Opinión

Viacrucis en reclusión

Varias fechas representan momentos importantes para reflexionar y “vivir” de manera especial el significado del sacrificio, la entrega, la muerte y la vida. Con todo y lo que se diga de la pérdida de fe y de los valores en la Ciudad de México, la Semana Santa –en especial el Viernes Santo– es vivida por muchos capitalinos como una manifestación de lo sagrado y de eventos que han marcado su vida cristiana.

Asuntos Religiosos de la Ciudad de México monitoreó el año pasado más de 200 representaciones del viacrucis en la capital, resaltando la del Cerro de la Estrella en la Alcaldía de Iztapalapa.

También en los reclusorios capitalinos se tiene la devoción del “viacrucis viviente”; algunos de ellos han alcanzado mucho significado y participación. Independientemente de los cuestionamientos que podamos hacer de la procuración de justicia que llevó a los internos a padecer la pena de prisión, vivir el viacrucis  del Viernes Santo es tener en esos lugares la oportunidad de hacer presente la Pasión y Muerte de Cristo Jesús, quien fue injustamente enjuiciado, sentenciado y torturado hasta el martirio de la crucifixión.

En una ocasión, el padre capellán de un reclusorio pidió que los presos acompañaran el rezo del Viacrucis, llevando unas cruces pequeñas elaboradas con periódico, en las cuales cada uno escribió lo que más le “pesaba” en su vida carcelaria. Para el sacerdote fue una sorpresa ver que en la cruces había escritos que describían situaciones que padecían los internos, como la tortura de los custodios, el adulterio del cónyuge, la corrupción de los juzgadores, la extorsión de los directivos, la discriminación social de su familia, etc.

En lo que respecta a la representación de la Pasión, año con año es de resaltar algunas motivaciones de los privados de su libertad para solicitar representar a los personajes bíblicos.

En un reclusorio capitalino, Barrabás lo escenifica un interno que lleva más de 20 años en la cárcel, y cuya sentencia es de más de setenta. Cuando el padre le preguntó sobre su interés por este personaje, le respondió: “Padre, se siente tan bonito cuando Poncio Pilatos le pregunta a la multitud: ‘¿A quién quiere que liberemos: a Jesús de Nazaret o a Barrabás?’ Y la multitud corea: ‘¡A Barrabas, a Barrabas!’. Es un segundo, pero me siento libre”.

Judas ya es el sobrenombre de un preso que incluso tiene un arnés para simular su ahorcamiento en uno de los árboles del reclusorio. Él refiere que en un principio nadie quería actuar el personaje, pero él se decidió porque fue precisamente un “judas” el que lo “puso” ante la policía. Dice que en reclusión, en la política y en la vida en general, hay muchos “judas” que venden a su prójimo.

María Magdalena es hija de un interno y lleva cuatro años representando a una de las mujeres que estuvieron al pie de la cruz, acompañando a Jesús. Platica que la primera vez fue por invitación directa del sacerdote que celebró la Misa, y que prácticamente la señaló para que participara. La primera actuación era tanto su nerviosismo, que se equivocó a pesar de haber ensayado. Después de la segunda caída, el sacerdote prácticamente la “aventó” para que tallara el rostro de Jesús con un manto que tenía impresa la cara de Cristo; no se fijó, y casi se cae sobre uno de los soldados, levantando el manto y gritando “¡Milagro, milagro!” El sacerdote le indicó que era a Jesús al que debía de tallar el rostro, y enmendando su error, limpió la cara del Cristo, y gritó: “¡Otro Milagro!” Era tanta la devoción de los participantes que nadie se rió, y siguió la procesión.

Un Jesús me dijo en una ocasión: “es un honor que el padre y los compañeros se fijen en mí para el papel principal. Sabemos que algunos de los que han representado a Jesucristo ya están en libertad y ‘caminan por la derecha’. Yo quiero que Dios me mire con su misericordia cuando me toque decir en la cruz: ‘Padre, en tus manos encomienda mi espíritu’”.

Para los que trabajamos en reclusorios en favor de los privados de su libertad,  ver a Jesús en el rostro de cada detenido es también caminar el “viacrucis de cada día”, con la esperanza de que, al final, resucitaremos con Él.