Caso Noelia: la vida tiene sentido
La historia de Noelia refleja una realidad más profunda: cuando el dolor se acumula y no encuentra acompañamiento, el sentido de la vida se vuelve invisible.
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México desde el 18 de noviembre de 2022. En 1993 se consagra como religioso agustino recoleto y realiza sus estudios de filosofía y teología; ordenado sacerdote el 31 de julio de 1999.
Hace unos días se hizo mediático un suicidio asistido de una joven española de veinticinco años de edad con historia de un final que el Estado tuvo que proteger hasta el final, porque el Estado debe salvaguardar el derecho a la dignidad humana y no crear leyes para gestionar el derecho a vivir de sus habitantes.
Una vez más leyes y derechos se contraponen. La historia más agradable es su infancia con su abuela, en la adolescencia la separación de sus padres le genera una estabilidad emocional. Un momento difícil fue la pérdida de la vivienda familiar por problemas económicos.
“Se lo embargaron y nos tuvimos que ir a casa de mi padre”, cuenta ella en su última entrevista a una televisora española. Ese traslado marcó, según su testimonio, un punto de inflexión. La separación de sus padres y el régimen de custodia compartida configuran un contexto que describió como inestable.
“Íbamos fines de semana alternos y no iban bien las cosas cuando íbamos allí”. Su padre consumía alcohol. “Teníamos que estar esperando hasta las tres o cuatro de la mañana” esto provocaba en ella un deterioro emocional cada vez más grande.
Ella misma cuenta como desde los 13 años, según explicó, ha estado en tratamiento psiquiátrico. Con el paso del tiempo, ese malestar se consolidó y se vio acompañado por diagnósticos como el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) y el trastorno límite de la personalidad (TLP), que, según ella misma cuenta, habían condicionado su forma de relacionarse con la vida.
Sufrió dos agresiones sexuales que identificó como momentos clave en su historia personal. Una se produjo en una relación de pareja y otra de carácter múltiple, que, según explicó, no llegó a denunciar. La acumulación de estas experiencias desembocó en varios intentos de suicidio. En uno de ellos, en 2022, se precipitó desde un quinto piso, un hecho que no solo supuso un punto de no retorno en su trayectoria vital, sino que la dejó en situación de paraplejia.
A las secuela físicas se sumó un dolor persistente y una sensación de falta de horizonte vital. “No tengo metas ni proyectos”. En las visitas pastorales a los decanatos y en los encuentros con las víctimas de suicidio y personas con estas tendencias lo único que esperan de nosotros es la esucha sin juicios, la mirada limpia y el abrazo fraterno.
Algunas situaciones lamentables en algunas iglesias han hecho que todas estas historias se hayan distanciado de Dios y ellos son nuestros alejados. No necesitan consejos, solo presencia. Y el Estado, ¿qué? La grave situación que viven los hospitales de salud mental debe cuestionarnos con profundidad.
No puede ser que estemos más ocupados en leyes para abortar o provocar el suicidio colectivo, y olvidar a estos grupos, cuando no hay acogida el sentido de la vida se vuelve invisible, no porque haya desaparecido, sino porque no sabemos percibir a Dios y mucho menos trascender las frustraciones y fracasos. Una sociedad que no sabe trascender se integra en la ideología, se polariza y se pierde en lo más importante y sencillo: la persona humana. Y en esto debemos estar todos los agentes sociales implicados, todos. La atención humana a estos grupos vulnerables con la dignidad que merecen.

