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COLUMNA

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¿Cuánto conocemos a nuestra familia y seres queridos?

Urge sentarnos con nuestros padres, con nuestros abuelos, con nuestros hijos, sin agendas, sin prisas, sin celulares sobre la mesa

3 marzo, 2026
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Consultor en temas de seguridad, justicia, política, religión y educación. 

En un mundo hiperconectado hoy es necesario que nos detengamos y nos cuestionemos, ¿qué tanto conocemos a nuestra familia?, ¿cuánto tiempo de calidad le dedicamos a nuestros hijos y seres queridos? ¿o a nuestros padres, abuelos y hermanos mayores con enfermedades y con capacidades limitadas cuando gracias a ellos tenemos vida y desarrollo? No se trata de contar las horas que pasamos bajo el mismo techo, sino de ir más allá, de las conversaciones honestas y empáticas, del tiempo invertido en escuchar a quienes amamos y de la presencia auténtica que ofrecemos a quienes más amamos.

Vivimos en una época paradójica, tenemos cada vez más medios para comunicarnos y sin embargo, nunca habíamos estado tan desconectados. Hemos perdido la capacidad para relacionarnos de verdad. Los hijos llegan a casa y encuentran a padres exhaustos que apenas levantan la vista del celular; no hay tiempo de calidad porque éste se ha convertido en un bien escaso que repartimos entre reuniones, horas extra, tráfico y la eterna persecución de un mejor futuro.

Pero no podemos perder de vista que ese futuro se construye, precisamente, en el presente, es así que las consecuencias de esta desconexión son dolorosas. En muchas ciudades de nuestro país, miles de jóvenes caen en las garras de las pandillas, el narcotráfico y el narcoterrorismo sin que los padres se enteren hasta que es demasiado tarde. No es descuido por falta de amor; es descuido por falta de tiempo. El trabajo absorbe las horas, el cansancio devora la energía y, cuando queremos reaccionar, el vacío ya ha sido llenado por la violencia y el crimen.

Tristemente, hemos delegado la crianza a las escuelas, a las abuelas, a las pantallas, y nos sorprendemos cuando los hijos buscan en la calle lo que no encontraron en casa: pertenencia, escucha, propósito.

Por eso urge recuperar el arte de la conversación honesta y sincera. Urge sentarnos con nuestros padres, con nuestros abuelos, con nuestros hijos, sin agendas, sin prisas, sin celulares sobre la mesa. Escuchar sin juzgar, generar confianza, ponernos en los zapatos del otro antes de dar una opinión. Porque a veces una plática a tiempo puede salvar una vida.

Recuperar el tiempo de calidad no requiere grandes presupuestos ni vacaciones costosas, basta con apagar la televisión, dejar el trabajo en la oficina, sentarse a la mesa sin distracciones y preguntar con interés real. Basta con una caminata sin teléfono, una noche de juegos de mesa e incluso de manera fundamental una oración juntos antes de dormir.

La familia no debe ser un proyecto secundario, es el primer y más importante pilar donde se forma el ser humano; si fallamos ahí, fallamos en todo lo demás. No esperemos a que sea tarde. No esperemos a la crisis, a la llamada de la policía o al vacío de una silla en la mesa. Porque al final del camino, lo que realmente importa no es cuánto dinero ganamos ni cuántos títulos acumulamos, sino cuántas vidas tocamos con amor verdadero.

Como nos recuerda el Papa León XIV en su Mensaje para la Cuaresma de 2026: ”Esforcémonos, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia y renunciando a las palabras hirientes y al juicio inmediato”.


Autor

Consultor en temas de seguridad, justicia, política, religión y educación.