Opinión

Explicación de los signos de la ‘tempestad calmada’

Lectura del santo evangelio según san Marcos (4,35-40)

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”

Simbología de la tempestad calmada

Desde el punto de vista del contexto, el episodio de la tempestad calmada forma parte del ministerio de Jesús en Galilea, inmediatamente antes Jesús había desarrollado varias parábolas referentes al reino de los cielos. Inmediatamente después es interesante el exorcismo de un endemoniado del otro lado del mar, justo a donde llegaron después de que Jesús demostrara su poder sobre los elementos de la naturaleza.


Hay dos elementos simbólicamente coincidentes que nos ponen en un escenario dominado por el mal, nos referimos a la noche y al mar embravecido.

En la literatura veterotestamentaria, tanto la noche como el mar representan al mal en cuanto a que el mar es inestable y se puede morir ahogado; la noche es lo opuesto al día y las personas fuera de casa están expuestas a las bestias del campo.

Las barcas representan al grupo humano que se aventura frente al mal para tratar de alcanzar la otra orilla, es decir, otro horizonte, normalmente identificado con la libertad o la posesión de los bienes prometidos, a este respecto la simbología hace referencia al cruce del Mar Rojo y al cruce del Río Jordán por parte del pueblo de Israel en la época del Éxodo y de Josué.

El hecho de que Jesús vaya dormido es muy sorpresivo. Puede hacer referencia a que en muchas ocasiones sobre todo en los tiempos de dificultad, la presencia de Dios parece desdibujarse del horizonte.

El evangelio de San Marcos es el único que menciona la expresión de cuestionamiento a Jesús: “¿Maestro, no te importa que…?” (Mc 4,38) El evangelio de san Mateo nos propone: “Maestro, sálvanos que perecemos…”(Mt 8,28-34) San Marcos es un evangelio que no evita los conflictos por eso resulta totalmente coherente, el afirmar que en ocasiones Jesús fue cuestionado así como los fieles cuestionan a Dios.

Por supuesto que la forma de responder de Jesús es contundente. La presencia poderosa de Dios subyuga a la tempestad, pero acto seguido Jesús confronta a los discípulos por su falta de fe.

La noción de fe que maneja el Señor Jesús no es necesariamente la adhesión a verdades religiosas, sino más bien la adhesión íntima al poder que hace que las cosas sucedan, vgr: “si tuvieran fe al menos como un grano de mostaza, le dirían a ese árbol arráncate de raíz y plántate en el mar, y esto sucedería” (Lc 17,5-6) o bien esta otra expresión: “vete en paz, tu fe te ha salvado” (Mc 5,34).

Entonces Jesús pide de los discípulos la fe de que la tormenta no los hundiría y de que Dios no permitiría que los hundiera. La presencia de Jesús entre nosotros es la prueba tangible de que a Dios sí le importamos.

*Mons. Salvador Martínez Ávila es rector de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe.

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