Notas evangélicas, 3

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COLUMNA

Granito de mostaza

Escuchar en la Iglesia y en política

Aprendamos a escuchar en las parroquias y en las diócesis, porque todos somos un solo cuerpo, que tiene una Cabeza: Cristo y quienes recibieron de él la misión de presidirlo

21 enero, 2026

HECHOS
En el reciente Consistorio de cardenales, convocado por el Papa León XIV, un cardenal chino emérito criticó al Papa Francisco por haber promovido la sinodalidad en la Iglesia, porque, dijo, eso quita su lugar a los obispos y puede hacer decir al Espíritu Santo cosas que no son correctas, cuando se procede por mayoría de votos. Sería legítima su preocupación si así fuera; pero no es así. La sinodalidad no quita autoridad a los obispos, sino que implica escuchar mucho a la comunidad antes de tomar decisiones. Esto no es novedad; así se ha hecho por mucho tiempo, aunque en el siglo pasado se recalcó más la autoridad episcopal y papal. Escuchar, en la estructura jerárquica de la Iglesia, no es acceder a todo cuanto la mayoría diga, sino reconocer la acción del Espíritu Santo en todo el Pueblo de Dios y, ayudado por los hermanos en la fe, discernir lo que sea más acorde con el Evangelio, antes de tomar decisiones. No se pierde la responsabilidad personal del obispo o del párroco, pero decide después de escuchar humildemente las voces de los demás. A veces, si la autoridad eclesial lo considera justo, la mayoría puede tener la última palabra, si la propuesta es acorde con la Palabra de Dios.

En nuestro país, está en proceso la elaboración de una nueva ley electoral, promovida no por la ciudadanía, sino por la máxima autoridad federal, lo cual ya genera desconfianzas.

¿Qué buscan? ¿Sólo evitar gastos excesivos y que sean menos los diputados federales y los senadores? Se han realizado foros para escuchar reacciones de algunas personas y la propuesta se someterá a votación del Congreso de la Unión, donde el partido en el poder tiene mayoría de votos, con el interesado apoyo de dos partidos minoritarios. Sin embargo, hay la impresión de que sólo se escucha a los del propio partido, beneficiando con esta ley no al pueblo en general, sino al grupo en el poder, para asegurar su permanencia. Se oye a los que opinan en forma diferente, pero sólo por un mero formulismo populista, no con la disponibilidad de escuchar con humildad y sin prepotencias, y luego decidir lo mejor para el pueblo. El orgullo y el poder excesivo impiden escuchar con sabiduría.

ILUMINACION
Lo que dijo el Papa Francisco para la Iglesia en su exhortación Evangelii gaudium, vale también para políticos y gobernantes: “El obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma… En su misión de fomentar una comunión dinámica, abierta y misionera, tendrá que escuchar a todos y no sólo a algunos que le acaricien los oídos” (31).

“Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es más que oír. Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad. Sólo a partir de esta escucha respetuosa se pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento… Para llegar a un punto de madurez, es decir, para que las personas sean capaces de decisiones verdaderamente libres y responsables, es preciso dar tiempo, con una inmensa paciencia” (171).

“Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo, a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes. Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos el deber de servir a la justicia y la paz, que deberá convertirse en un criterio básico de todo intercambio. Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales. Los esfuerzos en torno a un tema específico pueden convertirse en un proceso en el que, a través de la escucha del
otro, ambas partes encuentren purificación y enriquecimiento” (250).

“En este dialogo, siempre amable y cordial, la verdadera apertura implica mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con una identidad clara y gozosa, pero abierto a comprender las del otro y sabiendo que el diálogo realmente puede enriquecer a cada unoNo nos sirve una apertura diplomática, que dice que sí a todo para evitar problemas, porque sería un modo de engañar al otro y de negarle el bien que uno ha recibido como un don para compartir generosamente” (251).

“Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo. ¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos! Si hablaba con alguien, miraba sus ojos con una profunda atención amorosa… Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad” (269).

ACCIONES
Aprendamos a escucharnos desde la familia: que el esposo, dejando atrás un machismo trasnochado, escuche con el corazón a su esposa y a sus hijos, para decidir lo mejor para todos. Igualmente, que la esposa y los hijos escuchen, sin dejar a un lado a los ancianos. Y que nos escuchemos en las parroquias y en las diócesis, porque todos somos un solo cuerpo, que tiene una Cabeza: Cristo y quienes recibieron de él la misión de presidirlo.