Desde la familia

La incondicionalidad del amor

Todas las mañanas, más o menos a la misma hora, paso por una escuela cercana a casa en el momento de la entrada de los alumnos. Con mucho orden las maestras van recibiendo a cada uno de los niños y esperando con paciencia que los papás se despidan, les den la bendición y acomoden sus cosas. Siempre deseo detenerme y disfrutar un poco más de la escena, pero por no ser imprudente sigo mi camino agradeciendo a Dios el regalo de ese momento de cada día.

Y es que no es un plantel más, se trata de un colegio para alumnos con parálisis cerebral donde además de la instrucción académica, reciben la rehabilitación y las terapias necesarias para mejorar su calidad de vida y de oportunidades en una sociedad poco incluyente.

No, para nadie es fácil ejercer la maternidad o paternidad y procurar siempre el bien de los hijos; por eso es un privilegio de cada día ser testigo del amor y la ternura de esos padres que con paciencia y cuidados especiales llevan a sus pequeños o adolescentes en sillas de ruedas, o los bajan de sus autos con grandes esfuerzos abrazándolos para entregarlos con esperanza y gratitud a sus maestros.

Esta escuela fue fundada hace más de treinta años por matrimonios que tuvieron hijos con esta condición de vida, pero no se rindieron ante la falta de oportunidades escolares, hasta lograr fundar su propia escuela y así darles la educación acorde a sus particulares necesidades.  Pero a pesar del tiempo y de la dedicación de sus directivos, apenas logran atender a un centenar de alumnos. ¿Cuántos niños y niñas más se encuentran olvidados e invisibles para el gobierno, para la sociedad y también para nosotros los cristianos?

Nos dice el Papa Francisco que “Es importante ver a la persona discapacitada como uno de nosotros, que debe estar en el centro de nuestra atención y preocupación, y también en el centro de la atención de todos y de la política. Este es un objetivo de la civilización. Al adoptar este principio, nos damos cuenta de que la persona con discapacidad no sólo recibe, sino que también da”.

Tenemos mucho que aprender de las familias que tienen un hijo con discapacidad, la incondicionalidad del amor que se traduce en entrega, atenciones y esfuerzo constante, la capacidad de alegrarse aún con los más pequeños logros y el abandono en Dios. Pero también, como el buen samaritano, podríamos estar presentes atendiendo su dolor, sus necesidades y su cansancio ante lo inexplicable.

«No hay que asustarse nunca con las dificultades. No hay que asustarse nunca. Nosotros somos capaces de superarlas todas. Solamente necesitamos tiempo para comprender, inteligencia para buscar el camino y coraje para andar adelante. Pero nunca asustarse» Papa Francisco.

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