Libres para amar: Amar sin poseer, vivir sin acumular… obedecer en la libertad
En un mundo centrado en el tener, el placer y el yo, estos compromisos revelan que otra forma de vivir —más plena y auténtica— sí es posible.
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México desde el 24 de agosto de 2021. Es el primer obispo mexicano emanado del Camino Neocatecumenal.
Después de preguntarnos por qué alguien se consagra hoy y de reconocer que la Vida Consagrada nace como respuesta de amor a la llamada del Señor, surge de modo natural una inquietud que atraviesa tanto a creyentes como a no creyentes: ¿siguen teniendo sentido, en el mundo actual, los votos de pobreza, castidad y obediencia?
En una cultura marcada por el consumismo, la erotización y el individualismo, estos compromisos pueden parecer incomprensibles o incluso contraculturales. Sin embargo, precisamente ahí radica su fuerza profética.
Los votos no son negaciones estériles ni renuncias sin sentido. (cf. Perfectae Caritatis 1). Son opciones evangélicas que configuran la vida con Cristo y la orientan hacia el Reino de Dios. Vividos con autenticidad, se convierten en un lenguaje comprensible para el mundo, porque hablan de libertad, de amor verdadero y de esperanza. No solo interpelan a quienes los profesan, sino que ofrecen a toda la sociedad una palabra alternativa frente a las lógicas dominantes.
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La pobreza evangélica, en un mundo consumista, cuestiona la obsesión por el tener y el acumular. Vivir la pobreza hoy no significa despreciar los bienes ni ignorar las necesidades reales, sino reconocer que el valor de la persona no depende de lo que posee. El voto de pobreza recuerda que los bienes son medios y no fines, y que la verdadera riqueza está en la comunión, en el compartir y en la confianza en la providencia, la pobreza evangélica proclama que es posible vivir con menos y ser más libres, más disponibles para Dios y para los hermanos.
La castidad consagrada, en una cultura profundamente erotizada, propone una forma distinta de vivir la afectividad. Cuando todo parece girar en torno al deseo inmediato, la imagen y la posesión del otro, la castidad anuncia que el amor puede ser pleno sin apropiación. No es negación del afecto ni represión de los sentimientos, sino integración madura de la afectividad en un amor más amplio. La castidad consagrada libera el corazón para amar sin exclusividades y sin reducciones, mostrando que el ser humano no se agota en la dimensión sexual y que el amor verdadero siempre abre al don de sí.
La obediencia, por su parte, resulta especialmente provocadora en una cultura que exalta la autonomía absoluta y la autosuficiencia. Obedecer no es anular la propia libertad, sino ponerla en actitud de escucha. La obediencia evangélica reconoce que la vida no se construye en soledad y que discernir juntos la voluntad de Dios ensancha el horizonte personal. En un mundo donde cada uno se erige como medida de sí mismo, la obediencia recuerda que la libertad crece cuando se orienta hacia el bien común y se deja guiar por una sabiduría que nos precede.
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Así, los votos siguen teniendo sentido porque siguen hablando al corazón del mundo. Son signos proféticos que anuncian que otra forma de vivir es posible. Y quienes los profesan descubren, en el camino cotidiano, una libertad nueva: la libertad de amar sin reservas, de vivir sin ataduras innecesarias y de caminar confiados en Aquel que llama, sostiene y envía.

