Opinión

En el Adviento convergen pasado, presente y futuro. ¡Mira por qué!

Lectura del Santo Evangelio (Lc 3,1-6)

En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tretarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio ttetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: “Voz del que grita en el desierto: ‘preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajador; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios”.

El valor espiritual del tiempo

En el Adviento convergen todos los tiempos: el pasado en la memoria, el futuro en la esperanza y el presente en su contundencia. Su objeto es siempre Jesucristo: esperado como Mesías por el pueblo de Israel, anunciado inmediatamente antes de su aparición por el precursor, y reconocido como tal por sus discípulos; recordado por la Iglesia en su encarnación y su nacimiento; esperado por la Iglesia como juez de vivos y muertos.

El valor espiritual del tiempo resulta evidente en el texto evangélico, que ubica con precisión el inicio de la predicación de Juan Bautista, para señalar la inminente presencia del salvador. Cada tiempo puede delinearse en referencia a los personajes notables. Lucas menciona a las autoridades romanas (Tiberio como César, Poncio Pilato como procurador en Judea), a las autoridades judías en lo político (los tetrarcas) y en lo religioso (Anás y Caifás como sumos sacerdotes).

El sentido de estas menciones se repite en el Credo, cuando recordamos que fue bajo Poncio Pilato precisamente que Jesús fue crucificado. Se trata de identificar que nuestra fe no se remite a ciertos mitos fundacionales, sino a acontecimientos, a realidades ocurridas históricamente.

Pero, además, la fe nos muestra que la historia no es un devenir sin rumbo, desarrollado caóticamente desde las incontrolables decisiones humanas.

Recordando la importancia de nuestras acciones, se nos enseña que, sustentándolas, existe una disposición más profunda, que corresponde sólo a Dios, dirigiendo el acontecer en última instancia conforme a su designio.

Nada escapa a la providencia de Dios, y Él sapientísima y misteriosamente va tejiendo la salvación en medio de la historia. Por eso el evangelista puede rastrear las profecías veterotestamentarias en la predicación del Bautista, como su cumplimiento.

Como ejercicio, el Adviento a la vez nos permite valorar la relevancia salvífica de nuestras propias circunstancias históricas, y nos pone positivamente en camino para seguir participando en la obra divina.

El contenido de nuestra fe sigue siendo Jesucristo, el Señor, cuya cercanía y ejemplo sigue impregnando de valor divino nuestro tiempo, convirtiéndonos, además, en seguidores y testigos suyos, artífices de nuestro propio acontecer. En Él se encuentra la raíz de nuestra alegría, que persevera contra toda dificultad, y la certeza de que vale la pena comprometernos en nuestro propio tiempo a vivir conforme a su enseñanza.

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