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Contemplando los rostros de inocencia de las niñas y los niños, tal vez nos dé por pensar que ellos no comprenden nada acerca de la complejidad de la vida y de las situaciones en las que nos involucramos los adultos. Cuando lo que quizás deberíamos hacer es ver con ojos de niño toda la belleza que esta etapa trae consigo para el resto de la vida, la importancia que para ellos encierra el dar y recibir amor gratuitamente.

El tiempo de Adviento ya está cerca, y con él se vislumbra la Buena Nueva de la venida de Jesús Niño, la llegada del amor que no se agota. En este tiempo de preparación para recibir al Niño Jesús es importante analizar también la manera en que debemos preparamos para la llegada de nuestros niños a este mundo y su transitar por esta vida.

¿Cómo prepararnos para tan importante tarea? Pues procurando tener para ellos un lugar seguro y acogedor, revisando nuestra vida y verificando cuáles son los valores y educación que deseamos replicar, así como los vicios o hábitos que debemos erradicar. Para que así, cuando vean la luz, su vida florezca y se mantenga en la Luz de Cristo y en el amor de la familia.

Tener a niñas y niños en nuestras familias es uno de los tesoros más valiosos que podemos poseer, porque en ellos encontramos ternura, inocencia, amor y sobre todo esperanza.



En este Adviento, meditemos en la llegada del Niño Jesús; pensemos que Él viene a ocupar un lugar en nuestra familia y analicemos si estamos listos para recibirlo; si contamos con un espacio seguro para Él; si somos capaces de luchar a capa y espada para protegerlo; si sabremos apartarlo de los peligros, y si, ante situaciones de riesgo podremos hacerle sentir nuestra presencia, apoyo, impulso y consuelo, todo a semejanza de la Sagrada Familia.

De la misma manera, seamos don para nuestras niñas y niños, porque es a partir de esos rostros de inocencia que la Palabra de Dios se hace viva en la esperanza de un mañana mejor.





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