Evangelio 7 de agosto y reflexión: ¿Qué es la vigilancia que pide Jesús?

Una gran dulzura se percibe en el discurso de Jesús. Es verdad que nos habla de responsabilidad, pero no hay en su tono dureza o aspereza alguna.

“No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino. Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón. Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas.

Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!”.

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”. Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”. El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuir la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.

Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.” Palabra del señor.

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Rebañito mío

Una gran dulzura se percibe en el discurso de Jesús. Es verdad que nos habla de responsabilidad. Pero no hay en su tono dureza o aspereza alguna. “Rebañito mío” llama a sus discípulos. Y los invita a no tener miedo, y a la certeza de que el Padre ha tenido a bien darles el Reino. Es esta convicción por la que pueden desasirse de lo que fácilmente los esclaviza y adquirir una sincera disposición a la libertad interior. Lo único que merece nuestra solicitud son los tesoros del cielo. Esos nadie puede arrebatarlos. Y lo que corresponde aquí es la educación del corazón. Confianza infinita en el Padre Bueno.

Y es entonces que habla de vigilancia. Porque no se trata solamente de garantizar el desapego ante las cosas de Dios. El mismo tiempo debe ser relativizado de cara a la eternidad. La tensión hacia el momento que vuelva el Señor, como los criados que esperan a que regrese el suyo de la boda, marca lo verdaderamente importante. Y nos sorprende el Evangelio con la garantía de que entonces el mismo señor se pondrá a su servicio. Un desbordamiento de dicha es lo que se nos anuncia como plenitud, y absolutamente todo en el camino de la vida debe quedar supeditado a ese momento. En contraste, para no descuidarse, otro ejemplo se plantea también: el del ladrón que puede llegar a la casa cuando menos se lo espera.

Pedro interviene interrogando sobre si esa actitud corresponde también a los apóstoles. Y a ellos se les advierte con más gravedad su tarea. A quien se le ha dado más, se le exigirá más. En modo alguno deben considerar el tiempo de su autoridad como si no fuera dependiente del verdadero señor. Aferrarse al poder y olvidar de dónde proviene, como si no hubieran de rendir cuenta de su gestión, es una tentación para quienes sustentan ciertos cargos. Al servidor fiel se le garantiza la confirmación en su dignidad. Pero al traidor se le amenaza directamente con un castigo severo.

La seriedad de la advertencia no hace perder el tono inicial de las palabras del Señor. La misericordia divina es tan cierta como la relevancia de nuestras acciones y disposiciones. Confiar desde el amor no es una invitación al descuido, sino al contrario, diligencia exquisita. Es lo que Dios quiere suscitar en nuestro propio corazón a partir de su ternura.

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