Opinión

La tempestad calmada: Dios no nos abandonó en la pandemia

Lectura del santo evangelio según san Marcos (4,35-40)

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”

¿Dios nos abandonó en la pandemia?

En los pueblos ribereños, en aquellos que viven en las costas o en los puertos, se tienen diversos refranes que se refieren al mar y a su comportamiento; surge una cierta relación entre los habitantes del lugar y la forma en que actúan las fuerzas de la naturaleza. “Yo le tengo respeto al mar” dicen algunos, y si bien, éste es el lugar que provee, que da de comer, también se convierte en algunas ocasiones, en signo de tragedia o muerte.


De hecho, en el Evangelio que escuchamos este domingo, nos habla de una tempestad desatada en el lago, donde por un lado, los discípulos entran en pánico, porque creen que van a morir; mientras que Jesús aparece incomprensiblemente durmiendo. Obviamente son dos actitudes completamente diversas ante el mismo hecho: la tempestad, que amenaza a los tripulantes de aquella pequeña barca y cuyas reacciones son abismalmente distintas.

¡Cómo olvidar aquella bendición del Papa Francisco del 27 de marzo del año pasado!, ahí tomó el mismo texto que leemos este domingo. Narraba la tempestad en la que estaba inmersa la humanidad, donde densas tinieblas cubrían nuestras plazas, calles y ciudades por la pandemia de Covid-19. Una tempestad que se ha adueñado de nuestra vida, dejando un silencio y vacío desolador; dejándonos asustados y perdidos.

El sucesor de Pedro menciona que no es que los discípulos ya no creyeran en Jesús, tan es así, que lo llaman pidiendo les auxilie. No han perdido la fe, sino que pasó por su cabeza que a Jesús no le interesaban, que por eso iba dormido. Nada más lejos de la intención del Mesías, de hacerse cercano a la humanidad, de recorrer sus mismos caminos, de comprenderla y dar la vida por cada uno de los que nos encontramos en esa barca.

Ciertamente las mismas actitudes nos encontramos en estos días, cuando todavía no termina de pasar la tempestad. Mientras que algunos este tiempo de pandemia se dedicaron a tomarse un gran tiempo de descanso, otros entablaron una lucha a muerte con el virus, arriesgando a diario su salud, por ir a atender a los enfermos. Mientras unos cerraron locales porque ya no les pagaban la renta, otros se reinventaron y salieron con propuestas nuevas de negocios, de ventas o de ofrecer sus servicios casa por casa, entregando lo que día con día preparaban con amor y con la intención de seguir sosteniendo a sus familias.

Muchos creyeron que a Dios no le interesamos y que parece que nos abandonó a nuestra dura suerte, sin embargo, el testimonio de tanta gente solidaria ha permitido ver que, aunque parece que Dios duerme, sigue dando su vida por nosotros, inspirando tantos corazones a hacer lo que Él mismo hizo con la humanidad entera: dar su vida por amor.

En memoria de tantos héroes que dieron su vida en esta pandemia, en memoria de todos aquellos cuya inquebrantable fe los llevó a tal sacrificio, en memoria de todos ellos, sigamos esforzándonos todos aquellos que vamos en la misma barca, sabiendo que Dios está aquí, en esta barca, con nosotros.

¡Dios va en nuestra misma barca!

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