Opinión

¿Jesús fue el inventor de nuestra fe en la resurrección de los muertos?

Los saduceos (Lc 20, 27-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los saduceos, que niegan la resurrección de los muertos:

“En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.

Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven”.

Comentario

Este domingo comenzamos a leer los textos provenientes de la etapa de ministerio de Nuestro Señor Jesucristo en Jerusalén, previa a su Pasión, Muerte y Resurrección.

Hoy, en específico, vemos un diálogo entre Jesús y los saduceos a propósito de la resurrección de los muertos. El camino de fe en la resurrección de los muertos se da en el Antiguo Testamento. El pensamiento hebreo más antiguo no se pronuncia ni a favor ni en contra de la vida después de la muerte. Algunos pasajes parecen afirmar cierta existencia ajena a la presencia de Dios después de morir, como la oración del rey Ezequías que dice que los muertos no alaban al Señor sino los vivos (cfr. Is 38,10-14.17-20).

El Salmo 115 afirma algo semejante: “¿cómo podrá un muerto dar gracias al Señor?” (Sl 115,17). El libro del Eclesiastés parece negar por completo la vida después de la vida: “¿Cómo podemos saber que después de muertos el espíritu del hombre asciende y el del animal baja?” (Qo 3,21).

El profeta Ezequiel en una visión profética parece llevarnos, poco a poco, al camino de la fe en la vida eterna, pues afirma que Dios puede revivir a todo un pueblo, aunque ya sean huesos secos (Ez 37,1-14). Sin duda fue en la época del encuentro de la cultura hebrea con la griega cuando se afrontó el tema de la vida eterna y se encontró la solución al afirmar que Dios resucitará a los muertos.

Un ejemplo está en el libro segundo de los Macabeos (2Mac 7,14) donde un joven dice al rey Antíoco: “vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”. Otra confesión inequívoca la encontramos en el libro de la Sabiduría al reflexionar sobre el destino final de los justos que han muerto (Sab 2,23; 3,9).

En los días de Nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, no era unánime la aceptación de esta doctrina.

En el diálogo que leemos hoy, Jesús afirma que la vida eterna es verdadera y es diferente a la vida presente. Ahora bien, la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo al tercer día nos ha dado la prueba definitiva, a los cristianos, de la veracidad de lo que ya en el Antiguo Testamento se venía fraguando.

Para nuestra fe cristiana la vida eterna se da debido a la resurrección que Dios obra en nosotros.