Desde la familia

Por qué salvaguardar a las asociaciones civiles

Cuentan que en una ocasión mientras Santa Teresa de Calcuta atendía a un indigente, un hombre impactado por la escena que estaba presenciando le dijo: “yo no lo haría ni por todo el oro del mundo” a lo que ella respondió sin perturbarse: “yo tampoco”.

Su ejemplo ha sido el motor para muchos otros que, como ella, han sentido el llamado al servicio del prójimo, especialmente de aquellos que se encuentran en desventaja por su condición de salud, pobreza o desamparo y quizá su aspecto y actitud están muy lejos de producir en sus semejantes sentimientos de empatía, ternura e incluso confianza.

Vienen a mi mente diferentes testimonios de personas cuya actividad dista mucho de ser un “trabajo” seguro o una profesión agradable a sus sentidos, como el de la directora de una asociación dedicada a atender a indigentes, que recogen en las calles o basureros, a muchos de ellos los tienen que “remojar” primero en una tina de agua tibia para poder desprender la ropa de sus cuerpos y después puedan bañarse. O aquellos misioneros que acogen no solamente a los enfermos de sida, sino también a sus hijos contagiados para no separarlos permanentemente de sus padres, brindándoles un hogar y una escuela propia que debieron fundar para que sus pequeños no sufrieran discriminación por ser portadores de VIH o ser familiares de éstos.


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La labor por los excluidos incluye a enfermos mentales, personas que se prostituyen, niños en situación de calle o con cáncer, migrantes, leprosos, indígenas, mujeres violentadas, presos, ancianos abandonados, enfermos terminales, drogadictos, niños que han salido de correccionales y sus familias los rechazan; en fin, de todos aquellos cuya existencia pasa desapercibida o son despreciados por una sociedad indiferente y hedonista y un gobierno que tiene otras prioridades y no puede suplir con simples apoyos económicos, la acción tenaz de quienes siguiendo un llamado se entregan a pequeñas minorías para brindarles amor, confianza, esperanza y las oportunidades que muchas veces se les han negado. A esta entrega que algunos llaman altruismo, los cristianos le llamamos Misión, Vocación de servicio, viendo en el hermano que sufre al mismo Cristo.

Para la realización de estos trabajos, la gran mayoría se han constituido en pequeñas organizaciones sociales civiles (OSC) para poder obtener los apoyos económicos necesarios en la realización de su labor. Cada ingreso recibido es reportado al Servicio de Administración Tributaria (SAT) y están sujetas a procesos de fiscalización en los que tienen que demostrar que cada peso ha sido utilizado para su objeto social, esto es, para la razón específica por la que se constituyeron: atención a niños, comedores para indigentes, cuidados a ancianos, etc.

El bien que estas instituciones silenciosamente realizan es tan grande e importante que el gobierno y las leyes, lejos de despreciar su labor, deberían incentivarlas y estimularlas para tener un mayor alcance social reconociendo su labor en las diferentes comunidades.

La nueva ley fiscal amenaza la permanencia de estos nobles organismos al reducir significativamente la posibilidad de que los apoyos que reciben tanto de personas físicas como de personas morales (empresas, corporativos, comercios) sean deducibles de impuestos. Se habla de más de cinco mil Organizaciones de la Sociedad Civil que se verán drásticamente afectadas.

Se vienen tiempos aún más difíciles, sin embargo con la visión optimista del cristiano que ante cada obstáculo ve una nueva oportunidad, seguiremos adelante con cada empresa iniciada a la luz de la Fe y la Caridad. Todos los católicos podemos con nuestra oración y apoyo económico hacerles más ligera la carga.

Soy testigo de la acción siempre oportuna de la Providencia Divina que nos permite hacer lo humanamente posible para después actuar y enseñarnos que para Dios no hay imposibles.

Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

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