¿Cómo entender ‘Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’?

¿Cómo podemos entender e interpretar esta frase de Mateo 22,21?
“¡Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!” dijo Jesús en Mateo 22,21.

“¡Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!” (Mt 22,21) es una frase que comúnmente escuchamos cuando sale a flote la relación —y separación— de la Iglesia y la política. Pero, ¿cómo podemos entenderla e interpretarla?

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La actitud de Jesús ante la autoridad

Jesús es rey. El Rey. Sobre su cruz mandó poner Pilato un letrero que así lo proclamaba, como un elocuente homenaje a aquel hombre que le simpatizaba y por el quien no había podido hacer nada por cuestiones políticas. INRI, ese letrero sobre todas las cruces de nuestras iglesias y de nuestros hogares significa, en Latín, “Iesus Nazarenus Rex Iudeorum”, y en Español, “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. Por eso murió Jesús, por ser Rey.


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Pero su Reino no es de este mundo, así lo proclamó ante todo el mundo y los declaró ante Pilato. Él no quería el poder temporal que consiste en imponer la voluntad sobre los hombres como signo de poder.

El Reino de los cielos, mientras no se haga una realidad al final de los tiempos, es una actitud de vida. Es vivir desde aquí y ahora como ciudadanos del Cielo que tenemos como único Señor a Jesús, el Hijo de Dios. Es obedecer la ley de Cristo, ley amable y grata.

Por lo tanto, Jesús pasó por este mundo ejerciendo una realeza de servicio: haciendo el bien y salvando a los hombres del mal.

El Reino de Jesús, por otra parte, ya está en medio de nosotros, porque él mismo, el Rey, está con nosotros cada días hasta la consumación de los siglos. Y los seguidores de Jesús, en la modestia de nuestros actos personales que a veces parecen sin importancia, vamos construyendo poco a poco el Reino de Dios. Jesús decía que su Reino se perece a un granito de mostaza.

Los seguidores del Rey no podemos cerrar los ojos al mundo, tenemos que reconocer que lo humano tiene siempre un valor divino; y, mientras caminamos por este mundo en nuestro peregrinar a la Patria, amamos profundamente a nuestra Patria de la tierra y vivimos para ella. San Pablo nos pide a los cristianos orar por nuestras autoridades civiles y obedecerlas, y eso es una aplicación práctica del respeto que Jesús manifiesta siempre a la autoridad y al cumplimiento de las leyes, aun a la de pagar impuestos.

La Iglesia en la política

La historia de México hace comprensible la actitud de los políticos liberales de escandalizarse cada vez que una autoridad eclesiástica opina sobre política. “La Iglesia no debe meterse en política”, dicen, porque tienen miedo de que la Iglesia quiera retomar el poder que alguna vez pudo haber tenido cuando era la religión oficial, y única, de la Nueva España.

La Iglesia como institución no busca ese poder político. Renuncia a él por sus leyes propias que prohíben a un ministro ordenado aceptar un cargo público, leyes que coinciden con las leyes actuales civiles que prohíben a los ministros de culto ocupar cargos de elección popular.

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Sin afanes de poder, la Iglesia reconoce y obedece la autoridad civil, sin estar casada con un sistema político ni económico, pero conserva su derecho a ser maestra de la Palabra de Dios, de vida y costumbres, para aquellos que quieran escucharla, para los hombres de buena voluntad y, de manera especial, para los que profesan la fe católica.

El pastor, sea Papa, sea obispo o sea un humilde sacerdote de parroquia, tiene una misión profética que lo obliga a denunciar y a proponer, y la autoridad civil debe respetar ese derecho bajo pena de ser dictatorial y tiránica.

¿Y quién es la Iglesia?

Yo, como sacerdote que escribe este artículo, soy un miembro de la Iglesia, pero no soy LA IGLESIA, por lo tanto, cuando opino, no pueden decir que la Iglesia dice, aunque yo trato de expresar siempre mi opinión conforme a la doctrina de ésta. Se puede decir que es opinión de la Iglesia cuando hay un documento que pertenece ya al magisterio oficial, sea de la Iglesia Universal, sea de una Iglesia Particular. Tenemos que aprender a decir: “opina el obispo de tal parte”, “opina tal sacerdote”, “dice tal autor”.

Cuando es la Iglesia la que dice algo, no opina, enseña, y entonces los católicos aceptamos la doctrina como propia.

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Tal es el caso cuando la Iglesia, por medio de encíclicas y de documentos oficiales del Papa o de documentos del Episcopado de la nación o de nuestro Obispo, nos enseña sobre una verdad cuya aclaración urge en los momentos que vivimos.

Y en esos casos la Iglesia no le está quitando al César lo que es suyo, tan sólo le está pidiendo que le dé a Dios lo que le corresponde.

Ninguna ley puede prohibir a los católicos su participación en la vida política como católicos, con su moral y su fe íntegras, es su derecho inalienable. Y, entonces, como ellos son, también, Iglesia, podemos decir que hacen una política honesta (ojalá), aunque nunca podrán poner a su política el sobre nombre de católica o cristiana.

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