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COLUMNA

Comentario al Evangelio

Lecturas de la Misa y Evangelio del 8 de marzo del 2026

En el evangelio de este tercer domingo de cuaresma, el evangelista San Juan nos muestra un encuentro sorprendente. Se trata del encuentro de la Samaritana con nuestro Señor Jesús.

2 marzo, 2026
Lecturas de la Misa y Evangelio del 8 de marzo del 2026
Juan 4, 5-42
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La redacción de Desde la fe está compuesta por sacerdotes y periodistas laicos especializados en diferentes materias como Filosofía, Teología, Espiritualidad, Derecho Canónico, Sagradas Escrituras, Historia de la Iglesia, Religiosidad Popular, Eclesiología, Humanidades, Pastoral y muchas otras. Desde hace 25 años, sacerdotes y laicos han trabajado de la mano en esta redacción para ofrecer los mejores contenidos a sus lectores. 

Lecturas y Evangelio del 8 de marzo de 2026

  • Primera Lectura: Del libro del Éxodo: 17, 3-7
  • Salmo: Salmo 94
  • Segunda Lectura: De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 5, 1-2. 5-8
  • Evangelio del día: Del santo Evangelio según san Juan: 4, 5-42
  • Comentario al Evangelio

Primera lectura

Del libro del Éxodo: 17, 3-7

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, fue a protestar contra Moisés, diciéndole: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?”.

Moisés clamó al Señor y le dijo: “¿Qué puedo hacer con este pueblo? Sólo falta que me apedreen”. Respondió el Señor a Moisés: “Preséntate al pueblo, llevando contigo a algunos de los ancianos de Israel, toma en tu mano el cayado con que golpeaste el Nilo y vete. Yo estaré ante ti, sobre la peña, en Horeb. Golpea la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”.

Así lo hizo Moisés a la vista de los ancianos de Israel y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la rebelión de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”.

Palabra de Dios.

Salmo

/R/ Señor, que no seamos sordos a tu voz.

Vengan, lancemos vivas al Señor, 
aclamemos al Dios que nos salva. 
Acerquémonos a él, llenos de júbilo, 
y démosle gracias. /R/ 

Vengan, y puestos de rodillas, 
adoremos y bendigamos al Señor, que nos hizo, 
pues él es nuestro Dios y nosotros, su pueblo; 
él es nuestro pastor y nosotros, sus ovejas. /R/ 

Hagámosle caso al Señor, que nos dice: 
“No endurezcan su corazón, 
como el día de la rebelión en el desierto, 
cuando sus padres dudaron de mí, 
aunque habían visto mis obras”. /R/ 

Segunda lectura

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 5, 1-2. 5-8

Hermanos: Ya que hemos sido justificados por la fe, mantengámonos en paz con Dios, por mediación de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido, con la fe, la entrada al mundo de la gracia, en el cual nos encontramos; por él, podemos gloriarnos de tener la esperanza de participar en la gloria de Dios.

La esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado. En efecto, cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado.

Difícilmente habrá alguien que quiera morir por un justo, aunque puede haber alguno que esté dispuesto a morir por una persona sumamente buena. Y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.

Palabra de Dios.

Evangelio

Del santo Evangelio según san Juan: 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía.

Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”. (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”.

La mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?”. Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.

La mujer le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla”. Él le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”. La mujer le contestó: “No tengo marido”. Jesús le dijo: “Tienes razón en decir: ‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”.

La mujer le dijo: “Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dijo: “Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.

La mujer le dijo: “Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla contigo”.

En esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ‘¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?’. Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?”. Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde él estaba.

Mientras tanto, sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen”. Los discípulos comentaban entre sí: “¿Le habrá traído alguien de comer?”. Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan cuatro meses para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: ‘Uno es el que siembra y otro el que cosecha’. Yo los envié a cosechar lo que no habían trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto”.

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el Salvador del mundo”.

Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio

En el evangelio de este tercer domingo de cuaresma, el evangelista San Juan nos muestra un encuentro sorprendente. Se trata del encuentro de la Samaritana con nuestro Señor Jesús. Una clave de lectura que nos puede ayudar mucho a acercarnos a este texto es la sed. Recordemos que estamos en un tiempo de cuaresma y ya el ayuno nos ayuda a experimentar esta necesidad básica.

Un diálogo que nos va mostrando un verdadero itinerario de fe. La Samaritana va buscando una necesidad vital, el agua y termina buscando el rostro de Dios. Ya ella misma se pregunta ¿no será este el Mesías? y el Maestro lo afirma.  

Está hablando con Él, es un encuentro en el que Jesús descubre los fracasos que ha tenido esta mujer, no para dejarla en vergüenza, sino para mostrarle la búsqueda incesante que ha tenido su corazón, y que finalmente ha llegado a encontrar al único que es capaz de satisfacer esta sed.

Ella al experimentarse descubierta, pero al darse cuenta que se trata del mismo Mesías, no puede más que dejar el cántaro, es decir, esta necesidad vital, dándose cuenta de que ha encontrado aquel que su corazón ha estado buscando.

Esto es lo que sucede en nuestro propio proceso de fe, cuando estamos en esta búsqueda constante de experimentar el amor en las relaciones interpersonales, en el matrimonio o en el noviazgo, en las relaciones familiares, experimentamos una sed que no quedan satisfecha del todo, hay algo que hace falta.

Cristo es el que da plenitud a las promesas, por eso está sentado en el pozo de Jacob, porque ahora será Cristo aquel manantial del que está brotando agua constantemente y realmente puede darnos plenitud.

Una vez que nos encontramos con Él, nos muestra nuestra propia realidad, nuestra propia fragilidad, lo que ha hecho con la Samaritana al describir que era una mujer que tenía seis relaciones fracasadas, lo mismo hace con nosotros nos aterriza en nuestra realidad, no en el ideal al que le gustaría que llegáramos, sino en nuestra realidad frágil en la que muchas veces buscando el amor, hemos fracasado, realidad en la que tratando de saciar esta sed que tiene nuestro corazón, nos hemos equivocado, nos hemos dado cuenta que ahí no estaba la verdadera fuente y una vez que nos descubre nuestra propia realidad, nuestra propia fragilidad sacia por completo nuestra sed y damos el paso de buscar una necesidad vital a buscar este rostro del Dios vivo y éste es el rostro misericordioso de Dios, el rostro del mismo Cristo, una vez que hemos encontrado el rostro de Dios, vamos a comunicarlo con los demás, como ha hecho la Samaritana.

Nuestra religión se trata de una experiencia con el Dios vivo, por eso, es hermosa la manera en la que concluye este Evangelio, hemos creído por lo que tú nos has contado, pero ahora nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es el salvador del mundo.


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La redacción de Desde la fe está compuesta por sacerdotes y periodistas laicos especializados en diferentes materias como Filosofía, Teología, Espiritualidad, Derecho Canónico, Sagradas Escrituras, Historia de la Iglesia, Religiosidad Popular, Eclesiología, Humanidades, Pastoral y muchas otras. Desde hace 25 años, sacerdotes y laicos han trabajado de la mano en esta redacción para ofrecer los mejores contenidos a sus lectores.