Debemos defender nuestra fe
Defender las enseñanzas de Jesús, se ha vuelto urgente en un contexto donde el relativismo moral y el individualismo radical erosionan los fundamentos cristianos
Consultor en temas de seguridad, justicia, política, religión y educación.
En un mundo convulso, la disponibilidad inmediata es el nuevo condicionamiento social, surge una pregunta esencial para el creyente: ¿estamos verdaderamente disponibles para Dios? No se trata de una disponibilidad solamente física sino de una apertura de corazón que permite que su palabra nos guíe.
Estar para Dios implica una actitud de escucha interior, de renuncia y de entrega confiada. Como María en la Anunciación, que respondió “Hágase en mí según tu palabra”, estamos llamados a dejar que la fe nos sorprenda, nos transforme y nos impulse a actuar.
La fe debe ser una relación viva con Jesucristo que exige entrega y confianza: reconocer que no lo sabemos todo, que nuestras certezas humanas son frágiles y que solo en la entrega encontramos sentido pleno. En tiempos donde la tecnología empieza a dominar, dejarnos conducir por la fe significa aceptar que hay realidades que trascienden lo visible: el amor redentor de Dios, el valor eterno del alma, la promesa de la resurrección.
Pero la fe no se queda en lo privado. Jesús no nos llamó a ser espectadores de su mensaje, sino testigos activos. Defender las enseñanzas de Jesús, se ha vuelto urgente en un contexto donde el relativismo moral y el individualismo radical erosionan los fundamentos cristianos. Defender la fe no significa imponerla con arrogancia, sino vivirla con coherencia y explicarla con humildad y respeto.
Tener fe hoy significa discernir: ¿De qué forma puedo ser más cercano a Dios? ¿Cómo puedo acrecentar la fe? Defender la fe en estas épocas es un acto de amor, de responsabilidad y de congruencia. No se trata de ganar debates, sino de testimoniar con la propia vida. Cuando vivimos las bienaventuranzas en medio delconsumismo, cuando defendemos la vida en una cultura de descarte, cuando practicamos el perdón en un entorno de resentimiento y hasta odio, estamos defendiendo las enseñanzas de Jesús de la manera más elocuente. Es probable que esta defensa no siempre sea sencilla, quizá haya críticas, marginación o burla, pero es precisamente en la fidelidad humilde donde la fe se hace creíble y más fuerte.
Estar disponibles para Dios y defender su mensaje no es una carga, sino un deber, y es que en un mundo cada vez más violento y cruel la fe ofrece pertenencia, propósito y esperanza inquebrantables. El amor de Dios no espera a que estemos “listos” o “perfectos”; irrumpe precisamente en nuestra fragilidad.
Abrirse al amor de Dios y defender nuestra fe son, en realidad, dos caras de la misma moneda. El que se abre recibe; el que recibe, da; y el que da, se abre aún más. Es un ciclo que rompe la lógica del mundo y nos introduce en la lógica del Reino de Dios: donde el amor no concluye al darse, sino que se multiplica.
En una época cada vez más complicada, abrirnos al amor de Dios y defender las enseñanzas de Jesús no es solo un deber; es un importante acto de amor; recordemos las palabras del Papa León XIV: “Cuando la fe es verdadera, se confirma nuestra esperanza”. Por eso debemos defender nuestra fe sobre todo ante las cotidianas asechanzas del mal y de todos sus agentes.

