Opinión

¿Qué nos toca a las escuelas para recuperar la paz?

La tragedia que arrebató la vida a los universitarios Norberto Ronquillo Hernández de la Universidad del Pedregal y a Hugo Leonardo Avendaño Chavez de la Universidad Intercontinental –mi Universidad-, sólo representa la punta del iceberg de lo que cotidianamente significa la angustia de miles de familias que a diario se preguntan si sus hijos regresarán a casa de sus escuelas después de la jornada de estudios.

¿Cómo recuperar la paz perdida si los jóvenes no observan testimonios de sensibilidad con la vida misma? ¿Quién les devolverá la paz a las víctimas, secuestrada por aquellos que hoy se escudan y protegen en la impunidad después de cometer un delito?

Escribo estas líneas conmovido por la mirada de la mamá de Norberto perdonando a los asesinos de su hijo, bendiciéndolos para que Dios entre en sus conciencias y no vuelvan a lastimar a más personas. Bello gesto, propio de la virtud de la misericordia. Impactado por la fortaleza de los familiares de Leo, quienes dedicaron horas a la burocracia para recibir el cuerpo del amado hermano; y no obstante, el grito silencioso de esta sociedad se manifiesta estruendosamente para exigir: ¡Devuélvannos nuestra ciudad!, ¡Devuélvannos la paz a nuestras universidades! ¡Justicia para Norberto! ¡Justicia para Leo!

Soy testigo del interés de un sinnúmero de rectores que hacen un esfuerzo continuo y permanente para promover e inculcar los valores de la paz y la justicia en las universidades, pero, sin un Estado de derecho, respeto por la ciudadanía, garantía por acceso a la justicia y promoción del bien común, estos esfuerzos se verán paralizados por los largos tentáculos de la delincuencia.

Mi solidaridad con las familias Ronquillo Hernández y Avendaño Chávez, con nuestras respectivas comunidades universitarias, del Pedregal e Intercontinental, y por supuesto, con todas las universidades sin excepción, que día a día dedican su atención y esmero para crear un ambiente propicio para el estudio.

Sin importar la fuente de su financiamiento, las universidades compartimos un propósito: trabajar por una educación que promueva las potencialidades y capacidades del ser humano que le permitan ser feliz con lo que es, lo que sabe y lo que tiene. En este postulado no hay injusticia, sino legítimas aspiraciones. Seamos solidarios.

*El autor es vicerrector de la Universidad Intercontinental (UIC)

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