Opinión

Seamos humildes, como admirablemente los pies saben hacerlo

Los pies están lejanos de la cabeza, conocen el suelo, las espinas, las piedras, las serpientes, lo áspero y lo intrincado. Son el equilibrio del cuerpo y soportan todo el peso.

Nos llevan por los senderos de la vida, saben correr sobre los escollos. Saben saltar y no es su culpa que el esqueleto no tenga alas… Los antiguos los amaban y la primera señal de hospitalidad era lavarlos a los caminantes.

Saben orar meciéndose ante un muro como los judíos, o doblándose en un reclinatorio como los cristianos, o estar descalzos ladeados en el piso, como rezan los jóvenes y los niños. No saben acusar y no empuñan las armas; no obstante, les han puesto grilletes. Y también fueron crucificados…

Ser pie, ser pequeño, nunca significará no tener importancia, o no tener una misión.

En un alarde de destreza, pueden balancear todo el peso de nuestro cuerpo sobre una superficie reducida y en movimiento. No gritan, pero saben plantarse en medio de las plazas y exigir justicia. Son divertidos, saben jugar pelota, pedalear y nadar. Son alegres, saben bailar cumbias, polkas, y lo que les toquen.

Si el “homo erectus” ha sido capaz de enderezarse, de dominar el horizonte, de levantar la cabeza y mirar hacia el mismo cielo, ha sido porque la fortaleza de sus pies lo sostienen. Si se paralizan los pies, se paraliza el hombre.

Y finalmente, no tienen miedo, al morir, siempre van por delante.

 

+Alfonso G. Miranda Guardiola

 

Inspirado en el poema de Erri de Luca: “Elogio de los pies”. Y de la reflexión dominical de Mons. Enrique Díaz del 28 de agosto 2022

 

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