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¿Por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes?

Se trata de un acto de la voluntad de Jesucristo mismo, que no implica una discriminación.
Pidamos por los sacerdotes. Foto: Cathopic
Pidamos por los sacerdotes. Foto: Cathopic

La pregunta de por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes la formulan con frecuencia no sólo aquellas personas que desconocen la doctrina católica sobre el sacramento del orden sacerdotal, sino incluso en ambientes eclesiástico.

A simple vista, parecería que negar el acceso de las mujeres al sacerdocio sería una injusticia, un acto discriminatorio, la prohibición de un derecho a una parte importantísima de la feligresía. Por otro lado, la crisis actual en las vocaciones sacerdotales parecería hacer recomendable y práctico consentir que las mujeres -más asiduas a las prácticas eclesiales que los varones- pudieran acceder al sacramento. ¿Es esto exacto?

Para entender correctamente la respuesta, es necesario recordar que la Iglesia es depositaria de un encargo del Señor Jesús. Es Él quien la ha enviado a anunciar la verdad de la salvación y a comunicar su gracia a todos los hombres. Es importante tener muy claro que la Iglesia no es dueña de lo que realiza sino que está llamada a mantenerse en continuidad con la misión que Cristo le ha encomendado.

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Dentro de esta misión, un lugar determinado lo ocupa el sacerdocio. Es necesario, pues, reconocer lo que Cristo quiso para su Iglesia con la institución de los Doce apóstoles, pues de dicha institución es continuación el sacramento del orden sacerdotal.

Los discípulos del Señor eran muchos y es claro que entre ellos había hombres y mujeres. Jesús no discriminó a nadie en su seguimiento.

Hay que reconocer incluso que el modo como Jesús trataba a la mujer contrastaba abiertamente con las costumbres de su tiempo, llegando en ocasiones a causar escándalo entre sus contemporáneos por ello. Jesucristo fue el primer defensor de los derechos de la mujer. La común dignidad de hombres y mujeres en la vida de la Iglesia se reconoce por  el sacramento del Bautismo, que es el que confiere la incorporación del ser humano a Cristo.

Sin embargo, también es claro que, entre los discípulos, Jesús eligió a un grupo más restringido para que estuviera con él y recibiera directamente una capacitación específica para la misión. Se trata, en principio, de los Doce apóstoles, aunque el grupo fue siempre más amplio. La intención del Señor la conocemos más precisamente a partir de la Última Cena, y con más claridad después de la Resurrección: se trataba de tener a un grupo preparado para representar a Jesucristo mismo en su entrega salvífica por los hombres, personas que hicieran visible a Cristo como cabeza de su pueblo, de modo que la comunidad de los salvados pudiera entenderse como Esposa del Señor. La Iglesia ha entendido siempre que esta función la cubren quienes, por la imposición de las manos desde tiempos de los apóstoles, han continuado con dicha misión: los sacerdotes. La Ordenación Sacerdotal, como sacramento, ha sido reservada siempre a los varones. En esto la Tradición ha sido unánime.

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En este sentido se debe entender, pues, por qué la Iglesia no se considera en la posibilidad de cambiar la situación. Se trata de un acto de la voluntad de Jesucristo mismo, que no implica una discriminación, sino que asume la constitución masculina como elemento de la visibilización de Jesucristo: Él fue varón, quien hace sus veces en la comunidad debe ser varón. Esto no implica ningún demérito a la dignidad de la mujer. De hecho, en todo momento la Iglesia ha considerado como la criatura más excelsa a la mujer que tuvo como misión el dar a luz al Hijo de Dios hecho hombre, a María Santísima. Lo que esto nos enseña es que la constitución sexuada del ser humano no implica un desprecio por ninguno de los sexos, sino su valoración en la complementariedad y en lo específico de cada uno de ellos. De esta manera no se hace sino reconocer algo que se encuentra marcado con claridad en nuestra constitución biológica y psicológica. No sería normal ver a un varón presentar una denuncia en alguna comisión de derechos humanos contra la naturaleza por haberlo privado de la posibilidad de ser madre.

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Por otro lado, el sacramento es una encomienda, una misión, una elección que la Iglesia realiza de quienes se sienten llamados. Nadie tiene derecho a la ordenación, ni siquiera los varones. La exigencia de encontrar varones aptos es un reclamo que hoy más que nunca resulta urgente. No por la necesidad que existe de sacerdotes debe detenerse el atento discernimiento que la Iglesia tiene que realizar.

La Iglesia, esposa de Cristo, está invitada como siempre a rogar al dueño de la mies que envíe operarios a sus campos; ha de pedirlo como don: sacerdotes sabios y santos según el corazón de Cristo.

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