Todos necesitamos convertirnos
Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás
HECHOS
Estamos iniciando la Cuaresma, que es un tiempo propicio para corregir errores y esforzarnos para resucitar con Cristo a una vida nueva. Sin embargo, para algunos, este tiempo pasa desapercibido. Para otros, es sólo una costumbre de recibir ceniza y de ver las representaciones de la Semana Santa, como un espectáculo para entretenerse.
Hay quienes hacen algunos sacrificios tanto para controlar la comida y la bebida, como para unirse a la Pasión de Jesús, ofreciendo sus privaciones para el perdón de los pecados, propios y ajenos. Unos ofrecen no comer pan o tortillas, abstenerse de ver tanta televisión y dejar unos ratos su celular, levantarse más temprano y ayudar más en las tareas del hogar. Otros ofrecen abstenerse de bebidas embriagantes durante estos días, pero pasando, vuelven a lo de antes. Es laudable su sacrificio y no se le puede menospreciar, pero todos esperaríamos que este control fuera más permanente, por su propio bien y por
el bienestar de la familia.
Por lo contrario, no faltan quienes se consideran casi perfectos y no reconocen sus propios errores. Echan la culpa a los demás de todo, pero ellos no aceptan estar fallando también.
Como en un matrimonio: el esposo, sobre todo si es de los antiguos machos, no acepta que él está mal y culpa a la esposa de cualquier cosa; nada le parece bien, por sus propios complejos machistas. Y al revés: la esposa que se siente perfecta y no asume los cambios que debería procurar en su forma de ser y de actuar, por el bien de los hijos y del matrimonio. El peor defecto es no aceptar los propios errores.
ILUMINACION
El Papa León XIV, en su Mensaje para esta Cuaresma, nos invita a abrir el corazón a Dios y a los demás. Y nos propone unas abstinencias de la lengua muy concretas. Dice: “La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza.
Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.
Este año me gustaría llamar la atención sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.
Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.
La escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad. Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia.
Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión.
Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. El ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio. Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”.
ACCIONES
El mismo Papa recomienda: “Pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor”.

