó gravemente, Francisca se dedicó a cuidarla con una caridad admirable. Aquella atención transformó el corazón de la nuera, quien terminó reconciliándose con ella y convirtiéndose en su amiga.

Milagros y dones espirituales

A lo largo de su vida, Francisca fue conocida por los favores que Dios concedía a través de su oración. Se decía que sanaba enfermos, reconciliaba a personas enemistadas y ayudaba a quienes sufrían ataques espirituales.

Muchos afirmaban que el Espíritu Santo le había concedido el don del consejo.

También la tradición cuenta que tenía una especial cercanía con su ángel de la guarda, a quien podía ver y con quien conversaba.

Fundadora de una comunidad de servicio

Con el paso de los años, Francisca fundó una comunidad de mujeres laicas dedicadas al servicio de los más necesitados, a quienes llamó Oblatas de María.

Su casa principal se estableció en un edificio conocido como la Torre de los Espejos, que aún existe en Roma.

Las integrantes de esta comunidad no vestían un hábito especial, sino que llevaban la ropa propia de mujeres respetables de la época, para continuar sirviendo a la sociedad desde la vida cotidiana.

Cuando Francisca quedó viuda, decidió entrar formalmente en la comunidad religiosa. Sus hermanas la eligieron por unanimidad como superiora general, y allí tomó el nombre con el que sería conocida: Francisca Romana.

Sus últimos días

Durante una epidemia, Francisca atendió personalmente a los enfermos y pagó a sacerdotes para que pudieran asistir espiritualmente a los moribundos.

Ella intensificó su vida de oración, ayuno y penitencia, y se dice que Dios le concedió visiones y éxtasis místicos.

Finalmente enfermó gravemente. El 9 de marzo de 1440, según los relatos de la época, su rostro comenzó a irradiar una luz especial. Entonces pronunció sus últimas palabras:

“El ángel del Señor me manda que lo siga hacia las alturas”.

Murió serenamente, como si estuviera dormida.

Al conocerse la noticia de su muerte, una multitud se reunió frente a su convento para despedirla y agradecer los favores recibidos en vida.

Muchos llevaron a sus enfermos para acercarlos a su cuerpo y pedir su intercesión.

Los cronistas de la época afirmaron que toda la ciudad de Roma se movilizó para asistir a sus funerales.

Fue sepultada en la iglesia parroquial, y muy pronto comenzaron a atribuirse milagros a su intercesión. Con el tiempo, la devoción fue tan grande que el templo cambió su nombre y pasó a llamarse Iglesia de Santa Francisca Romana.

La vida de Santa Francisca Romana recuerda que la santidad no está reservada a quienes viven en un monasterio. También puede florecer en el matrimonio, en la crianza de los hijos, en el servicio a los pobres y en la paciencia ante el sufrimiento.

Su ejemplo muestra que, incluso en medio de las dificultades, el amor a Dios puede transformar la vida cotidiana en un camino de servicio, caridad y esperanza.



Autor

Lic. en Lengua y literaturas hispánicas por la UNAM, con experiencia en edición digital y redes sociales. Ha sido editora de los sitios web Padres e hijos, Cocina Fácil y colaborado en National Geographic y Muy Interesante. Actualmente es editora en la Diócesis de Azcapotzalco y es reportera en Desde la Fe.