Opinión

Pía

Vivimos el tiempos de COVID-19, tiempo de crisis económica, social y política, en el que la incertidumbre, las preocupaciones y el dolor se han apoderado de las personas.

Para muchas familias, el panorama se muestra difícil y cuesta arriba; nuestra sociedad requiere ser fortalecida y transformada desde sus raíces para “ahogar el mal en abundancia de bien”, y construir un futuro más prometedor.

En estas circunstancias nació Pía, mi nieta, y con ella llegaron también la alegría y la esperanza; Dios se ha hecho presente en nuestra familia con el milagro de la vida, y el corazón que parecía tan lleno, se ensancha para darle un lugar privilegiado.

Amar a un nieto es muy sencillo, es suficiente motivo ser fruto del amor de un hijo o hija, y de quien eligió para fundar su propia familia; pero el amor de los abuelos no nace con el nieto, porque mucho antes, se va acariciando con el pensamiento, con la ilusión, con el deseo y la necesidad de amar aún más, porque el amor nunca se agota.

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La maternidad y la paternidad  son la oportunidad de dejar una huella, trascender en el tiempo y sembrar una semilla. No es una tarea fácil porque implica un esfuerzo y dedicación constantes para buscar el bien del hijo en su largo camino hacia la libertad. Es enseñarlo a ejercitar sus alas y fortalecerlas hasta iniciar el vuelo definitivo y fundar su propio hogar. Cada nieto es para los abuelos, una constancia de este logro.

El papel de los padres es eminentemente educador, el de los abuelos es subsidiario. Los abrazos y los besos de una abuela tienen un efecto mágico en los nietos: curan las heridas, consuelan en las adversidades, alimentan la autoestima y transmiten esa sensación de incondicionalidad que el nieto necesita para saberse amado siempre.

El corazón de la abuela está repleto de cantos y juegos, pero también de oraciones, consejos, historias y experiencias para compartir con sus nietos, y con ellos los valores y ejemplos que se han transmitido de generación en generación a lo largo de la historia familiar. Tiene la habilidad de hacer sentir a cada nieto como el más querido, el más especial y el preferido; le habla de Dios al oído, y con su mirada y con su propia historia.

Los abuelos han tenido un “rol heroico en la transmisión de la fe en tiempo de persecución” (San Francisco de Asís, Aleteia 3 de agosto 2020)

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Los nietos evidencian nuestro paso por el mundo

En los difíciles momentos que vivimos, ningún esfuerzo será suficiente si no se comienza una reconstrucción del tejido social desde la visión de la educación de las nuevas generaciones; y necesariamente esta tarea comienza en la célula de la familia.

Pía ha nacido en estas circunstancias de crisis, pero su llegada llena de alegría a la familia y aporta esperanza al mundo; porque es la contribución de un matrimonio que no teme al futuro y confiando en Dios ha dicho Sí a la vida, trabaja y educa para lograr un mundo mejor.

Es el fruto de la semilla que los abuelos sembramos y que se ha convertido en un árbol robusto que evidencia nuestro paso por el mundo y la presencia constante de Dios en nuestras vidas para abonarlo, fortalecerlo y protegerlo en las tempestades.

Pía, Triana su hermanita mayor, y los nietos que aún no podemos abrazar, pero están en la mente de Dios, tienen un lugar ya en nuestro corazón, revitalizan las vidas de sus abuelos y renuevan nuestro compromiso con México.

*Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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