Si no quiero vivir lo que la Iglesia enseña, ¿vale la pena acercarme?
Muchos sienten atracción por Dios y Jesús, pero dudan de su lugar en la Iglesia Católica. Descubre por qué vale la pena acercarse y dejarse transformar por Cristo en comunidad.
Hay quienes sienten un profundo llamado hacia Dios, hacia Jesús, pero al mismo tiempo se preguntan si realmente encajan dentro de la Iglesia Católica. El ser humano anhela una conexión con lo divino; sin embargo, las heridas del pasado, las experiencias difíciles o las propias dudas suelen frenar ese impulso. “No estoy de acuerdo con todo lo que enseña la Iglesia”, “no vivo como debería”, o “¿para qué acercarme si no puedo cumplirlo todo?”, son frases que se repiten en muchos corazones.
Ante estas inquietudes Fernando Cruz Nájera, titular de la Dimensión de Catequesis de la Arquidiócesis Primada de México, invita mirar de otra manera. Asegura que la respuesta no está en juzgar, sino en invitar al encuentro. “La mejor respuesta al que duda o se siente alejado es la que dio Jesús: Ven y lo verás”, señala.
La Iglesia, una madre que acoge, enseña y acompaña
Para Cruz Nájera, la distancia entre la fe personal y la vida eclesial muchas veces nace del desconocimiento sobre lo que realmente es la Iglesia Católica. “No se puede rechazar lo que no se conoce. Si la Iglesia se entiende solo como una estructura o una institución, se pierde su esencia, su verdadero rostro: el de una madre que recibe, enseña y acompaña”.
El catequista recuerda que la Iglesia mantiene siempre abierta su puerta, la cual es una invitación constante al encuentro con Cristo, quien da sentido y dirección a la vida. “Formar parte de ella implica un proceso, un camino de transformación. Nadie llega siendo santo; todos caminamos hacia la santidad. Por eso, acercarse a la Iglesia no significa ingresar a una organización humana cualquiera, sino entrar en una comunidad animada por el Espíritu Santo, que cambia la manera de mirar la vida, la fe y el amor de Dios”.
¿Hay que pertenecer a un grupo para vivir la fe?
No todos están llamados a integrarse en un grupo eclesial, pero todos, sin excepción, somos invitados a vivir la santidad desde la vida cotidiana. “La pertenencia a la Iglesia no se limita a una parroquia o grupo. Su misión es llegar a cada hogar, recordándonos que Cristo habita ahí y que cada familia puede ser una Iglesia doméstica”, comenta Cruz Nájera.
El catequista reconoce que el gran reto de hoy es hacer que la Iglesia esté realmente presente en los hogares, para que cada persona descubra que Cristo vive en su casa y la convierta en un espacio de fe. “La Iglesia debe ayudar a dar sentido a las distintas realidades familiares que existen hoy, acogiendo y abrazando a todos, sin excluir a nadie por no ajustarse a un modelo tradicional. El Evangelio nos pide recibir a cada persona en su situación concreta y ofrecerle el camino de Cristo”.
Una fe centrada en Cristo
Fernando explica que cuando se encuentra el verdadero sentido de la fe católica, el compromiso brota naturalmente. Sin embargo, advierte que a veces se cae en una visión “eclesiocéntrica”, que reduce el servicio a Dios y a los hermanos solo a través de las estructuras de la Iglesia.
“Necesitamos una mirada más cristocéntrica, centrada en Cristo y abierta al mundo”, señala. “El Dios trinitario es comunión, y esa comunión nos impulsa a servir no solo dentro de la vida eclesial, sino también en el entorno cotidiano donde cada quien se desenvuelve”.
Desde su experiencia pastoral, observa que muchos creyentes, aunque no pueden asistir regularmente a la parroquia, viven su fe a través de obras de caridad, de su testimonio diario y de los pequeños gestos que dan gloria a Cristo en silencio.
Una Iglesia que sana y acompaña
Cruz Nájera recuerda que la Iglesia está llamada a ser un “hospital de campaña”, un espacio donde los heridos por el pecado, el sufrimiento o la soledad encuentren consuelo y esperanza. “No somos una comunidad de perfectos, sino de peregrinos que cada día luchan por la santidad y se dejan restaurar por el amor de Cristo y la cercanía de los hermanos”, comenta.
La fe no se vive en soledad
Seguir a Cristo no es un camino que se recorra en aislamiento. “La fe necesita del encuentro con la comunidad y con los sacramentos, que van transformando el corazón, incluso antes de comprenderlo todo”, explica.
A través de la catequesis y la evangelización, la Iglesia acompaña al creyente paso a paso, ayudándole a descubrir a Cristo vivo, el que enseña, une y sana.

No solo emoción, también razón
Vivir la fe solo desde la emoción puede ser un riesgo, advierte Cruz Nájera. “Las emociones son pasajeras. Si la fe se apoya únicamente en momentos de euforia o sensibilidad, puede volverse una experiencia superficial, algo que no madura. La fe auténtica necesita profundidad, discernimiento y comunidad”, apunta.
¿Cómo acercarse a la fe y superar el miedo de participar en la Iglesia?
Para quien siente atracción por Dios pero teme no poder cambiar su vida, el primer paso, apunta el catequista, es atreverse a decir “sí”. “El miedo es natural, pero si el deseo es auténtico, no hay que esperar a que desaparezca. Dios se manifiesta también en medio del temor”.
Entre los caminos que fortalecen la vida cristiana, menciona la formación catequética, la vida en comunidad, la participación en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y el compromiso apostólico. “La oración constante y honesta ayuda a calmar el corazón. Cuando uno se sabe acompañado por Dios, encuentra paz y confianza”.
Cruz Nájera insiste en que la Iglesia no es un club de perfectos, sino una casa donde se aprende a vivir y amar como Cristo. Por eso, anima a todos los que se sienten lejos a acercarse sin miedo. “No se trata de tenerlo todo resuelto antes de entrar, sino de dejarse transformar por Dios dentro de la Iglesia”.
Una casa que enseña a amar como Cristo
“La Iglesia es madre porque está atenta a todos sus hijos, sobre todo a los más heridos y a los que más les cuesta creer”, explica. “Ama como Dios ama: espera, enseña, corrige y nunca abandona. Su maternidad no se basa en la perfección, sino en la misericordia”.
Agrega que también es maestra, “experta en humanidad y en oración, que enseña a valorar los sacramentos, a madurar la fe y a vivir con Cristo y como Cristo. Esa maternidad tiene su inspiración en María, quien dijo ‘sí’ a Dios y abrazó las consecuencias con amor y fidelidad”.
“La Iglesia, aunque humana y con errores, refleja esa maternidad divina, pues siempre busca dar vida, acoger, acompañar y conducir al encuentro con Cristo”, concluye.



