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Monólogo del loco

Bueno, no es que yo sea en verdad un loco, pero finjo serlo por varios motivos. Mi aspecto exterior es del todo normal: traje, corbata, camisa blanca, reloj de titanio y zapatos de piel, y esto es precisamente lo que desconcierta a los transeúntes. Ellos esperarían ver a un gamberro –larga cabellera hirsuta, pantalones deshilachados, barba de tres días-, pero resulta que quien les sale al paso es un sujeto con tipo de ejecutivo.

Trato, cuando camino por la avenida, de gesticular lo más que puedo y traducir mis pensamientos en palabras, palabras que luego recito para mí mismo en voz alta, a manera de soliloquio. Esto hace, sobre todo a los pequeños, mucha gracia. Me observan desde la distancia, les brillan los ojos de emoción y luego preguntan algo a su mamá, tirándole de la manga. Hasta ahora, a nadie se le ha ocurrido arrojarme piedras, cosa que prueba mi teoría en más de un aspecto. ¿Qué teoría? Ya  hablaré de ella en su momento.

¿Que por qué me finjo loco, si no lo estoy? En general, por una razón bien sencilla: porque a los locos se nos perdona todo –o casi todo- con gran facilidad, lo cual significa, en mi caso, que ensancha mi libertad de movimiento. Si eres un loco y dices algo a un transeúnte, éste apresurará el paso, tal vez, pero no se le ocurrirá llamar a la policía, pues, como es bien sabido, con los locos no hay remedio. “Ah, menos mal que se trata de un demente”, dirá éste, dando a entender con ello que, si se porta bien, la cosa no pasará a mayores. En una palabra, los locos somos libres. Somos, quizá, los únicos hombres libres que quedamos en este mundo de gente impaciente e hiperactiva.


Si me exige usted que vaya al fondo de la cuestión, le diré que la locura es el camino que he adoptado para no perder la comunicación con los demás. Veo, señor, que me mira con extrañeza y que se pregunta si no me estaré burlando de usted, o si no seré un loco de verdad. ¡No me burlo! Y para que comprenda mejor lo que quiero decirle, lo invitaré a imaginarse la siguiente situación: una mujer va por la calle cargando las pesadas bolsas del supermercado y que de pronto se pone usted, que no está loco, a decirle algo, lo que sea. La señora se quedará un tanto perpleja y tal vez hasta se diga a sí misma: “Este hombre debe estar desquiciado para hablar así con una desconocida. ¿Por qué me intercepta de este modo? ¿Por qué me detiene? Algo debe no estar funcionando bien en su cabeza”. ¿Lo ve usted? Reflexione con detenimiento en esta lacónica afirmación de la mujer y llegará, sin duda, a la siguiente conclusión: que al loco todo se le perdona a causa de su locura, en tanto que usted, por no serlo, se expone a que le sea soltado en cualquier momento un bofetón. De un hombre cuerdo esta mujer no aceptaría siquiera una palabra, pero con un loco es diferente: a éste lo escucha, aunque se ponga un tanto nerviosa y apresure luego el paso todo lo que pueda.

Espero, señor, que a estas alturas mi teoría le haya quedado clara, pero, si no, se la resumiré a usted en dos palabras: hoy se necesita estar un poco loco para poder decir algo a los demás, para atreverse a dirigirles la palabra, para tender un lazo hacia esas islas deshabitadas que son, hoy por hoy, casi todos los humanos. Nuestros conciudadanos juzgan mal a naturalezas comunicativas como lo mía y no están dispuestos a que nadie les hable mientras marchan a toda prisa quién sabe a dónde. Pero, tratándose de un loco, no hay problema… ¿Ahora me comprende usted? A los hombres normales no les está permitido abrir la boca –y, si lo hacen, pobres de ellos-, pero los lunáticos gozamos de una cierta impunidad que no nos viene nada mal.

Pero aún no le he confesado toda la verdad, señor. Si puedo expresarme así, hasta ahora no le he dicho más que superficialidades; en realidad, mi voluntad de fingirme loco ha obedecido a otra razón. ¿Quiere usted saberla? Bien, me he fingido loco para poder decirle a la gente bellas palabras.

Hace unos días, por ejemplo, en esta misma calzada, pude ver a una pobre mujer que más que caminar se arrastraba. Ya sólo verle la cara causaba una gran pena. Entonces me acerqué a ella, gesticulando y temblando, y le dije en voz alta, apuntando al cielo con mi dedo índice: “Señorita, es usted muy afortunada. ¡Si le dijera todo lo que he podido ver acerca de su futuro! ¡Es un fututo luminoso, bello! ¡Dichosa usted!”. Y luego, por supuesto, me marché corriendo como un niño que juega a las escondidas. La mujer, que seguramente me tomó por un adivino o por un profeta, se quedó pensativa durante unos instantes, se secó una lágrima y me buscó con la mirada sin poder ya encontrarme. Yo la miraba apostado detrás de un árbol y desde allí la vi reemprender la marcha. Pero ya no eran los pasos pesados de hacía unos momentos: ahora su rostro irradiaba una hermosa luz y sus pies parecían un par de alas.

Ayer, para no ir tan lejos, un padre de familia llevaba a su hijo a la escuela como se lleva un bulto: con cansancio y desgana. Y entonces yo, acercándome a los dos, dije al primero: “Lleva usted de la mano a uno que será muy grande. ¡Trátelo con más amor para que no se arrepienta después!”. ¿Debo decirle que, tras decirle esto, el padre cambió radicalmente de actitud? Ahora ya no empujaba a su pequeño como a una carretilla humana: ahora parecía que llevaba entre sus manos las ofrendas de la Misa.

¡Ah, sabía que iba usted a preguntármelo! Después de todo, es una pregunta legítima: ¿que si de veras sé leer el futuro? ¡Es claro que no! Yo, del futuro, sé tanto como usted. Pero no digo mentiras. ¿Es que acaso un hijo no es un tesoro? Y, por lo que a aquella mujer triste se refiere, tampoco le mentí en nada. Yo, que soy creyente, sé que a esta mujer le espera un gran futuro, un futuro hermoso, bello, inaudito, aunque no sea en este mundo.

Juzgue usted, señor: ¿he mentido a estas buenas gentes? ¿Las he engañado diciéndoles estas cosas? ¡Ande, amigo, respóndame usted!

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

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