Opinión

Concha Cabrera, la mística

Toda distinción que eleva a una mujer o a un hombre a los altares, es un acontecimiento importante para la Iglesia. Señala que ese ser, en su imitación de Cristo, es modelo de vida para nosotros. Algunos, por nuestra filiación espiritual, nos son más cercanos. Pero la mayoría de ellos, si observamos con atención, nos interpelan e interpelan nuestro tiempo.

¿En qué lo hace la reciente beatificación de Concepción Cabrera de Armida?

Si logramos ir al fondo del lenguaje dolorista que le prestó su época para hablar de una experiencia inefable que simbólicamente se le reveló en la visión de 1884 en la Iglesia de la Compañía, en San Luis Potosí, Concha interpela como pocas la vida de nuestro tiempo.

Esposa, madre de familia, mística, inspiradora y –yo diría contra la lógica clerical que ha marcado una severa exclusión de los laicos, en particular de la mujeres, en este tipo de menesteres— fundadora, -junto con una pléyade de sacerdotes y obispos- de la gran familia de La Cruz, con sus congregaciones y sus obras, Concha, a finales del siglo XIX y principios del XX, puso en el centro de la vida espiritual de la Iglesia mexicana la presencia de la mujer laica y el amor, expresado en su visión de 1884, como el fundamento del sentido del Evangelio.

Pasional, descomunal, “pegajosa”, como se definía, implacable, de la cepa de Teresa de Ávila y de las amantes más apasionadas de su época –Adèle Hugo y Camile Claudel-, su amor por Cristo la llevó a los arrebatos más espectaculares. Nada la arredró. Ni el machismo mexicano ni el clerical ni las guerras intestinas ni los crímenes políticos ni la revolución mexicana ni las atrocidades de la guerra cristera ni la persecución de Obregón y Calles a la Iglesia (“Tu espíritu –traduce, en 1894. la voz interior que no dejó de hablarle casi hasta el final de su vida—será de contradicción para muchos”).

Firme en lo que la experiencia del amor de Cristo en ella le pidió, superando dudas, angustias, presiones, fracasos, prejuicios, enfrentó a su esposo, crió a sus hijos, fundó una casa comercial de máquinas de escribir –La Casa Armida-, confrontó al Obispo Montes de Oca, a los jesuitas –su primer director espiritual, Alberto Mir, fue uno de ellos—y a los maristas –su brazo derecho, en la fundación de las Obras de la Cruz y el padre de los Misioneros del Espíritu Santo, Félix de Jesús Rougier, salió de sus filas-, sedujo para su causa a los obispos más importantes de su época –Ramón Ibarra, Leopoldo Ruiz, Emeterio Valverde, Luis María Martínez, quien sería su último director espiritual– y dobló en 1913 al papa Pío X que, frente a ella, en menos de cinco minutos aprobó las Obras de la Cruz.

Ciertamente su lenguaje –influido por el dolorismo decimonónico de una Iglesia culpabilizada y culpabilizante—y sus expresiones físicas –se gravó un monograma en el pecho con el nombre de su amado, durmió entre espinas, se flageló—repugnan a una época anestesiada que, sin embargo, no teme someterse a cirugías plásticas, grabarse tatuajes o perforarse la lengua, el ombligo o los genitales.

Para entenderlo hay que leer a Concha entre líneas.

Concha fue una mística, un ser de frontera, alguien que tiene una experiencia inefable y que, al igual que los poetas, sólo puede expresarla mediante el lenguaje de su época.

El de Concha ponía énfasis en la pasión de Cristo (te amo tanto –nos dice con sus gestos corporales—que quiero parecerme a ti en la última de tus desnudeces).

Esa pasión –así la vivió, así la entendió-, es el gesto más alto del amor, no por el sufrimiento, sino porque es la expresión de la renuncia al poder, el gesto del acogimiento allí donde el acogimiento parece imposible –en la renuncia, el sufrimiento, la exclusión y la muerte-; la presencia del amor contra la fuerza, del don en la pérdida.

Si el mundo es este horror que padecemos –es el reclamo de Concha a su época y a la nuestra—es porque no hemos sido dignos de ese amor, porque preferimos ser a no ser, poseer a dar, afirmarnos a negarnos, destruir y tomar a dar; poseer a perder.

Contra la irracionalidad del mal que es expansión del yo en la negación de otros, la pasión amorosa e irracional del amor, expresado en la encarnación, la cruz y la pasión femenina de Concha, la pasión de la renuncia a sí que en su no poder, en su exclusión y su impotencia, mantiene el sentido y devuelve al mundo y a la Iglesia su dignidad extraviada.

Eso es lo que Concha le dijo a su época y lo que, entre pugnas y reticencias, comprendió la Iglesia católica de entonces; eso es lo que tiene que decirle a la nuestra, ahora en que sube a los altares, un decir que en medio de la violencia, de los feminicidios, de las desapariciones, del sufrimiento atroz de nuestra nación, no es poca cosa.

*Javier Sicilia es poeta, ensayista, novelista y articulista, autor de varios libros. Además, es un destacado activista, miembro fundador de Servicio de Paz y Justicia México (Serpaj México), una organización de inspiración cristiana dedicada a promover los valores de la solidaridad y la no violencia en el país. También es fundador del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, que inició a partir del 26 de abril de 2011 cuando su hijo Juan Francisco fue asesinado por personas vinculadas a la delincuencia organizada.

Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión, y no necesariamente representa el punto de vista de Desde la fe.