¿Se puede perdonar y al mismo tiempo exigir justicia?

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¿Se puede perdonar y al mismo tiempo exigir justicia?

¿Es posible perdonar a quien nos hizo daño sin renunciar a la justicia? Expertos explican cómo el perdón puede convivir con la búsqueda de la verdad y la reparación.

1 junio, 2026
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Immaculée Ilibagiza tenía apenas 22 años cuando toda su familia fue asesinada durante el Genocidio de Ruanda en 1994. Para salvar la vida, permaneció escondida durante 91 días junto a otras siete mujeres en un pequeño baño.

Cuando salió de su escondite descubrió que sus padres, sus hermanos y varios de sus amigos habían sido asesinados.

La rabia y el resentimiento llenaron su mente y su corazón. Sin embargo, refugiándose en la oración y aferrándose al rosario que su padre le había regalado, encontró poco a poco consuelo y paz, hasta comprender que el único camino para sanar era perdonar.

Su fe le dio la fortaleza para mirar a los ojos al asesino de sus seres queridos y decirle: “Te perdono”.

Con el tiempo, Immaculée emigró a Estados Unidos, donde colaboró con las Naciones Unidas en apoyo a refugiados. Desde entonces, su testimonio ha recorrido el mundo como un ejemplo de que incluso después del dolor más profundo puede existir esperanza, reconciliación y perdón.

En una sociedad acostumbrada a las respuestas inmediatas, hablar de perdón parece cada vez más difícil. Muchas veces creemos que “no olvidar” significa aferrarnos al resentimiento o conservar viva la herida. Sin embargo, permanecer atrapados en el rencor rara vez sana aquello que el dolor rompió dentro de nosotros.

El padre Pedro Sánchez Acosta, quien actualmente cursa una especialidad en Teología Dogmática, y Marco Antonio Escudero Lores, licenciado en Filosofía con especialidad en Antropología Filosófica por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, explican cómo iniciar este camino y qué sucede en el corazón de una persona cuando finalmente logra perdonar.

¿Por qué nos cuesta perdonar?

Para el padre Pedro, una de las razones por las que hoy resulta más difícil perdonar es que vivimos en una cultura marcada por la inmediatez.

“Parece que la sociedad actual está acostumbrada más bien a la cultura de la cancelación, que consiste en eliminar aquello que no convence, no funciona o no da resultados rápidos; y el perdón, al tratarse de un proceso, no convence desde el principio y se presenta como un camino de dificultad”.

Estamos acostumbrados a resolverlo todo de inmediato. El perdón, en cambio, exige tiempo, silencio y paciencia, elementos cada vez más escasos en la vida cotidiana.

Claves para dar el primer paso hacia el perdón

1. Reconocer la herida

El perdón no comienza olvidando lo sucedido ni actuando como si nada hubiera pasado. El primer paso es aceptar que hemos sido lastimados.

“Hablar de dolor es reconocer que nos han lastimado”, explica el padre Pedro Sánchez Acosta. “El perdón no implica negar que hay dolor o que existe una herida. Más bien, consiste en reconocerla y estar dispuestos a sanar”.

Aceptar la existencia de una herida no nos hace débiles. Al contrario, nos permite comenzar un proceso de sanación. Aquello que se niega difícilmente puede sanar; aquello que se reconoce puede empezar a transformarse.

2. No dejar que el orgullo tome el control

Uno de los mayores obstáculos para perdonar es el orgullo, porque nos lleva a poner nuestras heridas en el centro y esperar que siempre sea la otra persona quien dé el primer paso.

“El orgullo nos ciega por completo, poniéndonos en el centro y eliminando la posibilidad de ser nosotros quienes demos ese paso”, señala el sacerdote.

Cuando dejamos que el orgullo dirija nuestras decisiones, corremos el riesgo de quedarnos atrapados esperando una disculpa, una explicación o una reparación que quizá nunca llegará. Por eso, perdonar implica también la humildad de no permitir que el orgullo tenga la última palabra.

3. Dejar de alimentar el rencor

El rencor aparece cuando volvemos una y otra vez sobre la ofensa, reviviendo constantemente el dolor que nos causaron.

De acuerdo con el padre Pedro, dar vueltas una y otra vez a lo sucedido no nos libera; por el contrario, nos mantiene atados a aquello que queremos superar.

“Jesús no quiere que nos lastimemos de esta manera; al contrario, nos quiere libres y capaces de soltar aquello que no nos deja avanzar”, explica.

Perdonar no significa olvidar automáticamente lo ocurrido, pero sí dejar de alimentar pensamientos que nos mantienen anclados al pasado y nos impiden recuperar la paz.

4. Comprender que perdonar es un proceso

Una de las razones por las que hoy cuesta tanto perdonar es que vivimos acostumbrados a la inmediatez. Queremos soluciones rápidas, pero el perdón rara vez ocurre de un día para otro.

De acuerdo con el padre Pedro, hay heridas que requieren tiempo para sanar y momentos en los que simplemente no nos sentimos capaces de perdonar. Esto no significa que el proceso haya fracasado, sino que estamos atravesando un camino que exige paciencia, perseverancia y apertura a la gracia de Dios.

Por eso, más que esperar un cambio inmediato en nuestros sentimientos, es importante dar pequeños pasos y confiar en que el corazón puede transformarse poco a poco.

5. Pedir la ayuda de Dios

Cuando la herida es profunda, el perdón puede parecer humanamente imposible. En esos momentos, la fe se convierte en un apoyo fundamental.

“El primer paso es acercarme a Dios para contarle lo que me ha pasado, poner en sus manos mi dolor y pedirle ayuda”, explica el padre Pedro.

La oración permite expresar con sinceridad el enojo, la tristeza o la decepción que llevamos dentro. A partir de ese encuentro, Dios puede comenzar una obra de sanación que nos ayude a soltar el resentimiento y recuperar la paz.

Como recuerda el sacerdote, hay momentos en los que no queremos perdonar y ni siquiera nos sentimos capaces de hacerlo. Es ahí donde entra la gracia: no para borrar de inmediato la herida, sino para ayudarnos a dar el siguiente paso.

Beneficios de perdonar a quien nos hizo mucho daño.

Ante delitos, ¿se puede perdonar y al mismo tiempo buscar justicia? 

Perdonar no significa renunciar a la justicia o permitir que el abuso continúe. Hay muchos ejemplos de santos que lucharon por la justicia y aún así perdonaron a aquellos que los habían privado de la libertad.

El padre Pedro expone el ejemplo de Santa Josefina Bakhita. Ella “sufrió la esclavitud y aún así es capaz de perdonar a a los que habían la habían privado de su libertad, pero no dejó de luchar por la justicia y por el bien común. Entonces, el perdón es un proceso que nos asemeja a Dios”.

Al haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, perdonar es uno de los elementos que más nos asemeja a Él. Sin embargo, perdonar no va en contra de buscar la verdad y también de luchar por la justicia.

Prosigue el padre Pedro: “Cuando sabemos que hay una situación de injusticia, de abuso, es importante perdonar, pero es importante también denunciar aquellas situaciones de injusticia que se viven para que no se siga repitiendo la misma situación”.

¿Por qué a veces confundimos perdonar con justificar?

Muchas veces creemos que perdonar se traduce en olvidar el dolor y justificarlo de algún modo. Sin embargo, perdonar no es justificar, ni negar o no reconocer que se cometió una injusticia. 

“El perdón es reconocer que hay una herida, una injusticia y aún así experimentar esta herida que nos ha ocasionado tomar la decisión libre de volver a construir un puente de relación con la persona que nos ha lastimado”.

De acuerdo con el padre Pedro, no se niega aquello que haya generado dolor, pero sí se toma la decisión de dar una segunda oportunidad de volver a construir un puente y de volver a entablar una relación en donde solamente han quedado escombros.

¿Se puede perdonar cuando la herida sigue abierta?

Sí, aunque muchas veces parezca imposible. Para el padre Pedro, el perdón no ocurre cuando el dolor desaparece, sino precisamente en medio del proceso de sanación.

“Es un proceso de morir al egoísmo, un proceso que nos ayuda a estar más cerca de Dios, porque Él es quien nos regala una nueva mirada capaz de dar una segunda oportunidad”, explica.

Por eso, cuando Jesús habla de perdonar “setenta veces siete”, no se refiere únicamente a una cantidad, sino a una disposición constante del corazón que se sostiene en la gracia de Dios.

“Hay momentos en los que no queremos perdonar, no nos sentimos capaces y tampoco queremos dar el siguiente paso porque nos han lastimado, y eso es comprensible”, reconoce el sacerdote. “Ahí es donde entra la gracia para ayudarnos a soltar y volver a vivir en libertad”.

Marco Antonio Escudero señala que el ejemplo más claro de este tipo de perdón es Jesús en la cruz.

“Cuando Cristo dice: ‘Perdónalos, porque no saben lo que hacen’, nos muestra que incluso en medio de la herida es posible amar y perdonar”.

¿Cómo puede empezar una persona que quiere perdonar pero no puede?

El padre Pedro sostiene que el primer paso para perdonar es pedirlo a Dios. El perdón es un ejercicio de la voluntad, no solamente un sentimiento.

“Los sentimientos irán cambiando, irán transformándose en el proceso del perdón:  el primer sentimiento no va a ser querer perdonar o experimentar un cambio en los sentimientos”. 

En este proceso es crucial la decisión: “lo primero que hago es decidir acercarme a Dios para contarlo, para desahogar mi corazón con él, para ponerlo en sus manos, para expresarle lo mucho que me han herido, para expresarle que no queremos cargar con el odio, con la venganza de no poder ver a la otra persona y entonces necesitar de la ayuda de Dios”.

Tras este primer paso es encuentro sincero y humilde con Dios, en el que expresamos delante de su presencia que nos han lastimado, viene la gracia.

El padre Pedro recuerda aquel suceso histórico en que San Juan Pablo II es agredido en la plaza de San Pedro con el fin de asesinarlo. 

“Es una escena muy impactante la de San Juan Pablo II perdonando a la persona que quería asesinarlo. Él fue a la prisión a ver a este hombre para concederle el perdón. Seguramente el primer sentimiento de San Juan Pablo II no fue de cariño hacia su agresor.  Sin embargo, él lo puso primero en manos de Dios: oró y pidió al Señor por esa persona que había atentado contra su vida y entonces empezó un proceso en el que purificó su corazón hasta el punto de volver a encontrarse con él cara a cara y perdonarlo. Seguramente cambió para siempre la vida de este hombre, pero el primer paso que hizo San Juan Pablo II fue ponerlo en manos de Dios”.

Entonces, el perdón, más que ser un sentimiento, es una decisión y también un proceso durante el cual Dios va sanando poco a poco el corazón y ayudándonos a soltar.

¿Cómo sé que no he perdonado?

Para Marco, es muy importante que vigilemos lo que va brotando en nuestro corazón y reconocer qué frutos se están dando durante el proceso del perdón, los cuales pueden darse por situaciones como una injusticia, abandono, soledad, etc. 

“Uno de los ‘malos’ frutos es el enojo. Si soy una persona enojona, amargada, es que hay heridas que no he sanado. Otro es la tristeza, que muchas veces viene por las caídas o las expectativas no cumplidas que no hemos podido perdonarnos”.

Por este motivo, reconocer nuestras emociones es necesario para poder avanzar en el proceso del perdón.

¿Qué ocurre en el corazón de quien perdona?

El perdón no sólo transforma a quien ha sido herido. También tiene la capacidad de restaurar relaciones y abrir caminos de reconciliación inesperados.

Marco recuerda el caso de un asesino serial que permanecía indiferente ante los insultos de las familias de sus víctimas. Sin embargo, cuando el padre de una de las jóvenes asesinadas le dijo: “Tú me arrebataste a mi hija, pero te perdono”, el hombre rompió en llanto.

“Con su perdón, aquel padre tendió un puente donde el criminal volvió a reconocerse como ser humano”, explica.

Para Marco, esta experiencia refleja una verdad fundamental: “Se necesita la misericordia de Dios para recomponer una vida”.

Por eso, el perdón no es algo superficial ni una simple forma de pasar página. Es una experiencia capaz de llegar hasta lo más profundo de las heridas y restaurar la dignidad de las personas.

¿Qué es el perdón?

¿Qué papel tiene la oración y los sacramentos en este proceso?

El padre Pedro explica que la oración es el regalo que Dios nos ha dado para comunicarnos directamente con Él; y por otro lado, con el bautismo hemos sido hechos hijos adoptivos, y esto nos da la capacidad de entrar en comunión con Dios. Por tanto, la oración nos ayuda, en primer lugar, a desahogar nuestro corazón con Dios, a contarle qué es aquello que nos ha lastimado.

“Pensemos en los niños con sus papás. Si un niño se siente lastimado por su mejor amigo en la escuela,  lo primero que hará será contarle a sus padres porque experimenta la confianza; ellos sabrán ayudarlo a descansar el corazón, a tomar una buena decisión, y un simple abrazo de sus papás empezará a sanar su corazón”. 

Así es el primer paso en nuestra relación con Dios en la oración. “Lo primero que hacemos es ser sinceros delante de Dios: no ponernos máscaras, disfrazarnos delante de Él ocultando nuestro dolor, sino más bien siendo completamente sinceros y dejando que Él, en su abrazo misericordioso, empiece un proceso de sanación en la oración”.

En cuanto a los sacramentos, “la confesión es el trono de la misericordia”, admite el padre Pedro. Este sacramento nos recuerda que somos perdonados primero. Es el trono de la misericordia porque nosotros, en un ejercicio de humildad, nos acercamos a pedir perdón por nuestras faltas:

“Nos acercamos reconociendo que somos de barro y necesitamos de la misericordia de Dios; y al experimentar algo tan grande, nos vuelve a dar la vida, nos resucita a una vida nueva y nos infunde otra vez el valor para mirar el futuro con esperanza”. Esto nos convierte en seres capaces de perdonar a los demás porque descubrimos lo frágiles que somos delante de Dios y pensamos: “si Él me ha perdonado tantas veces y es tan paciente conmigo, ¿cómo no voy a ser capaz de perdonar a mi prójimo?”

Marco, por su parte, invita a recordar que el sacramento de la reconciliación es una acción real y auténtica en nuestras vidas, en la que Cristo restaura nuestra naturaleza caída y dañada. 

“En el sacramento, Jesus nos da su vida misma. Y con ella nos da las fuerzas y las gracias que necesitamos para mejorar. Estamos recibiendo una vida nueva donde Él nos dice: ‘Ánimo, no vas solo, vamos juntos’”. 

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Autor

Lic. en Lengua y literaturas hispánicas por la UNAM, con experiencia en edición digital y redes sociales. Ha sido editora de los sitios web Padres e hijos, Cocina Fácil y colaborado en National Geographic y Muy Interesante. También fue editora en la Diócesis de Azcapotzalco y actualmente es reportera en Desde la Fe.