Opinión

¿Quién es Rutilio Grande S.J?, el nuevo beato para América Latina

El pasado sábado 22 de enero en la Plaza Salvador del Mundo, de San Salvador, El Salvador, fueron beatificados el sacerdote jesuita Rutilio Grande, el franciscano italiano Cosme Spessotto y los catequistas Manuel Solorzano y Nelson Rutilio Lemus.

Rutilio Grande, el padre Tilo, nació el 5 de julio de 1928 en El Paisnal, El Salvador. Fue el último hijo de Salvador Grande y Cristina García. Su padre fue alcalde del pueblo en diversas ocasiones. Su madre muere cuando tiene cuatro años y es su abuela materna quien lo cría.

En 1941, cuando tenía trece años, entra en el Seminario de San José de la Montaña en San Salvador. Cuatro años después deja el seminario y solicita su ingreso a la Compañía de Jesús.


Se le acepta y envía a Caracas, Venezuela, para hacer el noviciado, que son los primeros dos años en la formación de los jesuitas. El 24 de septiembre de 1947 hace votos perpetuos de castidad, pobreza y obediencia.

Este 22 de enero se llevó a cabo la beatificación del padre Rutilio Grande y otros mártires salvadoreños.

Este 22 de enero se llevó a cabo la beatificación del padre Rutilio Grande y otros mártires salvadoreños.

En Quito, Ecuador, estudia el juniorado, los siguientes dos años de estudios. Al terminar, en 1950 se le envía un año como profesor al colegio de los jesuitas en Panamá. Luego en Oñate, España, realiza sus estudios de filosofía y teología.

Se ordena sacerdote el 30 de julio de 1959, después de catorce años de formación. De 1962 a 1964 estudia en el Instituto Lumen Vitae de Bruselas, Bélgica.

A su regreso a El Salvador asume la responsabilidad de prefecto y profesor de teología pastoral en el seminario San José de la Montaña, donde había sido seminarista. Aquí, en 1967, conoce al padre Oscar Arnulfo Romero de quien será siempre su amigo cercano.

El 24 de septiembre de 1972, Grande es nombrado párroco de Aguilares población campesina a unos 40 minutos del San Salvador. Empieza, entonces, un intenso e innovador trabajo pastoral. En su parroquia establece las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) y a los Delegados de la Palabra.

Un trabajo en línea con lo establecido por el Concilio Vaticano II y la Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano de Medellín (1968). Su trabajo se caracteriza por un contacto muy cercano con los fieles.

Su metodología, pero sobre todo su cercanía con la gente, despierta la participación activa de los feligreses en el conjunto de la actividad parroquial, que incluye la predicación de la palabra, las celebraciones litúrgicas y la promoción social.

La pastoral comprometida del padre Grande molesta al gobierno y a terratenientes de la zona. Se sentían amenazados. Esto a pesar de que el jesuita siempre se mantuvo en sintonía con el magisterio de la Iglesia.

Cuando en 1977, el sacerdote colombiano Mario Bernal Londoño párroco de Apopa, fue expulsado por el gobierno, el jesuita salió a su defensa con una homilía que molestó a sectores del poder.

El padre Grande era consciente de los riesgos derivados de su apostolado. Había recibido amenazas en diversas ocasiones. A pesar de todo, con discreción y sin estridencias, como era él, siguió con su trabajo.

El 12 de marzo de 1977, fue a San José, El Paisnal, para presidir una celebración eucarística durante la novena de preparación para la fiesta patronal de San José.

En el viaje de regreso a Aguilares lo acompañan los catequistas Manuel Solórzano (72 años) y el joven Nelson Rutilio Lemus (16 años) en un jeep que le había sido donado por el arzobispado.

A mitad de camino, integrantes de los Escuadrones de la Muerte, estructura paramilitar financiada por los sectores ultraderechistas, acribillan el vehículo. Grande, Solórzano y Lemus mueren al instante.

En ese entonces, el recién nombrado arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, ahora santo, queda profundamente conmocionado por el asesinato.

Ignacio Ellacuría, uno de los seis jesuitas asesinados por el Ejército salvadoreño en 1989, en una entrevista a la Radio Alemana ARD, cuenta que Romero al llegar al sitio donde se encontraban los tres cuerpos no dejaba de llorar.

El arzobispo celebra Misa en ese lugar. Después, pasa horas escuchando a los campesinos que le platican del padre Tilo y de sus problemas y sufrimientos.

En protesta por los asesinatos, el arzobispo cancela las Misas en toda la Arquidiócesis, para celebrar sola una Misa en la Catedral de San Salvador. Más 150 sacerdotes concelebraron frente a más de 100,000 personas.

El arzobispo, san Romero de América, declara que en adelante no asistirá a ningún evento organizado por el gobierno ni a ninguna reunión con el presidente de la República mientras no se investigue el asesinato de los ahora beatos.

En ese entonces, como en otras tantas veces, el presidente de la República era un general. Las autoridades nunca realizan la investigación solicitada.

Ellas saben quiénes son los autores intelectuales, los que ordenan el asesinato, y quienes los que lo ejecutan. Había un claro acuerdo entre la ultraderecha fascistoide y los militares.

El Arzobispo nunca más se vuelve a reunir con el presidente y las autoridades. Así rompe con una tradición sólidamente establecida en El Salvador. Aquí comienza otra historia que también termina en el martirio.

 

Twitter: @RubenAguilar

Rubén Aguilar Valenzuela es profesor universitario y analista político.

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